Resentimiento

Esta mañana, mientras iba en el autobús, he visto a una madre con cuatro hijos: dos niñas y dos niños. A los niños, en realidad solo al menor, los ha despedido al final del cruce, le ha dado un beso en la frente y se ha dado media vuelta a descruzar lo cruzado para, supongo, llevar a las niñas al colegio. Los chavales se han acercado a un banco. El mayor tenía aire cansado, de estar harto de la situación, y se ha sentado. El menor, con sus pantalones cortos grises en este invierno que ya va siendo inclemente, y el pelo rapado casi como un niño de hospicio, se ha quedado de pie. Un poco más allá esperaba otro niño el autobús que los llevaría al colegio, supongo.

Esto no es metáfora de nada, es una escena cotidiana de un mundo que sigue mientras, parece, en las alturas todo se confabula para que reviente. En estos tiempos nuestros, sin embargo, el estallido no es cosa de las élites (o elites) sino del pueblo que vota y elige a los más incapaces mientras ensalivan (o babean) con las promesas de los programas populistas.

Nunca seremos todos ricos, ni guapos, ni se nos quitará a todos la halitosis, pero sí que podremos ser todos pobres y volver a pasar hambre y padecer raquitismo (que lo hubo aunque lo hayamos olvidado.)

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De algunas características nacionales

No lleva uno ni una semana de vuelta en su casa y parece que nada hubiera ocurrido y que las cinco semanas que ha vivido en el extranjero no hubieran existido o hubiera sido hace mucho tiempo. Tampoco nada da a entender la distancia que ha recorrido de ida y de vuelta, una distancia que, de haberla atravesado en coche o en autobús , habríamos tardado más de cinco semanas en cada sentido pero habría conferido otro sentido a nuestro viaje, moderno e instantáneo. Dejamos de lado el hecho mismo del viaje para centrarnos en la estancia cuando a veces lo que merece la pena es el recorrido en sí y no los tiempos intermedios. No era así en este caso en que lo importante era la estancia. Tal y como están las cosas, el viaje relámpago borra las diferencias y te prepara para la nueva vida; la vuelta, por el contrario, borra de tus recuerdos la vida nueva y te retorna al pasado. Aun así, hay cosas que no pueden olvidarse y el contraste es acusado, en gran medida porque la habituación a la vida normal ha desaparecido, y lo que era común y aceptabas, ahora te parece algo extraño e incluso desagradable.

Entre las cosas que se te habían olvidado estaba la inquina nacional, ahora reverdecida con la derrota en la adjudicación de los Juegos Olímpicos y el nivel de inglés de la alcaldesa madrileña. Quizás su inglés no sea excelente, pero si se compara con el nivel medio que tenemos, puede hasta sacar pecho. Las incorrecciones que uno tiene que soportar todos los días, la prepotencia de quienes hablan muy mal inglés y sin embargo se creen expertos hablantes en inglés,  producen vergüenza ajena día sí y día también.

La saña con que arremetan contra la alcaldesa — a quien han cogido como chivo expiatorio –, el ingenio que ponen en criticarla pero son incapaces de utilizar en su vida diaria para algo positivo, el resentimiento que se advierte en todo ello, era algo con lo que, por lo visto, estaba acostumbrado a convivir, pero se me había olvidado en cinco semanas. Ahora no queda más remedio que acostumbrarme a ello y creo que lo mejor es endurecerme todo lo posible para que el habituamiento no se me contagie.

A los escritores del 98 les dolía España. (Hay alguno ahora a quien repentinamente también le duele España aunque no tiene problemas en distorsionar la historia española de los últimos 40 años). A mí, no. Mis dolores son puramente somáticos y se reducen a la cabeza, las articulaciones o los pies. Pero me preocupa hasta dónde pueda llegar tanto resentimiento que algunas cultivan, otros propagan y algunos, pocos pero poderosos, siembran. Pocas cosas peores puede haber que una nación de resentidos.

Otredad

“Los otros todos que nosotros somos”, escribió Octavio Paz, allá por 1949 cuando aún las cosas no habían caído ni los conceptos había sido maltratados, y la otredad era un reconocimiento en el otro de lo que soy.

Pero traigo aquí a Octavio Paz porque he leído los que Fernando Savater dice de él en “Las ciudades y los escritores”. más que lo que dice, es el modo en que lo dice. Uno piensa que solo deberíamos hablar de otros escritores con el mayor entusiasmo. Es esta una época que se dice desmitologizadora pero que no pasa de resentida. Nos afanamos en hablar mal de los demás, con un propósito de desmontar las falsedades que alguien — a veces ellos mismos — crearon alrededor de personas notables, y lo único que se ve es el resnetimiento del que, apelando a tan alta misión, no pasa de ser alguien amargado y resentido que no acepta que otros sean mejores.

Hemos perdido la alegría filosófica — esa que tan bien ha teorizado Savater y que ha hecho de ella piedra medular de su vida –, aquella que nos empuja a ser mejores y a serlo con quienes nos rodean. En un situación así, ¿de qué sirve la otredad?