La clerigalla

El lector que, interesado en la historia de España en los siglos XIX y XX, consulte algunos libros, se encontrará con una idea que se repite una y otra vez: el Estado abandonó los símbolos fundamentales de la nación — la educación, entre ellos — a la Iglesia. Así esta tuvo plena libertad para decidir qué días eran fiesta y cuáles, no. No solo eso, la Iglesia influyó en la educación de los niños y jóvenes de manera decisiva. Mientras en Francia o Estados Unidos la educación la controlaba el Estado, y era una educación basada en valores cívicos, en España la educación la impartió la Iglesia, y fue una educación de valores religiosos y reaccionarios en política. Mientras Estados Unidos o Francia avanzaban con el curso de la Modernidad, España se estancó en ensueños románticos de un pasado en el que predominaba una sociedad orgánica. De ahí el arraigo del Carlismo, sobre todo en el norte de España.

Hoy en día las cosas no han cambiado. Seguimos teniendo como fiesta obligatoria e indiscutida la de la Inmaculada Concepción, y como fiesta puesta en tela de juicio la del aniversario de la aprobación de la Constitución. Los reaccionarios de hoy en día, siguen sin querer celebrar este último porque la Constitución no los representa. No tienen, sin embargo, problemas en descansar el día de la fiesta establecida por la Iglesia. Son nuestros reaccionarios los peones de la clerigalla.

¡Viva el trabajo!

Hoy es uno de esos días extraños, un día de tránsito entre dos festivos, lo que coloquialmente conocemos por puente. Un día propicio para las celebraciones festivo-religiosas del deporte solidario o para la infinita charla amistosa en el bar. Un día que yo, por aquello de evitar costumbres tan castizas, suelo dedicar al trabajo.

Esto de la sucesión de días festivos intercalados con otros que no son propiamente festivos pero que los asimilamos a los primeros es una costumbre española – españolaza, deberíamos decir – cuya desaparición es tan difícil como lo fue eliminar capas largas y chambergos durante el reinado de Carlos III, y que dio lugar al Motín de Esquilache. Había que continuar con la vestimenta tradicional, por supuesto, perseverar en las hispanas tradiciones y no dejarnos avasallar por el imperialismo extranjero – de corte francés en aquella época – que pretendía acabar con las seculares costumbres hispanas y sustituirlas por otras extranjeras,  arrasando así el tejido social de España – que si por algo se ha caracterizado siempre es por su falta de vertebración –, haciendo de ella un lugar sin memoria, gentrificándola habría dicho alguno si el palabro hubiera sido de uso corriente, despojándola de su identidad.

En realidad, lo único que pretendía el Marqués de Esquilache era la modernización de la villa de Madrid, entre otras cosas acometiendo un profundo programa de salubridad pública y de seguridad ciudadana. De ahí que mandase acortar las capas y llevar sombreros que dejaran a la vista el rostro de los transeúntes.

Se opusieron a ello los grupos reaccionarios de la época, al igual que los reaccionarios de hoy – que vuelven a la canción protesta y los cantautores, y a las fórmulas políticas del pasado – ¡a alguno he oído decir que quisiera volver a 1931! – están en contra de la eliminación de festivos que, nos cuentan, hay que dedicar a la familia. ¡Qué entrañables!  Ante esa buena intención tan empalagosa solo se me ocurre exclamar ¡Viva el trabajo!, ¡Por la abolición de todas las fiestas!

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Ayer fue el aniversario de la ratificación en referéndum de la Constitución Española. No está mal recordar que el 27 de febrero de 1981 todos los representantes de los partidos políticos de ámbito nacional la defendieron en contra de quienes querían abolirla. ¡Es la historia! Y no se puede cambiar aunque haya quien quiera ocultarla o desfigurarla.

Consti-II