Donde fuiste

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3a4.jpgLa posibilidad de poder saber de un lugar donde estuviste años antes, de poder ver sus calles, los comercios que entonces estaban, incluso que siguieron estando en posteriores visitas, es algo que hoy en día lo tenemos al alcance de la mano gracias a los avances tecnológicos. Tres décadas atrás para saber de esa ciudad, o incluso de esa calle si la ciudad era muy grande, tenías que volver al lugar o pedir noticias de ella a los amigos que habías dejado allí, si aún quedaba alguien.

Hoy en día con aun simple vistazo a los mapas, nos enteramos de los cambios en los comercios, en la dirección del tráfico, en la decoración. Está bien hasta cierto punto, pero también está mal. Al planear el viaje y regresar a los viejos lugares, nos enteramos de lo que ya no podremos hacer: comer en aquel restaurante tan acogedor o tomarnos la última copa en un bar de noctámbulos en el que la decadencia era la marca del lugar y de los habituales. A veces nos enteramos sin ni siquiera planear el viaje. Simplemente por el deseo de recordar aquello de entonces.

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Mañana de domingo

Es una mañana de domingo como cualquier otra en este invierno cálido, que puede llegar a convertirse en tropical si continúan estas temperaturas altas y aumenta la lluvia, un invierno en el que podría prosperar hasta límites insospechados el musgo, y el verdín y cubrir gran parte de las fachadas y de las aceras, un invierno de sudor, de babosas y caracoles, ¡quién sabe!

Ya los inviernos no son como antes, afirma sentenciosa la gente, y me da por pensar que nunca nada fue como antes y que solo la tendencia al conservadurismo nos hace pensar lo contrario. Ya he escrito en anteriores ocasiones sobre la tendencia a tomar un momento – normalmente el cumbre – de nuestras escasas vidas en la regla y categoría general. No es así, por supuesto, pero consuela mucho eliminar la contingencia vital. De ahí la tendencia al gregarismo y a las políticas comunitarias, al fin y  a la postre las más conservadoras. Ya lo advirtió Ignacio de Loyola, “en tiempos de desolación, no hacer mudanza.” Algo ha cambiado porque en tiempos de desolación ahora la gente quiere tirar todo por la borda, como si eso arreglase algo, e instaurar el comunitarismo que nos salvará a todos y nos quitará las penas y el miedo al futuro, y… entraremos ya en el Paraíso de la Historia (¡tan cristiano!) y seremos para siempre felices. ¡Qué importante es, para los pobres necesitados de consuelo, que les ofrezcan una sociedad simple, en la que la complejidad propia de los humanos haya desaparecido!

Es una mañana más de domingo en un invierno que no es común. El silencio de la casa, la calle desierta, el calor y la humedad, la posibilidad de que el musgo y el verdín nos ahoguen en un futuro próximo; la ciudad en medio de una selva tropical. Hay días en que es mejor quedarse en casa antes que aguantar los ensueños retrógrados de tanto avisado que predica en el bar del barrio. No salir y, por ejemplo, escuchar lo nuevo de Chris Isaak. ¡Sin duda, es mucho mejor!

Afuera

Hay días, fríos y secos porque no encuentras sentido a la vida. Cada vez son más. Mientras dura la juventud, apenas te encuentras con dos o tres de ellos, pero cuando el frescor juvenil del cuerpo y la ilusión infinita esculpida en una sonrisa van cediendo, el frío vuelve y casi se hace permanente, cual si fuera el paisaje helado de un lugar desconocido. El lugar familiar que fue hasta entonces la vida se vuelve extraño.

Hay maneras de conjurar el mal momento, el viaje extraño, la vida en las afueras. Cada vez son más los que se refugian en una perpetua juventud que tiene más de niñez irresuelta.

A veces vuelvo a mis viejos discos, a las melodías que escuché cuando el mundo era cálido y estaba habitado por colegas. A veces escucho canciones como esta y pienso que aún queda algún rescoldo.

Los adioses

Siento que me encamino, si no estoy ya decididamente en ello, hacia la renuncia casi total del pasado. Aunque esta es una frase muy ampulosa que habría que matizar mucho. En realidad debería escribir de renuncia al sentimentalismo, a la vana sentimentalidad de lo que solemos recordar con benevolencia. Es fácil caer en la trampa y construir algunos momentos, modelarlos para que los recordemos fulgurantes, maravillosos, inigualables, qué sé yo.

Hay que saber colocar las cosas en su sitio. Hay que saber mantener el orden y la jerarquía en la vida propia. El abandono en la dejadez es tan peligroso como la vida vuelta hacia el pasado.

Esta fue la razón por la que no asistí al concierto que Trogloditas dieron el viernes pasado. Fueron muy importantes, hay muchos momentos en mi vida ocupados por ellos, pero asistir hubiera sido caer en la nostalgia, dejarme llevar por un pasado que es ya solo una reconstrucción. Sé que hubo muchos de aquellos con quienes compartí la música de Trogloditas que asistieron. Imagino que disfrutarían, que ese día lo despidieron con una dosis suplementaria de felicidad.

Ni los Trogloditas de ahora son los de entonces – solo quedan dos del grupo original – ni tampoco nosotros lo somos. Como decía un verso que leí mucho en esos años: “Habré de creer que este he sido/ y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?” No, no somos los mismos, cambiamos, al fin nos volvemos diferentes de quienes fuimos años atrás.

Volver al pasado es mal asunto por lo que tiene de confusión mental y desbordamiento de sentimientos. Hay que aplicar a conciencia algunas exigencias estoicas, y hay, sobre todo, que  saber que mudamos, aunque como alguien dijo, sea duro abandonar la última orilla.