La bicicleta verde (II)

La bicicleta verde es una película en la que no pasa nada que no sea lo corriente en la vida de unas personas. En este caso, en las vidas de una madre y una hija en Arabia Saudí. No hay oasis ni grandes palacios, ni modernísimos hoteles de varias decenas de plantas y formas imposibles. En la película nada de lo que es común en los reportajes de Arabia Saudí aparece. Tampoco camellos. Solo hay viento, tierra, casas viejas, el inmenso vacío de las calles desiertas. Y silencio, silencio que solo de vez en cuando un niño o un coche rompen. Arabia Saudí es un país muy rico, dicen. Aquí la gente es de clase media baja o muy baja; algunos, inmigrantes cuyas situaciones legales no están claras.

La película es, sobre todo, la vida de la madre y de la hija, una vida monótona que intentan llenar con breves momentos raros de alegría y sorpresa. Es también el empeño de la niña por conseguir una bicicleta. El dinero no es el principal obstáculo; lo peor, como siempre, son los prejuicios sociales. Una niña no puede montar en bicicleta, no es lo apropiado para ella; incluso corre subterránea la amenaza de la esterilidad. Pero sobre todo, al aire, clara y patente para todos, está la religión, que rige la vida de las niñas en el colegio, con sus estúpidas prohibiciones, la religión como modo de vida en el que no hay que pensar, en el que solo hay que seguir lo que el Profeta ha ordenado. Ni risas, ni rostros descubiertos en público ni palabras o comportamientos que molesten al marido. La sumisión, claro. Y la mujer que solo es la que da a luz y cría a los hijos, porque la familia, el árbol genealógico se forma solo con los varones.

Unas vidas siempre iguales, una vidas que buscan aire; la vida de una niña alegre a la que ni las maestras, ni las convenciones sociales ni nada logran quitarle la ilusión, la alegría de vivir y la convicción de que no tiene ningún sentido que una niña no monte en bicicleta.

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