¿Hay una poesía rock?

En 1967, un poeta de aspecto aburrido y voz menor publicó un “Annus Mirabilis”, en el que menciona, quizás por primera vez en la poesía, a los Beatles:

Sexual intercourse began
In nineteen sixty-three
(which was rather late for me) –
Between the end of the Chatterley ban
And the Beatles’ first LP.

Más adelante, ya en los años 90 un crítico avispado advirtió que cuando estudiáramos la poesía española, y la que no lo es — añado yo –, habría que tener en cuenta la influencia del rock y del pop.
Más allá de la obviedad, siempre me ha intrigado la cuestión de si existe una poesía que provenga del rock, no que esté simplemente influida. Si hablamos de literatura feminista, indígena, española, hispanoamericana o sueca, ¿podemos hablar de una poesía rockera que vaya más allá de las letras de las canciones? No valen los ejemplos fáciles del laureado Bob Dylan, ni tampoco el de Sabino Méndez, por poner un ejemplo de letrista muy superior a la media, ni tampoco hablo de lo que escribieron Luis Alberto de Cuenca o Eduardo Haro Ibars para la Orquesta Mondragón.
Sí que me vale la poesía que escribió Haro Ibars y que como tal publicó. O la que escribió el Ángel, personaje maldito, músico y poeta, que aun escaso de técnica, andaba sobrado de genio. También sería interesante argumentar si aquí entra la poesía de David González, por coincidencia generacional, por cultura, por aficiones.
Otros hay que han utilizado el rock como tema o como artificio retórico para sus poemas, con desigual fortuna. Pienso ahora en Luis Antonio de Villena y su “Satélite del amor” o Antonio Martínez Carrión, apodado el Moderno, por Juan Benet, que tituló un poema “Ummmagumma” y finalizó otro con “Sad Song”.

Hombre en un banco

El hombre se mantiene inmóvil y ajeno a la vida que bulle a su alrededor. Lleva varias horas sentado en un banco de una plazoleta algo descuidada de la que ha terminado por ser su ciudad un tanto a su pesar. En su cabeza resuenan repetitivas, pero nunca monótonas, las mismas melodías, ya tan antiguas, tan compañeras de siempre.
Paulatinamente una pregunta pide paso, al principio de manera educada, luego con algo más de fuerza, al final con la furia propia de él. Tanto tiempo ha pasado y tanto, tan poco, hemos cambiado. El hombre cree que lleva allí toda una vida, los árboles pierden sus hojas y recuperan los brotes con velocidad vertiginosa. La gente camina atareada, los niños juegan, desaparecen y los reemplazan otros adultos con nuevos niños. Algunos perros husmean los pies de los setos y los árboles, pierden el pelaje que les vuelve a crecer, aumentan en número mientras disminuye el de los niños. Nada oye que no sean las melodías de siempre.
De repente se hace el silencio. La escena se congela. El hombre se levanta, recoge los pocos bártulos que le acompañan y, como ajeno, sin entender nada, se marcha dejando solo el rastro fugaz de su espalda empequeñeciéndose.