Paparruchas

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Paparrucha, paparruchada eran palabras frecuentes en mi niñez. Solíamos escucharlas cuando contábamos alguna historia inverosímil con el único fin de salir de un apuro: “Eso es una paparruchada. Ahora dime la verdad”. En general eran mentiras con una pequeña elaboración para que pasaran por verdades. Por aquel entonces mentir estaba mal visto y si lo hacías debías ser muy ingenioso para que no te pillaran. Había, es cierto, eso que llamaban mentiras piadosas, que eran más que embustes falseamientos de la realidad para evitar un daño sentimental. Pero lo importante, repito, era que la mentira tenía mala prensa y si te pillaban en una, pagabas las consecuencias.

Mientras escribo estas líneas me doy cuenta de cuánto ha cambiado el mundo. La mentira ya no está mal vista. Todo lo contrario, la mentira ahora, disfrazada de verdad, no de paparruchada, sirve de acicate para la multitud. Lo del pago de las consecuencias es algo aún más obsoleto Ya nadie piensa que tiene que pagar por hacer algo erróneo, malo o dañino. Los castigos caen siempre a los otros, y siempre por razones que tienen que ver más con la propaganda ideológica que con la ética o la moral.

Es común hoy en día que los políticos y toda la burocracia que los rodea mientan a espuertas para conseguir sus objetivos. A estas mentiras las designamos con un anglicimo, fake-news, donde fake significa falsa pero es también farsante. Podríamos llamarlas con su nombre español, paparruchadas, aunque ya esto importa poco por el hecho de uqe la mentira cada vez tiene un mayor prestigio. Siempre ha habido liantes en este mundo, gente que ha utilizado la paparrucha para conseguir sus inmorales fines. No es menos cierto que, en general, estos farsantes eran de baja estofa, no solían pasar del ámbito municipal, y eso cuando llegaban. Ahora la cosa es más peliaguda porque el salto es cualitativo a la vez que cuantitativo, porque alcanzar el nivel del gobierno autonómico, incluso nacional, conlleva que los mentirosos se mueven con total soltura en ámbitos donde se deciden asuntos importantes y que el repudio de la sociedad a la mentira es menor.

No quiere esto decir que en el pasado no existiera esa mentira. Un buen ejemplo de ello es el modo en que algunos periodistas callaron la gran hambre en Ucrania en los años de 1930. La Unión Soviética estaba embarcada en la segunda fase de la Revolución, la de los planes quinquenales de Stalin, que se saldaron con un rotundo fracaso que no llegó a ser clamoroso por el ímprobo trabajo de algunos periodistas empeñados en tapar lo que era evidente para cualquiera que visitase el país. Otro caso de paparruchas que han tenido y aún tienen vía libre es todo el proceso de secesión catalán, donde, desde la cifra de heridos hasta las consecuencias que está teniendo, la mentira ha contado con la inestimable ayuda de periodistas catalanes y extranjeros que han preferido divulgar paparruchas antes que atenerse a la verdad. Ni el número de heridos resultó ser tan elevado ni la secesión se realizará, si es que llega a tal término, sin consecuencias funestas para la región. Un ejemplo es la fuga de empresas, pero, sin duda, hay más.

En cualquier conflicto, siempre se ha dicho, la primera víctima es la verdad. Esta vez por partida doble, pues lo mentirosos se ufanan de serlo.

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Destruir, dijeron ellos

De lo que se trata en este tiempo es de destruir, de arrasar con todo lo construido, de señalar un enemigo y, dejando de lado la razón y el trabajo del intelecto, publicar como modo de machacar. Así, bien lo saben, esa sociedad a la que engatusan cuando dicen que es la mejor preparada de la historia, se rendirá ante ellos. Será esa sociedad una sociedad caída ante las patas del caballo de Atila, que no otro cosa son más que Atila y sus sanguinarias huestes. (Ahora se han puesto la careta de los buenos reformista pero a nada que uno esté atento, ve que no es así).

Destruir es lo suyo y para ello hay que mentir, publicar falsedades, retorciendo la información para que caiga de su lado siempre. No es de extrañar entonces este subtítulo: “Desde el estallido de la burbuja financiera internacional, en 2008, y la consiguiente Gran Recesión en todo el mundo, el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural en España” mientras calla lo que todos los informes y otras informaciones aclaran: el suicidio es la primera causa de muerte no natural porque las muertes por accidentes de tráfico han caído espectacularmente (más de un 20%). No aumentan significativamente los suicidios, cosa que incluso el autor del artículo y los psiquiatras entrevistados aceptan.

Luego viene el segundo retorcimiento. En el artículo acusan al INE de falsear las estadísticas. Puesto que durante la crisis económica ha habido años que el número de suicidios ha descendido, los psiquiatras – eso dicen que son – no tienen el menor empacho en decir que no se fían del INE y que las estadísticas de los institutos médicos legales son más fiables. No está nada mal acusar a los funcionarios de falseamiento de documento público. Si así fuera, deberían denunciarlo.

