Noche de provincias

20171228_36.JPGPerfectamente podría sonar a esa hora la campana de la Audiencia, o de la Catedral; dos signos de la vida provinciana en la que la gente se suele acomodar con tanta facilidad por aquello de la reconfortante tibieza que da.

  Hay quien piensa que hoy en día el hereje es el que va contra la Iglesia, el Capitalismo o que su apoyo a los nacionalismos permitirá la masa crítica necesaria para vencer el orden establecido. Es, sin duda, otra de las manifestaciones de la vida provinciana.

Al saber de todos estos pienso en “El hombre de la multitud” de E.A. Poe, en Walter Benjamin, el Luis Cernuda, gente que supo, deseó y vivió la vida solitaria a la contra del provincianismo.

 

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Vida provinciana

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En la ciudad los habitantes andaban con calma, mínimamente atareados en sus asuntos sabatinos y dominicales, vestidos de domingo, que es como en las ciudades de provincia uno celebra los días de asueto. Lazos en las cabezas de las niñas, zapatos lustrosos en los niños y en los adultos, abrigos de paño o de loden. Apenas queda ya el olor de las viejas cafeterías; en su lugar, lo moderno de moda que son las paredes blancas decoradas con utensilios antiguos y un perfume muy fuerte que ambienta el local en el que los camareros, de negro, pelo corto engominado y nuca rasurada, van de aquí para allá. También algunos llevan barbas. Ellas también visten de negro, el pelo recogido en una coleta. Te tratan, es la etiqueta de estos tiempos, con campechanía hasta llegar a llamarte chico. Nunca sé si porque quieren aparentar confianza o quieren humillarte. Vinos y tapas, y ausencia de olores de guiso, solo el ambientador.

Tapas de toda la vida: lacón con pimientos, sopas de ajo humeantes, croquetas o calamares. Raciones abundantes de morcilla, mollejas o berberechos. Y pimentón picante para alegrar, eso dicen, la comida.

Están también los protestatarios: chupa de cuero, pelo greñudo, barbas de varios días, integrados en esa vida provinciana maternal, parecida a una placenta llena de líquido amniótico. El bar de barrio de siempre, allí donde llevamos tomando el vino o la caña con la presión justa y cuyo olor, siempre algo rancio, no es tan natural que ni nos molesta ni nos sorprende. Algo parecido, pienso con frecuencia, es la vida para la gente: un bar de barrio rancio donde acudir sabiendo que nada hay que descoloque el conjunto y el pasar del tiempo siga firme en la realidad de lo monótono y conocido.

Lejos, una exposición de fotografías. Gente con miradas inestables y medrosas o sorprendidas, una embarazada desnuda con un muñón, viejos derrotados por la vida pero, aun así, incólumes en su derrota, sombras de sueños que fueron las motos, donde no hay líneas rectas ni puras sino reflejos ondulantes sobre la tierra o el asfalto, perspectivas desusadas de ruedas y radios, algunos cascos y, a veces, un ojo que parece asomarse, extrañado, por el cristal. Fantasmas, tantas de esas imágenes, recuerdos de un mundo perdido, un mundo que algunos soñaron y en el que otros se estrellaron.

 

El domingo, misa y vermú

Paseo por la indolente mañana entre las ramas caídas y los montones de hojas. Llevan un par de semanas podando los álamos que siguen la línea del ferrocarril en su entrada a la ciudad. La luz clara y brillante – tanto que casi molesta – apenas tamizada por la suave neblina de la mañana inverniza, reina y transmite tranquilidad, casi paz.

Por el centro de la ciudad, casi todos los domingos hay alguna actividad, familiar en su mayoría. Un día es una carrera popular a favor de la diabetes, nos dicen, cuando, en realidad debería ser a favor de los diabéticos – pero ya sabemos que la claridad conceptual es cada vez menor y las brumas de la confusión imperan con mayor fuerza cada día que pasa. Otros días es una trotada popular por los perritos abandonados, o una marcha, también popular, por los desfavorecidos de no sé qué, o una marcha cicloturística por el cambio climático – de nuevo la confusión conceptual.

Son estas actividades comunitarias casi todas deportivas, y casi todas tienen como objetivo ayudar a algún colectivo que los organizadores identifican como necesitados de ayuda. El domingo por la mañana, hace años, íbamos a misa y dábamos dinero en las cuestaciones del Domund: rezábamos por los negritos que se morían de hambre, por los inditos sin evangelizar, por los pobres del mundo y por no sé cuántos otros grupos más. La misa era un sacramento que tenía como función, entre otras, reunir al pueblo de Dios.

Hoy en día, en esta sociedad que dicen secularizada y laica, seguimos reuniéndonos los domingos para sentirnos parte del Pueblo Elegido que realiza acciones bondadosas para los colectivos perjudicados, que no han cambiado tanto como se ve. El deporte es un sustituto de lo religioso en las sociedades laicas: sentimiento grupal, esfuerzo, sensación de haberse purificado mediante un ejercicio, … Aún perduran restos del pasado en que la cultura era ese sustituto de la religión: aquello de ir el domingo a ver la exposición famosa de no sé qué pintor en el museo de la ciudad, por ejemplo, o la lectura del último libro del exquisito escritor para todos los lectores, cuya prosa solía ser, en el mejor de los casos, cursi.

En lo que no hemos cambiado nada es en la costumbre de ir a tomar el vermú: a la una o una y media todos vamos al bar – de barrio, chic,  o con umos multivitamínicos, según la ideología de cada uno – a tomarnos un vermú, o dos, o…