Vacaciones por convenio

Las vacaciones son esos períodos del año después de los cuales enfermo. Nada serio, es verdad, pero esas pequeñas dolencias tales como catarros han hecho que me desagraden los períodos de asueto por convenio laboral. Me reconforta, de vez en cuando tomarme una mañana de descanso, dejar pasar el tiempo desde la cama o desde la soleada habitación mientras escucho música o lo, cuando no hago las dos cosas a la vez. Uno ha de saber cuándo necesita un descanso. Sé que de ponerlo en práctica la sociedad sería aún mayor desbarajuste, pero que me digan cuándo he de descansar y que yo me lo crea, es algo que ni logro ni quiero consentir. Por eso suelo trabajar en vacaciones, por eso me gusta tomarme una mañana de descanso una vez que he acabado un trabajo importante. Ralph Waldo Emerson dijo que todo el mundo debería ser capaz de mantener sus ideas y no doblegarse a lo que la sociedad ordena. El rasgo del genio era lo que él llamaba confianza en uno mismo (self-reliance), confianza que solo era posible después de un largo período de trabajo para alcanzar una cultura amplia que ahorme el espíritu del genio, idea que no queda muy lejos de la idea que del superhombre tenía Friedrich Nietzsche.

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De cuando entonces venido al presente:

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Rentrée

Los años pasan, las costumbres permanecen, a veces por desgracia. A uno le gustaría que determinados ritos estacionales ni siquiera pasasen. Un ejemplo es este de la vuelta de vacaciones. Cada día es más cansado y carece de sentido. Cada vez me aburre más volver a la rutina que había dejado atrás solo unas semanas antes. Si por mi fuera, eliminaría eso de las vacaciones masivas, los veranos con escuálidos periódicos escritos por quienes se dicen periodistas y no llegan ni a alumnos de preparatoria. Eliminaría, sí, el periodo vacacional estival. así no habría regreso al trabajo, así no nos faltarían los grandes columnistas que nos hacen más llevadera la vida. Eso no quiere decir que no tuviéramos descansos. Podría haber pequeños descansos — cuatro o cinco — de una semana, lo suficientemente distanciados como para que los débiles de espíritu pudieran descansar. Pero sería imposible que tomáramos vacaciones masivamente, así la rentrée — que en cuestión literaria me ilusionaba años atrás — ya no sería posible.

Eliminaríamos así uno de los peores espectáculos de esta vida: la de unos pobres forzados a un trabajo nada ilusionante que se cuentan felices y ya nostálgicos el sentimiento de libertad que han tenido durante dos o tres semanas y al que han renunciado por convenio laboral.