Revelación


Pronto será primavera, una vez más, el eterno retorno, el momento en que, a pesar de T.S. Eliot, o quizás gracias a él, nos damos cuenta de que la naturaleza renace. Es una de las prerrogativas de los poetas, que nos percatemos de algo que antes estaba presente pero no lo veíamos. Esa es, entre otras, la necesidad de la poesía; no lo es su supuesta capacidad de crítica del mundo. Eso no es poesía, nunca.  El mundo está ahí pero no nos es dado, tenemos que descubrirlo, y los poetas nos ayudan. No deben guiarnos, deben mostrar lo que, como en el cuento de E.A. Poe, estaba presente pero nunca antes habíamos visto. Como en el poema de William Carlos Williams.

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El poeta

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Un hombre conduce un autobús. Es su trabajo, monótono dentro de una vida monótona también. Se levanta siempre a la misma hora, llega al trabajo, después de haber recorrido el mismo camino todos los días, a la misma hora, y espera en el autobús a que comience su horario laboral. Hace el mismo recorrido durante ocho horas. Para siempre a las 12 para comer siempre en el mismo lugar: un pequeño parque. Así un día tras otro.

En los ratos libres escribe en un cuaderno que su mujer llama El cuaderno secreto. Escribe sobre su vida, sus sentimientos, pero sobre todo escribe de la vida, de la suya. La monotonía es su tema, o quizás la poesía sea el modo de escapar de ese tema.

Vive en una ciudad pequeña, Paterson, conocida por ser la ciudad donde vivió un gran poeta, William Carlos Williams. Él, en cambio, es desconocido. Quiere serlo. No escribe para que lo conozcan sino para entender el mundo y para darle forma.

Jarmusch, que de la vanguardia – la de los años ochenta del siglo XX, que es casi como decir el final de la vanguardia, o los restos del naufragio de la misma – ha evolucionado hacia un cine de factura en apariencia, pero solo en apariencia, simple y clásica, ha filmado una película sobre el poeta posromántico. Frente al genio desatado del Romanticismo, y sus burdas y banales derivaciones en el siglo XX, el autor posromántico, encarnado en personas como el mismo Williams o Wallace Stevens, es una persona anónima, que lleva una vida monótona en apariencia y que dedica el tiempo que la vida social le deja a esa labor de contar las sílabas, como apuntaba Jorge Luis Borges: “ser en la vana noche/ el que cuenta las sílabas.”

Es una película sobre la poesía, que surge en cualquier mañana, mientras desayunas y contemplas una caja de cerillas, que escribes en el autobús o en el sótano, rodeado de pocos libros y entre latas de pintura y barnices. El reflejo de la luz en un cristal, el encuentro fortuito con una persona, las conversaciones que escucha en el autobús, todo eso es poesía. Acaso hoy en día solo eso sea poesía. Eso y la vida anónima.

 

Celebración del mundo

Vuelve, como es habitual, la primavera todos los años, cuando ya el semestre comienza a mostrar síntomas de su cercano final. Vuelven los días que se alargan, las mañanas que amanecen temprano, y la luz fresca aún, que parece crujir cuando el aire la traspasa.

Vuelven también las clases de poesía moderna, de la poesía que en los inicios – los inicios, siempre los inicios – del siglo XX escribieron algunas de alas mentes más lúcidas y al tiempo más perceptivas que hemos tenido. (El siglo XX, del que todos somos hijos, qué lejos parece quedar ya, como si hubiera existido hace más de un siglo o como si solo hubiera sido un sueño.)

En el alba del siglo XX, pero ya después de la Primera Guerra Mundial, algunos poetas escriben con el propósito de que la poesía  sea una celebración del mundo.

Así, William Carlos Williams o Wallace Stevens. Es ahora el tiempo de recordarlos, de volver, como cada año, a lo que escribieron para disfrutar, una vez más, con esa sabia mezcla de inteligencia, percepción y sensibilidad.

Solo eso es la poesía: Celebración del mundo dado.