El matiz, siempre el matiz

Benjamin Britten (1913 – 1976) fue uno de los más imporntates compositores británicos del siglo XX. Fue, también, homosexual. esto, en realidad, poco tiene que ver con su obra musical pues no es la suya, en general, una obra centrada en el tema de la homosexualidad si exceptuamos quizás Billy Budd y Muerte en Venecia. Fue compañero del tenor Peter Pears.

En España es impensable que un músico homosexual componga música religiosa. Mal van ya los que la escriben sin serlo, ¡imagínense a alguien que sea homosexual! Britten, sin embargo, poco dado a secundar los prejuicios de su tiempo, sí que la escribió. No solo eso, es uno de los mejores compositores del anterior siglo. Entre las que escribió señalo, por ejemplo, Rejoice in the Lamb, Missa Brevis, A Hymn to the Virgin o A.M.D.G. basado en poemas de Gerald Manley Hopkins.

Pero, claro, es un británico el que no veía contradicción ni tampoco pensaba que con ello estaba traicionando a los suyos (ese término tan de tribu, tan de batallón y tan de partido político). Britten era capaz de pensar con matices. Sabía que el pensamiento es sobre todo el arte del matiz, no como aquí y ahora donde si uno intenta matizar algo queda aplastado por el batallón unánime en su descrédito del pensamiento.

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Horas intempestivas

Llevo una temporada durmiendo mal por ninguna razón concreta. Los usuales problemas a los que todo el mundo recurre cuando no logra dormir sus siete u ocho horas, en mi caso no existen. Ni tampoco tengo excesivo trabajo, ni nada que me acongoje. En suma, duermo mal porque quién sabe si me estoy acostumbrando a dormir cada vez menos horas, aunque a veces esas pocas horas sean solo tres.

El caso es que me levanto y no me apetece leer, que suele ser la actividad a la que uno se dedica cuando se desvela a medianoche. Tampoco enciendo la televisión, que solo logra aburrirme. Suelo escuchar música. Necesito auriculares, claro, para no despertar a ningún vecino. Hoy en día hay quien no piensa en los vecinos  si piensa solo lo hace para fastidiarlos. A mí aún me cuesta molestarlos.

Escucho música, no la que suelo escuchar durante el día, es cierto. No es música clásica, ni jazz. Suele ser rockabilly o música muy alejada de mis gustos, el Aviador Dro, por ejemplo, o algunas versiones que en su tiempo hizo Fangoria. No sé porqué a horas intempestivas sí que me agrada el tecno del Aviador o la música de Fangoria, las versiones para ser exactos. Sí que sé, sin embargo, por qué el rockabilly está siempre presente en mi vida.

Un fin que es un principio

Se ha acabado ya el período navideño, que es como decir que se ha acabado el tiempo de las comidas pantagruélicas que acaban en tremendas siestas alcoholizadas y, si es por la noche, en amaneceres rasposos y torpes al día siguiente.

El exceso tiene eso: la torpeza del día siguiente y la pérdida de la alta madrugada, oscura, extraña, silenciosa, en la que el cerebro funciona con una agilidad sorprendente, casi un desconocido parece.

Se han acabado ya las semanas de ajetreo, de reuniones infinitas con gente a quien conoces y otros que son ya, desde hace tiempo, desconocidos. La Navidad se ha termina por convertir en ese momento en que las tendencias gregarias de las personas triunfan y se recrudecen. En el fondo ese impulso, o quizás podríamos denominarla manía, por comprar es otra de sus manifestaciones. Uno, soberano solitario, no pierde el tiempo de compra en compra.

He logrado resistir lo más posible todas las tendencias gregarias. He leído bastante y escuchado música, lo cual procura una paz inmensa a mi débil sistema nervioso. Hay varias maneras de ver pasar el tiempo frente a ti, y aunque ninguna sea mejor que otra, prefiero esa que tiene a la música como protagonista. El tiempo mientras la arquitectura sonora de una sinfonía o de un cuarteto se alza en el aire fino y grácil de la mañana.

