El cine finandés existe a pesar de Aki Kaurismaki

Del cine finlandés conocía al director Aki Kaurismaki, autor de la aburridísima Lenningrad Cowboys Go America (1989). Después de ese primer contacto y hasta esta semana último, con su cine, evité a Kaurismaki por todos los medios. Este año, por fortuna, la SEMINCI ha programado una pequeña sección en que han proyectado varias películas finlandesas. Aki Kaurismaki es – por decirlo de una manera rápida y algo reductora, lo sé – un cineasta posmodernos, en la línea de Jim Jarmusch, David Lynch o Pedro Almodóvar. Hay, como hemos podido ver en la retrospectiva, otro cine, un cine con peso, que trata, sin hacer vulgares chanzas ni tener un aire de ligera comedia crítica, temas nada complacientes: los fallos de los padres en lo que se refiere a sus hijos, el egoísmo de estos, las amistades y los amores, la manipulación de los demás: en resumidas cuentas, lo que hace que la vida sea eso, vida, guste o no.

Entre las que me han gustado muchísimo están Hyvä Poika (The Good Son), de Zaida Bergroth (2011) y Paha Pere (Bad Family), de Aleksi Salmenperä (2010). Lo que viene a demostrar mi teoría de que lo posmoderno solo ha logrado arruinar el arte, en este caso encarnada esa posmodernidad en Aki Kaurismaki.

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Las sombras de una historia

Manuel Vilas escribe su libro Listen to Me, un libro, al menos atrevido y nuevo – nuevo entonces, no sé si hoy, aunque quizás, sí – con mucha mayúscula, cuando escribe, entre otros de Lou Reed, que según parece es su músico favorito. Son mayúsculas enfáticas, de esas que utilizamos cuando no estamos del todo seguros de la verdad o fortaleza de nuestras aseveraciones.

Es un recurso posmoderno – posmoderno de esta época nuestra, sí – un recurso en el que nuestras aseveraciones las reforzamos con el énfasis de lo mayúsculo, lo cursivo o la negrita tipográfica. Él sabrá lo que hace, pues es, al fin y al cabo, lo que hemos decidido que sea un gran escritor de nuestra época. (Esto es duro de aceptar pero uno es un gran escritor o no lo es, no por lo que escribe sino por el juicio de sus contemporáneos, así que los que no logran alcanzar el podio deberían reflexionar sobre su incapacidad para ligarse al jurado o al menos hacerles tilín.)

Énfasis y mayúsculas, escribía, y sin embargo, a mí lo que me gusta es lo contrario, la ausencia de énfasis (esa vulgaridad que es estar enfermo de énfasis, aunque todo sea un simulacro posmoderno): Una historia que ocurre sin que lo parezca ante nuestros ojos, o detrás de nosotros o tan lejos que quién sabe si ha ocurrido o si es verdad lo ocurrido, o al menos verosímil. Algo parecido a las notas que vamos dejando escritas en este cuaderno un tanto fantasmagórico.

Una historia americana vista desde los ojos de un español:

Aquellos maravillosos años

DSCF5071Todas las mañana, al encaminarnos hacia la Universidad, para pasar el día entre libros y gente silenciosa que garabatea en sus cuadernos, gruñe, refunfuña, ríe en sordina o golpea de vez en cuando la mesa –mientras vamos, como digo, a la biblioteca, también al volver de ella, nos encontramos con vecinos. Nos saludan, a pesar de no conocernos y nosotros devolvemos, como es normal, el saludo. Un espartano “buenos días” u “hola” o quizás “qué tal están, pasen un buen día”. Recordamos la serie Aquellos maravillosos años, serie que, todo hay que decirlo, apenas vimos porque nos parecía sosa, y ahora, después de unos años, parecemos personajes de la misma, personajes ya crecidos que aún guardan esa extraña capacidad para sorprenderse por lo nuevo.

Esto me lleva a pensar en la biblioteca entre jóvenes que estudian y toman notas sobre la sociedad contemporánea, que lo Posmoderno es, esencialmente, un fenómeno urbano y académico. Sería curioso saber qué habría ocurrido si los profesores universitarios de Humanidades – en su más lato sentido – no hubieran notado un agotamiento de la Modernidad, si no hubieran necesitado algo más – en cuestión de teoría – para que la rueda siguiera girando.

Esto lleva a la conclusión de que lo Posmoderno – con mayúscula, sí – solo tiene sentido y puede comprenderse en su totalidad en una gran urbe, que los análisis posmodernos, los ensayos sobre el tema, las narraciones llamadas así, solo pueden escribirse en ciudades como Nueva York, Chicago, París o Berlín. Esto, también, me lleva a preguntarme por la interpretación que hemos hecho de Michel Foucault, Roland Barthes, Friedrich Nietzsche, Jacques Derrida o Jean Baudrillard. ¿Lo Posmoderno en pequeñas urbes?

Uno sabe que esto de lo Posmoderno es simplemente una inmensa pirueta irónica de una cultura agotada – lo cual no es malo en sí mismo, pues esto mismo se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia con distintos visajes como única diferencia.

David Foster Wallace, tan del gusto de Javier García Rodríguez, es de los últimos representantes de lo Posmoderno – último en sentido temporal y en sentido de agotamiento. Soy consciente de la ruptura perceptiva que traen como consecuencia varias pantallas televisivas, el orden caótico y palimpséstico de la red, la atención dividida en varias conversaciones escritas en la pantalla telefónica. Aun así, dudo de lo Posmoderno como categoría.

Lo Posmoderno, que solo existió en algunas ciudades y en la mente de muchos – al igual que tantas otras tantas fantasmagorías filosóficas durante el siglo XX. Hay quien dice que lo Posmoderno es menos mortal. Lo dudo, y no solo por el origen sino por la base, que tan felizmente abrazan tantos para derribar las civilizaciones, o culturas, o acuerdos, ya existentes.