Afuera

Hay días, fríos y secos porque no encuentras sentido a la vida. Cada vez son más. Mientras dura la juventud, apenas te encuentras con dos o tres de ellos, pero cuando el frescor juvenil del cuerpo y la ilusión infinita esculpida en una sonrisa van cediendo, el frío vuelve y casi se hace permanente, cual si fuera el paisaje helado de un lugar desconocido. El lugar familiar que fue hasta entonces la vida se vuelve extraño.

Hay maneras de conjurar el mal momento, el viaje extraño, la vida en las afueras. Cada vez son más los que se refugian en una perpetua juventud que tiene más de niñez irresuelta.

A veces vuelvo a mis viejos discos, a las melodías que escuché cuando el mundo era cálido y estaba habitado por colegas. A veces escucho canciones como esta y pienso que aún queda algún rescoldo.

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Trogloditas

Debía de hacer cerca de tres años desde la última vez que fui a un concierto de rock and roll. Había asistido a otros: de jazz, de flamenco, de música clásica. Todos los recuerdo como buenos conciertos. Y aun así les faltaba algo. El viernes pasado, sin embargo, venciendo la resistencia que me causa el temor a la desilusión fui a ver a Trogloditas. Ya habían estado hacía algo más de un año en Valladolid, pero entonces, por esa razón que he apuntado, el temor a romper una idea independizada ya de todos los hilos reales del recuerdo que a lo largo de los años ha ido conformando ese momento inmovilizado, exaltado, alzado a una dimensión irreal, por ese miedo, digo, no fui. No sé si hice bien o mal, ni siquiera ahora lo sé.

Más o menos había aceptado que no serían lo que fueron, algo por otro lado normal cuando solo dos de los originales Trogloditas están en el grupo. Y, sin embargo, entre las canciones de siempre, que me hicieron saltar, reír, emocionarme como cuando entonces, a los quince o los dieciséis años, y las nuevas, temas contundentes de factura clásica, la voz de Lobo, los dos guitarristas, y esa sección rítmica impresionante, la mejor que hay en España, y que hace honor al nombre de Trogloditas, salí contentísimo de haber vencido los miedos que a veces solo son añagazas de la pereza.

Fue, sin duda, un gran concierto de rock, con una banda conjuntada, a la que quizás todavía le queda rodar algo más para ser una auténtica máquina de rocanrol. Estuve en primera fila, claro, como se han de ver los conciertos, voceando, riéndome, agradecido por los temas de siempre y por los nuevos. Porque lo que más me sorprendió, y luego volví a comprobar en casa durante el fin de semana mientras escuchaba varias veces el nuevo disco, es que los nuevos temas tienen una calidad más que encomiable: puro rock clásico.

No hablemos de futuro. Disfrutemos del presente del rock and roll.

Los adioses

Siento que me encamino, si no estoy ya decididamente en ello, hacia la renuncia casi total del pasado. Aunque esta es una frase muy ampulosa que habría que matizar mucho. En realidad debería escribir de renuncia al sentimentalismo, a la vana sentimentalidad de lo que solemos recordar con benevolencia. Es fácil caer en la trampa y construir algunos momentos, modelarlos para que los recordemos fulgurantes, maravillosos, inigualables, qué sé yo.

Hay que saber colocar las cosas en su sitio. Hay que saber mantener el orden y la jerarquía en la vida propia. El abandono en la dejadez es tan peligroso como la vida vuelta hacia el pasado.

Esta fue la razón por la que no asistí al concierto que Trogloditas dieron el viernes pasado. Fueron muy importantes, hay muchos momentos en mi vida ocupados por ellos, pero asistir hubiera sido caer en la nostalgia, dejarme llevar por un pasado que es ya solo una reconstrucción. Sé que hubo muchos de aquellos con quienes compartí la música de Trogloditas que asistieron. Imagino que disfrutarían, que ese día lo despidieron con una dosis suplementaria de felicidad.

Ni los Trogloditas de ahora son los de entonces – solo quedan dos del grupo original – ni tampoco nosotros lo somos. Como decía un verso que leí mucho en esos años: “Habré de creer que este he sido/ y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?” No, no somos los mismos, cambiamos, al fin nos volvemos diferentes de quienes fuimos años atrás.

Volver al pasado es mal asunto por lo que tiene de confusión mental y desbordamiento de sentimientos. Hay que aplicar a conciencia algunas exigencias estoicas, y hay, sobre todo, que  saber que mudamos, aunque como alguien dijo, sea duro abandonar la última orilla.