Entre los libros, ya lo comenté, que me he leído está Figuraciones mías de Fernando Savater, una recopilación de artículos ya publicados que mantienen la gracia, la ligereza, y el tono crítico sin ser gruñón, de lo mejor de Savater. Lo mejor es que uno puede discrepar cordialmente (en su acepción etimológica) de lo que dice su autor y aun así sabe que eso que no comparte es un acicate para el pensamiento. Un pensamiento verdaderamente libre, lejanísimo a esos que se dicen ejercitadores de un pensamiento crítico que se resume en unas pocas consignas y un montón de jaculatorias a los santos laicos de esa izquierda polvorienta y decadente.

En fin, otras Navidades que ya han pasado, el tiempo sigue su curso y el alba oscura a la que retorno hasta que, en un nuevo milagro, el solo comience a ganarle la partida a la noche invernal.

(Acaba el año Britten y

comienza el aniversario de la Gran Guerra):

Los botines de Johnny Cash

Están en la vitrina, en un recodo del museo. Negros, acharolados y brillantísimos. También enormes. A su lado uno de los trajes que Johnny Cash utilizó en sus conciertos. Destacan, sin embargo, los botines, tan limpios y tan grandes.

Johnny Cash, el cantante de Memphis que al final fue una figura reconocida por todos en EEUU era un tipo alto, a tenor de la talla de botines que usaba. No están arrugados apenas y miran al visitante desde su lugar en la vitrina.

Pudo haberse dedicado al rocanrol, como su amigo Charles Perkins. Perkins era otro cowboy, otro hillbillie más, pero dio con el ritmo y con las armonías de un tipo de música con la que él, y una pandilla de músicos, cambiarían la sociedad americana. En Cash esos acordes también se escuchan pero predomina lo vaquero.

Cash los conoció a todos, incluso fue parte de aquella mítica reunión improvisada que tuvo lugar en Sun Studios, la del conocido Million Dollar Quartet. Sale en la foto pero su voz apenas se oye, y eso que eran, casi todas, canciones del repertorio popular americano, en su mayoría góspel y algo de blues.

Cash estuvo con ellos, pero ellos despegaron pronto: Elvis enseguida alcanzó la fama, Jerry Lee Lewis también la tuvo, aunque a veces fuera por razones extramusicales. Charles Perkins siguió con su carrera.

Cash, el muchacho de Memphis no alcanzó tanta fama, al principio al menos, pero luego despegó sin abandonar Sun Studios, su primera compañía de discos. El chaval de Memphis llegó a cantar en la prisión Folsom, a cantar con otros como Willie Nelson, incluso le hicieron una película en sus últimos años, una de esas malísimas biografías en celuloide para gusto de quienes apenas no sabían nada de su vida.

Sus botines están ya, para siempre, en la vitrina, mirando a los visitantes que pasan todos los días por el Rock and Soul Museum, como testigos de una época y de una manera de estar en el mundo. Los enormes botines de Johnny Cash.

My little runaway

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Con la entrada “En el mercado de frutas y verduras” pude haber caído en algo parecido a un bucle proustiano en el que recordase mi infancia y adolescencia lectoras Los maravillosos libros, que un lector de estos apuntes recordaba, de Enyd Blyton, a quien tanto, al menos yo, tengo tanto que agradecer por tantas horas de lectura agradable y cautivadora.

No fue así, pero esta tarde noche, apenas las siete pero parecían ya la diez, sonaba “Runaway” de Del Shannon y entonces la caída ha sido inevitable, quizás por pillarme desprevenido. “My little runaway” cantaba y entonces, como a plomo han caído sobre mí los años de adolescente en Soria, despistado, que ya apuntaba maneras para eso de no valer para nada práctico. Algunos años más tarde me enteré del viejo lema teddy boy: “Don’t follow me, I’m lost” y al cierto sentido estoy perdido para el mundo. Aquel adolescente despistado para quien no había nada más importante que la literatura y el rocanrol, y para quien, de modo muy ingenuo, se resumía todo en la palabra América, ese adolescente, digo, logró que parte de su vida girara en torno a esas primeras ilusiones juveniles, incluso ahora, cuando la juventud queda tan lejos que ya no logra ni avistarla en la distancia del pasado.

Literatura, Jack Kerouac, una de las primera lecturas serias junto con Santuario de William Faulkner – una historia de contrabandistas, me dijo mi amigo –, Elvis Presley, la música de los años cincuenta y el sentimiento de “Et in Arcadia ego”.