Pero no es así, como inconscientemente reconocen porque unos párrafos más abajo explican las razones del descenso de suicidios. Nos acostumbramos a la crisis y a sus consecuencias y ya las consecuencias no son tan duras como lo fueron en un principio. Ya ven en qué ha quedado la suave subido del número de suicidios: primero fue que los funcionarios del INE falseaban las estadísticas y en breve pasó a ser acostumbramiento de los personas.

En fin, que de lo que se trata es de destruir. Con poca imaginación, por cierto. Todo esto de la crisis económica y los suicidios viene de la Gran Depresión americana, en la que sí que hubo un incremento significativo de suicidios. Se ve que algunos se lo aprendieron bien cuando lo estudiaron en el COU y ahora – como son incapaces de analizar la sociedad – se acordaron de aquello y están empeñados en que vuelva a serlo ahora. Imaginación poca tienen, pero sientan cátedra en barra de bar como pocos (bueno ahora la cátedra la sientan en twitter donde la audiencia es incuso más ignara que en los bares, que ya es decir).

Para acabar, y relacionado con lo que digo, les dejo una breve cita de José Luis Pardo a propósito de Gilles Deleuze:

“… el problema que había planteado Wilhelm Reich: las masas no fueron engañadas, las masas desearon el fascismo, y eso es justamente lo que hay que explicar. Cómo fue que, como decía Spinoza, hubiera tanta gente luchando por su sometimiento como si estuviera luchando por su salvación. Y la respuesta está en el deseo. Hay una energía libidinal que no tiene un objeto preciso, una corriente despersonalizada e insaciable que habita bajo nuestros intereses conscientes.”

Lecturas de artículos

SPECIAL FOR THE WASHINGTON POST

He acabado de leer una recopilación de artículos de Christopher Hitchens, y la frase que no he terminado de escribir me suena rara. Durante varias semanas el libro ha estado en mi mesilla de noche, impresionante en su volumen, esperándome, esperando una temporada de insomnio, los fines de semana, que suelo leer en la cama cuando me despierto, los domingos por la noche, que tanto me cuesta conciliar el sueño.

Lo he acabado después de varias semanas, sin haber seguido un orden ni haberme preocupado por señalar los artículos que iba leyendo, y así algunos – el extraordinario sobre el origen de la palabra felación y Lolita – lo he leído un par de veces.

Hitchens era un buen escritor y un buen periodista. Polemista que no rehuía ninguna ocasión que se le brindase, azote de muchas de las tonterías que nos agobian en el presente, independiente, prefería siempre el razonamiento a la explosión efectista de demagogia, sentimentalismo o victimismo. Prefería situarse en la incómoda posición del que, sabiendo que tiene razón, iba a defender unas ideas impopulares. Era de esos, pocos por cierto, que sabía que la razón era necesaria. De izquierdas, fustigaba las numerosas idioteces de los partidos y asociaciones que se sitúan a la izquierda; ateo que durante muchos años estuvo en contra del aborto, inglés nacionalizado norteamericano y crítico con los Estados Unidos, irreverente pero exquisito en su estilo literario; una rara avis de esas que solo la verdadera libertad de pensamiento que proviene del liberalismo británico del siglo XIX y de la institucionalización de las libertades de pensamiento, expresión, y de conciencia que instauran la Constitución de los Estados Unidos y su Tribunal Supremo en el siglo XVIII permiten que se desarrolle y dé frutos, excelentes en su caso. Aquí en España lo habrían tachado de franquista, fascista y no sé cuántos sambenitos más. En España preferimos a rebeldes como Jack Kerouac, que apoyó la Guerra de Vietnam, pero está nombrado por un halo de santón rebelde que oculta su profundo conservadurismo social. (“España y yo somos así, señora”, dijo uno. Irremediables y ramplones, pienso yo.) En España la fachada sola, y el situarse topográficamente, son suficientes. En Inglaterra, uno tiene que haber cursado estudios en una universidad como Balliol College, como hizo Hitchens.

Después de leer sus artículos a uno le queda el mínimo sinsabor de que Hitchens no fuera ensayista. Los artículos de periódicos quedan muy bien en el periódico, leídos en el día que se publican, insertos en el tumulto del día entre noticias y otros artículos. Cuando los reúnen en antologías, se parecen al aperitivo que te sirven en el restaurante mientras esperas que lleguen los entrantes o el primer plato. Algunos aperitivos son extraordinarios, ingeniosos, sabrosos, te despiertan un extraño sentimiento de alegría, sorpresa y deseo de más, pero, al final, son solo aperitivos. Los ensayos, aun los literarios, son ya algo más contundente. Pueden servirse como entrantes pero muchos de ellos: George Orwell, William Hazlitt, Fernando Savater, Albert Camus, son primeros platos, segundos e incluso postres. Aunque en su origen surjan de lo que acontece en la rúa, se elevan y en su vuelo plantean los problemas de la calle desde la alta perspectiva que da un vuelo desde las alturas.