Elvis Presley

Maria’s the Name (His Latest Flame) es una de las canciones que más me gustan de un artista de quien casi todo me gusta, y uno de los pocos a quien le permito casi todo. Puedo escucharla varias veces seguidas cada día y no cansarme.

En Graceland la gente espera colas hasta que le toca el turno de visitar la casa, pasean por las varias exposiciones que hay en la enorme tienda que se aprovecha del interés o admiración o casi idolatría que la gente siente por Elvis. Aun así, todo da igual después de haber visto la mansión, haber recorrido parte de su carrera, que se centra, sobre todo, en los años en que actuó en Las Vegas. Hay gente para quien esos años son los años de un hortera, vendido al dinero de los capitalistas y ahogado en lujo. Sin embargo, no debemos olvidar que en esos años graba algunas de sus mejores canciones – ya en 1956 había dado una muestra de lo que era capaz – y en los que su voz adquiere madurez. La vestimenta estrafalaria no era algo propio solo de él. Por aquel entonces había un buen puñado de cantantes de soul que parecía querer competir en llevar vestimentas extravagantes.

Hay lugares donde el rocanrol estuvo presente y que son más secretos. No para un buen aficionado a este tipo de música. A todo aquel que le guste el rock de los años 50 sabe que en Memphis están también los estudios mal llamados Sun. Sun era la discográfica. Los estudios se llamaban Memphis Recording Studio, pero  la pereza y el decir las cosas sin pensarlo mucho han terminado convirtiendo el lugar en los Sun Studios. Ya he hablado de ellos y vuelvo a acordarme de la visita, entre tanta gente. El sitio, silencioso, en medio de negocios que son naves de polígonos, como tantas cosas en esta ciudad estallada, guarda algo de la magia de entonces, aunque no lo haga presente a todo el mundo. O quizás es que algunos llegamos esperando ver a Billy y Scottie grabando con Elvis, o a Johnny Cash, desde su altura imponente, esperando que acabara otros de quienes al final no quedó recuerdo.

Nos iremos y los estudios Memphis Recording Studios seguirán allí, los trabajadores guiarán a los turistas varias veces al día, le gente irá y se marchará, y la presencia de Cash, Elvis, o Carl Perkins permanecerá.

Hay algunos que pensarán que todo esto no pasa de ser una vulgar peregrinación al corazón del capitalismo (o a uno de sus centros vitales). Puede que sea así, pero no estaría de más recordar la frase de T.S. Eliot: “La humanidad no resiste demasiado la realidad” y apuntar que al final y al cabo, pocas guerras se han dado por causa del rocanrol.

Los botines de Johnny Cash

Están en la vitrina, en un recodo del museo. Negros, acharolados y brillantísimos. También enormes. A su lado uno de los trajes que Johnny Cash utilizó en sus conciertos. Destacan, sin embargo, los botines, tan limpios y tan grandes.

Johnny Cash, el cantante de Memphis que al final fue una figura reconocida por todos en EEUU era un tipo alto, a tenor de la talla de botines que usaba. No están arrugados apenas y miran al visitante desde su lugar en la vitrina.

Pudo haberse dedicado al rocanrol, como su amigo Charles Perkins. Perkins era otro cowboy, otro hillbillie más, pero dio con el ritmo y con las armonías de un tipo de música con la que él, y una pandilla de músicos, cambiarían la sociedad americana. En Cash esos acordes también se escuchan pero predomina lo vaquero.

Cash los conoció a todos, incluso fue parte de aquella mítica reunión improvisada que tuvo lugar en Sun Studios, la del conocido Million Dollar Quartet. Sale en la foto pero su voz apenas se oye, y eso que eran, casi todas, canciones del repertorio popular americano, en su mayoría góspel y algo de blues.

Cash estuvo con ellos, pero ellos despegaron pronto: Elvis enseguida alcanzó la fama, Jerry Lee Lewis también la tuvo, aunque a veces fuera por razones extramusicales. Charles Perkins siguió con su carrera.

Cash, el muchacho de Memphis no alcanzó tanta fama, al principio al menos, pero luego despegó sin abandonar Sun Studios, su primera compañía de discos. El chaval de Memphis llegó a cantar en la prisión Folsom, a cantar con otros como Willie Nelson, incluso le hicieron una película en sus últimos años, una de esas malísimas biografías en celuloide para gusto de quienes apenas no sabían nada de su vida.

Sus botines están ya, para siempre, en la vitrina, mirando a los visitantes que pasan todos los días por el Rock and Soul Museum, como testigos de una época y de una manera de estar en el mundo. Los enormes botines de Johnny Cash.