Todo esto ha sido luego matizado, incrementado, han entrado nuevos elementos, otras personas muy importantes, pero aquel adolescente que miraba las portadas de los discos de Gene Vincent and the Blue Caps,  que le gustaban las camisas de cowboy, sigue al menos en lo esencial fiel a aquellos años, y cree que la vida, a la que no ha le ha pedido mucho, al menos le ha concedido vivir de la literatura y acompañado de la música y de una persona que merece la pena.

Vidas silenciosas

De un tiempo a esta parte vengo recordando la breve figura de D. Oreste, mi profesor durante apenas unas semanas de música. Vivía en Soria, en una de las pocas calles que podría decirse alejadas del centro. El piso era, al contrario que la fachada, un lugar cálido, amueblado con profusión, con un gusto un tanto antiguo y lujo. Daba la impresión de que D. Oreste y su mujer habían vivido tiempos mejores. El porte de ambos, los modales elegantes, la cantidad de portarretratos de palta que las mesitas, consolas y aparadores albergaban, los sillones y el sofá, todo me lleva a pensar que en un tiempo de su vida, allá por su juventud y primera madurez, vivieron desahogadamente.

En Soria, cuando yo fui a dar a su casa, se ganaban la vida como profesores privados de música. Eran ya bastante mayores, lo que para un niño de unos seis o siete años, debía significar que andaban por la sesentena. Tenían fama de ser buenos profesores, y D. Oreste de haber sido un gran pianista.

Me costaba entonces entender que unos italianos hubieran acabado en Soria, una ciudad de provincias mínima cuando él era tan buen músico. Supongo que uno en la infancia no piensa en eso de buscar un refugio en el que acabar una vida de manera relajada. También me llamaba la atención la discordancia entre el barrio donde vivían y el interior de la casa. Fue entonces, con gran probabilidad, cuando empecé a pensar que la casa era exactamente eso, un refugio, un santuario, una maravilla escondida y desconocida para la gran mayoría de la gente.

Como he escrito al principio, en los últimos años he vuelto a pensar en ellos y su extraño paradero soriano, peregrino en más de un sentido. He imaginado que llevaban una vida que poco a poco se iba desmoronando y que desde los grandes teatros iban descendiendo por toda la panoplia de pequeños teatros, provinciales, teatruchos con las butacas raídas o desfondadas, con una acústica pésima hasta llegar a Soria e instalarse allí como profesores antes que continuar con una vida mísera e incómoda. He llegado a pensar también que huían por amor de sus familias y que se escondían en una ciudad que aparecería en los mapas señalada solo con un punto mínimo. Lo que más me ha influido en mis imaginaciones, para qué negarlo, ha sido el clima político y cultural de España estos últimos años, y la novela de Ignacio Martínez de Pisón, Dientes de leche, que narra la vida de un joven italiano que se ve obligado a vivir en España para ocultar su juventud fascista.

A veces pienso, sin el más mínimo fundamento, que D. Oreste fue también uno de esos jóvenes que se afilió al partido de Mussolini y que, una vez perdieron la guerra, tuvo que huir para evitar un juicio que lo llevaría al paredón. Él y su señora encontraron una pequeña ciudad de provincias en España donde vivir unas vidas anónimas y donde poder guardar el secreto que amenazaba sus vidas. Podrían haber elegido destinos más cálidos, los pueblecitos de la costa levantina o de la Andalucía que ya va a dar al Atlántico, pero prefirieron una ciudad de clima inhóspito, apenas poblada, donde sería difícil que los localizaran pero también donde la vida no sería tan lujosa porque apenas había niños a los que enseñar música.

Todo esto lo fabulo ahora movido, ya lo he indicado, por el clima político que nos ha envuelto, cuando pienso que hubo fascistas que convivieron con nosotros y llevaron vidas que no conocemos, ellos, amables, educados, vecinos nuestros que, en la apariencia en nada se diferenciaban de nosotros.

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Naturalmente, todo esto es una fabulación mía. D. Oreste llegó a España mucho antes y no tuvo nada que ver con el fascismo italiano. La situación política conduce a la gente a dar por sentadas situaciones que nada tienen que ver con la realidad o la historia.