Sensaciones, vacío

20171228_27.JPGCuando algo acaba uno suele sentir un vacío, el tiempo que actividades de toda índole han ido llenando y que ahora parece ocupar todo el día, la noche, los momentos relajados de reflexión que faltaron durante esos momentos nerviosos

Cuando llego a este momento de vacío suelo preguntarme cómo el hombre llegó a esa necesidad constante de sensaciones que también refejó Edgar A. Poe en “El hombre de la multitud” y que luego Charles Baudelaire llevó a su vida de paseante parisino (aunque tengo la sospecha de que nunca fue tanto en realidad, solo en su leyenda, la que él creó y otros aumentaron).

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Concentración y espera

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Cuando las posibilidades se reducen, la concentración aumenta. La escasez queda reemplazada por la intensidad. Esto no es bueno ni malo en sí, o quizás, sí, es bueno, aunque esta sociedad fascinada y arrastrada por la abundancia – lingüística, pongamos por caso – y la novedad – la juventud, por ejemplo, o la actual emergencia de partidos políticos nuevos (aquí se unen abundancia y novedad) – (dos constituyentes básicos del capitalismo como modo de representación) haya decidido que la intensidad es negativa.

Así no es de extrañar que ahora, privado de la posibilidad de marchar por las calles enseguida atraiga mi atención todos aquellos libros que tratan del caminar. (Marchar, por cierto, tiene el sentido de partir o de caminar con orden y concierto al modo de los militares. En mi caso, creo, es un galicismo, que acepto por lo que tiene de subversión cultural.) Así, sin buscarlo, como si hubieran acudido a mí, he dado con un par de libros, Wanderlust. Una historia del caminar, de Rebecca Solnit y Paseos por Berlín, de Franz Hessel, libro extraordinario y verdadera obra de arte de quien fue, sobre todo, un flâneur.

Así, con ellos, y con otros, como Jean Jacques Rousseau en sus Confesiones, los cuentos de Michael MacLaverty o de Mary Lavin, voy pasando los días varados de esta primavera que ya ha asomado y aún no he podido disfrutar pues la vista desde la cama ofrece pocas alegrías a la vista.

Quedan aún algunas semanas de observación del tobillo, de mirar la blanca pared frontal o la ventana – esa abertura hacia lo azul del horizonte. Y por supuesto de lectura, en especial la del paseante, para no olvidar, quizás, lo que eso es y sin dejar de desearlo, esperar a que el tiempo llegue para volver a calzarme unos zapatos y perderme por las calles entre la contaminación de automóviles y conversaciones de desconocidos mientras la brisa me acaricia la cara y los brazos.

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Actualización: Poco convencido por el galicismo, he estado buscando, sin mucho orden ni, probablemente, criterio, el origen del vocablo marchar y me he encontrado conque algunos lo incluyen dentro de los italianismos, cosa que, en verdad, no me sorprende, dadas las, a veces, similitudes y evolución del francés y del italiano.

Me fastidia un poco, la verdad sea dicha, pues el galicismo tenía como principal característica ser síntoma de distinción y de anticasticismo.