Veraneo

Es voz antigua que va cayendo en desuso. Se refiere a la costumbre que había en el pasado de pasar las vacaciones de verano, largas, en una poblacion distinta a la de la residencia habitual. En muchas ocasiones estaba en la costa, en otras, en la montaña. En estos casos solía deberse a que los padres tenían casa familiar en dicho lugar.

El veraneo implicaba un tiempo largo de descanso, sin hacer mucho: alguna lectura, el cuidado del jardín o del huerto, las horas muertas en la playa, u otras actividades por el estilo.

Hoy en día, la falta de tiempo y la aceleración hacen que el veraneo se vaya extinguiendo. La gente, cuando tiene unas vacaciones, de unos quince días, deciden ponerse en movimiento, ser viajeros – porque les horripila ser turistas – y ver otros paises, otras ciudades, levantarse temprano y estar todo el día de aquí para allá. No piensan, por ejemplo, que pueden ser veraneantes en una ciudad, alquilarse un apartamento y hacer vida descansada allí, lejos dela rutina.

Hoy en dia el movimiento es el rey.

Viajero

Viajero es nombre común, de mucho renombre ente los alicaídos izquierdistas radicales. Un viajero es una persona culta que va a las ciudades a empaparse de cultura. Ellos, claro. Un turista es, por el contrario, un pobre hombre devorado por el consumismo que arruina las ciudades. Los turistas son siempre los otros.

Yo, sin embargo, que no me creo esas cosas que me cuentan y que sé de la indigencia intelectual de la llamada izquierda radical, prefiero mirar las definiciones del diccionario. Allí me encuentro con lo siguiente:

Viajero: El que viaja.

Viajar: Trasladarse  de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción.

También añade: Dicha de una mercancía: Ser transportada.

Por el contrario. Turista es la persona que hace turismo, y turismo es actividad o hecho de viajar por placer.

¿Qué diferencias hay entre turista y viajero? Pocas, aunque sustanciales. El turista busca el placer, es el libertino que sale de casa y se va lejos. El viajero es una mercancía a la que llevan de aquí para allá.

Lo dicho, ignorancia y clasismo en estos radicales de nueva hora. No me extraña que abominen de los turistas. Ya lo hacía Galinsoga en sus editoriales en La Vanguardia. La línea de continuidad sigue viva y bien tensa por lo que se ve.

Turismo

Una de las cosas que más me ha extrañado al conocer la catástrofe provocada por un terremoto en Nepal, es el número de españoles que estaban allí: 580. Yo tengo una idea un tanto anticuada de esto de los viajes. Pienso que es normal desplazarse a la costa o a la montaña en tu país o en otro aledaño para pasar las vacaciones. También me parece normal que la gente viaje a Italia, Alemania, Argentina, por decir algunos países, pero también podría nombrar Egipto o Túnez cuando están de vacaciones. Pero lo que no esperaba, anclado como estoy en una mentalidad anterior, antigua sería más correcto decir, era el elevado número de españoles que pululaban por Nepal en abril. Me imaginaba que a lo sumo habría cuatro o cinco, esos bohemios fascinados por el Oriente, algunos de ellos casi una sombra, poco más que un recuerdo de otro momento.

Vivimos la época del turista, es cierto, y esto debería haberme puesto sobre aviso que la cantidad de personas que hoy se desplaza por el mundo es superior a la que yo calculo por costumbre. También debería haber tenido en cuenta que los destinos exóticos – al menos los que lo son para mí – son cada vez más solicitados. Querámoslo o no, el capitalismo es lo que tiene, nos permite viajar donde queramos al tiempo que mantener nuestra conciencia a salvo: los turistas son los demás, nosotros solo somos viajeros.

Turismo de vanguardia

“Pasajeros, al tren del país de los juguetes”, gritaba emocionado el maquinista en uno de los cuentos de Hilitos. Ayer por la noche algo parecido debió de gritar el maquinista del trenecito que hace la ruta turística de Bragança, aunque eso sí, monumentos vimos pocos. A cambio casi la mitad del recorrido fue por las rondas exteriores de la ciudad, para que pudiéramos maravillarnos con los centros de salud, las escuelas, la estación de autobuses y algún que otro centro comercial.

Los momentos cumbres los protagonizaron las rotondas, “observen qué magnífica rotonda”, nos avisaba el conductor. Cuando llegamos a la de los toros, no se conformó con rodearla una vez sino que le dimos la vuelta un par de veces.

Es una nueva manera de hacer turismo, a la vanguardia de la civilización. Algún día no recordaremos que hubo un tiempo en que visitábamos esos llamados monumentos, tales como el castillo, las ruinas celtíberas o los palacios renacentistas; solo pensaremos en las rotondas, las circunvalaciones y las rondas exteriores.