La épica demediada

UFwSIQ2uTtWkk70vL6VlPw_thumb_2fd“Las semanas que vivimos peligrosamente”, así las llamarán de manera cursi y sin la menor originalidad. Lo segundo es normal. La izquierda desde hace muchas décadas, digamos que finales de los sesenta o comienzos de los setenta, vive del pasado.

Así cuando todo esto acabe, y no será muy tarde, comenzará el momento de la creación épica, de la idealización de unas vidas que no fueron mucho pero que se salvarán, de manera privada y sentimental, por unas horas, unos días o unas semanas en que sintieron el pellizco de la adrenalina en el corazón mientras La Luz del membrillo clareaba en sus cabellos.

Toda épica es siempre diferida, una creación posterior en el tiempo que busca esconder las vergüenzas, al tiempo que pretende crear una ética. En el caso de la épica homérica, es la del héroe griego; una ética, pues, aristocrática. Lo de estos días es la ética del resentimiento (que siempre se esconde tras el victimismo mientras lo va alimentando), una ética de la destrucción solo porque sí.

En la mayoría de los casos solo permanecerá el brillo de lo superfluo y de la brillantina y la bisutería. La adolescente ilusión de haber participado en una asamblea, en una manifestación. Poco más. Los héroes desaparecieron tiempo atrás, y con ellos la épica. lo de ahora es solo decorado pintado de purpurina.

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Esclavitud

“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento de los hombres” (F. Nietzsche)
“No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza.” (B. Spinoza)
Para los cristianos es la virtud teologal por la cual deseamos a Dios como Bien Supremo y confiamos firmemente alcanzar la felicidad eterna y los medios para ello.

Hay que vivir instalados en el presente, sin pensar en un futuro en el que alguien nos solucionará los problemas. La esperanza va unida a la teleología: un aplazar a un futuro inconcreto lo necesario presente. Lo expresa muy bien la frase: “primero ganamos la guerra, luego hacemos la revolución”, que es el modo en que la gente deje para nunca, suspenso en el no-tiempo, sus deseos presentes y se someta al Gran Líder.

Conservadores, dijeron, señalando a los otros

Si hay una organización conservadora en el mundo hoy en día, esa es la izquierda revolucionaria. Siguen anclados en el discurso de principios del siglo XX, siguen anclados en las formas de entonces, de la Revolución de Octubre, que luego se repitió en los golpes de Estado en las países bajo la influencia de la URSS, en la Cuba castrista y en la Venezuela de Chaves, su sucesor nombrado a dedo, Maduro, y los que vengan.

Bien se puede observar en este artículo de Rafael Fraile G., tan inflamado de arder revolucionario y crítica constructiva que no parece percatarse de los anacolutos ni de las faltas de ortografía o tipográficas. ¡Qué importan esos resabios burgueses cuando la Revolución está al alcance de las manos!

Mientras leía el artículo, me invadía a partes iguales la morriña – por aquello de que parecía que estuviera leyendo un ejemplar de El viejo Topo de finales de los años 70, o la crónica de algún exultante castrista sobre cómo superan las dificultades derivadas del pensamiento burgués en la isla – y la fatiga de ver que en un siglo no han avanzado nada y que siguen con las cartas abiertas llenas de crítica constructiva, la lealtad al proyecto revolucionario, la denuncia de los traidores, del pensamiento pequeñoburgués y revisionista, y la llamada a la vuelta a la pureza revolucionaria (en la línea de los primeros puritanos que llegaron a América).

En fin, que, como ya he observado más de una y más de dos veces, no es revolucionario ni progresista aquel que más lo proclama, y que hemos de andarnos con mucho ojo sobre todo dentro de eso que llaman la izquierda revolucionaria. Ahora que no es marxista y sí populista (más aún de lo que lo fue en décadas anteriores), el conservadurismo y la demagogia se han desatado. Esto, de más está decirlo, es una maravillosa poza en la que pescar las truchas del desencanto y el resentimiento.