María Eloy-García o la metafísica de la sociedad de consumo


Vivimos en una sociedad en la que las marcas comerciales poseen un valor superior al de los objetos, los nombres son más importantes que lo que designan, pues no es lo mismo ir al Eroski que al Prica o al Alcampo, y mucho menos si solo los nombramos como “el hiper de al lado de casa”. Vivimos en una sociedad posfordista donde la información es un valor de cambio mayor que la fuerza de trabajo, o al menos eso nos dicen, aunque haya aún reductos donde no se hayan enterado.
En una sociedad tal, ¿qué es la poesía?, ¿para qué sirve? Podríamos decir que la poesía sirve, hoy como ayer, para descubrir nuevos espacios de conciencia. Eso es lo que María Eloy-García logra con su escritura, porque una cosa es saber que hay hipermercados y gente que trabaja allí con jornadas extensas y sueldos menguados, y otra muy distinta es ser capaz de presentar ante la sociedad una reflexión, un apunte, una chispa de la vida que allí vibra.
La televisión, que no es un arte popular, nos ha ofrecido una imagen triste y ridícula de las dependientas y cajeras de los hipermercados. Eloy-García se enfrenta a la imagen estereotipada y le da la vuelta. El amor entre una poeta y una cajera es un tema señalado por su bajura estética, social, cultural, por su invisibilidad en el mejor de los casos, hasta que alguien se topa con “El ciclo de Hipermuriel” (Cuánto dura cuanto) y se percata del lirismo inmenso que rodea todo aquello. Pocos escritores son capaces de hacer de las vacas y cerdos y corderos despiezados el símbolo de la identidad humana y del amor apasionado (sexual, claro). Eloy-García lo logra en “La carnicera Muriel”: “en ese contenedor de recortes y de restos/ que conforman tu yo hecho pedazos/ pero en el que adivino exquisito/ el cadáver de tus ojos/ la línea desigual de tu cuchillo/ y el golpe seco de un tórax recién abierto”.
Habrá a quien le asalte el miedo por la desaparición de las certezas: “las verdades no son una usted los puntos numerados/ para hallar la figura del siguiente dibujo/ la verdad es que el dibujo es/ invéntelo” (La ranura), o por el poético mundo pretérito que se desvanece entre las brumas de la olvidadiza memoria. Otros, Eloy-García entre ellos, olvidarán los lamentos y trazarán la cartografía de un presente que por definición es siempre inestable y líquido. María Eloy-García además sabe que la figura común, o normativa o tradicional, del poeta no le sirve y nos advierte de que “el poeta es una moda delirante y en alza/ que pierde románticamente sus puntos/ en el bosque de los precios al consumo/ y es justo aquí y entonces que pierde el interés”. Quizás sea lo mejor que le haya ocurrido al poeta en los últimos siglos. Así además podrá ir al supermercado y hablar, soñar o amar con las cajeras, como uno más entre marcas comerciales.

La fotografía es de Ángel Arribas. Se titula “La cajera versátil” y está basada en “El ciclo de Hipermuriel” del libro Cuánto dura cuanto.

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