Nadie hablará de cuando tuvimos veinte años

hotel cisca

Me entero de que el abandonado hotel Chisca, en la calle principal, lo han rehabilitado y ahora es un edificio de apartamento. Cerca, el viejo teatro, con su cartel de neón, donde actúan viejas y novedosas bandas de rocanrol, mantiene la apostura de lo que ha adquirido ya el marbete de clásico, aunque esto solo sea una manera de querer cerrar los ojos a la evidencia del paso inexorable del tiempo, el olvido, la decadencia, … El hotel Chisca me interesa porque allí, en los años 1950 había una emisora de radio, y en el programa de Dwight Phillips sonó por primera vez “That’s All Right, Mama”, en la versión que poco antes había grabado Elvis Presley en Memphis Recording Studio, más conocido como Sun Records.  En gran medida ese fue el inicio, aunque no fuera el único y en otros lugares estuviera forjándose también el rocanrol. Dwight Phillips pinchó la canción una vez, y después del abrumador número de llamadas que recibió no tuvo más remedio que ponerla otras catorce. Un buen comienzo, sin duda alguna.

El estudio de grabación Memphis Recording Studio, sede del sello discográfico Sun Records, no se encontraba muy lejos del hotel, unos cinco minutos en coche, que en el tranvía que nos llevó aquella mañana hasta la calle Ocean, se convirtieron en casi veinte. El tranvía continuaba hasta el hospital, y algunos de los pasajeros eran tullidos o cojos que se acercaban allí a pasar la revisión médica o recoger medicamentos, tiendo a suponer.  Bajamos del tranvía al lado de un enorme aparcamiento al aire libre, desierto casi, y enseguida nos encontramos con la trasera del edificio decorada con enormes fotos de Jerry Lee Lewis, Roy Orbison, Johnny Cash, y otros de los héroes del Sur, héroes que no cayeron en el campo de batalla. Al torcer la esquina, vimos la pequeña entrada bajo la enorme guitarra Gibson, seguida de la fachada donde luce el cartel de neón en tonos rojos y azules.

Allí estuvimos, donde todo empezó, al menos un todo personal, que quizás no dé sentido a la vida en un sentido religioso, pero sí en otros más mundanos, porque al fin y al cabo, he logrado entender que sin Elvis, sin el rock, que descubrí gracias a él, yo no habría viajado tanto a Estados Unidos, y no habría ido ni a Memphis ni a Nueva Orleáns, tampoco, es lo más seguro, habría recorrido la ruta 66, ni habría ido en busca del fantasma de los Beats. Ahora son solo eso, un fantasma, un recuerdo, una imagen que perdura, débil, en algunos lugares, a punto de desaparecer, al igual que Elvis Presley, un reclamo turístico solamente, un nombre pronunciado en las conversaciones de muchos que hoy en día son abuelos, y que escuchan los nietos sin entender quién fue ni las puertas que abrió, puertas ya lejanas, fantasmales, al fondo de las cuales apenas logramos entrever un pasillo oscuro, silencioso. Aún en Memphis, en algunos bares hay quien se afana en cantar sus canciones, son músicos de edad venerable, coetáneos de Elvis, aunque cada vez son menos porque, cosa del tiempo, van muriendo. Van dejando de vivir quienes lo conocieron, quienes lo vieron actuar en Memphis, en Luisiana, en tantos conciertos al aire libre o en pequeños garitos durante sus primeros años.

Llegará un tiempo en que esa América que tanto me ha gustado, que tan importante ha sido en mi vida, desaparecerá. Elvis lo hará, y Jack Kerouac y Allen Ginsberg, y los bohemios neoyorquinos y californianos que contemplaron atónitos a Ginsberg recitando Aullido, y Charlie Parker o Charlie Mingus, por no hablar de Johnny Cash. Nada hay eterno, ni siquiera el recuerdo. Algún día, cuando hayamos muerto, nadie recordará cuando tuvimos veinte años.

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En el Sol, o quizás más allá

Hace un calor de justicia que parece mayor porque ignoramos los grados exactos. No hay en esta ciudad, como suele ser tan común en España, termómetros en las calles, y si los hay, no logramos identificarlos. Hace calor y humedad, pero en el pequeños tranvía de madera que nos lleva hasta la calle Orleans, el viento fresco de la velocidad, bien que escasa, entra por las ventanitas abiertas y parece aliviar durante el trayecto, que, por cierto, no es breve, la temperatura tropical de afuera.

Llegamos por detrás, después de atravesar un par de aparcamientos. Es un edificio polvoriento por fuera, descolorido en realidad cuando uno se fija con algo más de atención. Una puerta de madera pequeña, arriba una gran guitarra, más allá los dos ventanales famosos en los que aparece el rótulo de neón Memphis Recording Studio en azul y rojo. Entramos a una pequeña recepción, bar y tienda. En breve va a comenzar el recorrido por el estudio, nos indican, y esperamos entre parejas sesentonas. El recorrido dura una hora y media corta, nos enseñan la pequeña historia de Sam Phillips y su estudio de grabación. Hablan de varios cantantes hasta llegar a Elvis, como si fuese una clase de historia en las que existe una finalidad en todo lo que en esos años ocurrió, como si la evolución de la música rock americana W.C: Handy, Howlin’ Wolf, B.B. King y alguno que otro más hasta llegar a Elvis Presley. Llegados a este punto bajamos al estudio de grabación propiamente dicho. Allí, en un cuarto amplio, entre guitarras, pianos, micrófonos y batería, con cuadros de Elvis, Johnny Cash, Carl Perkins, Roy Orbison y alguno más, nos explican el nacimiento del rocanrol.

La chica viste con estilo moderno, pelo azulado, camiseta ajustada negra, gafas salidas de alguna tienda de las llamadas vintage. Habla rápido, es amena. Los estudios de grabación recogían a gente que tocaba country, una música de estilo conservador, blues, ahora también algo ya antiguo, y rocanrol, que en su faceta rockabilly también es algo ya antiguo, casi anticuado, pero que aquí, algunos logran vestir de moderno, al menos en sus atuendos y actitudes.

Después de la visita, volvemos a la tienda, para que nos demos el gustazo de comprar recuerdos, memorabilia le llaman, y no souvenir. Camisetas, discos, bolsas, camisas, púas para guitarra, imanes, pegatinas, casi cualquier cosa que uno desee. En la caja, un joven que el sábado había tocado en uno de los seis escenarios que había en el festival de música Memphis Music and Heritage Festival. Vestido de negro, con barba y el pelo rubio brillante peinado hacia atrás, es un ejemplo de la conexión entre los años 50 y el presente. Con casi total seguridad habrá grabado en alguna noche no muy lejana su disco en los estudios, después de haber enseñado el local durante el día.

A la salida fotografío el ventanal principal y pienso en que es una manera bastante curiosa y rentable de mantener el pasado, aunque no  sea pretérito, en el presente. No son simplemente un museo sino que aún hay grupos y solistas, Chris Isaak entre ellos, últimamente, que acuden allí a grabar alguno de sus discos.

Los botines de Johnny Cash

Están en la vitrina, en un recodo del museo. Negros, acharolados y brillantísimos. También enormes. A su lado uno de los trajes que Johnny Cash utilizó en sus conciertos. Destacan, sin embargo, los botines, tan limpios y tan grandes.

Johnny Cash, el cantante de Memphis que al final fue una figura reconocida por todos en EEUU era un tipo alto, a tenor de la talla de botines que usaba. No están arrugados apenas y miran al visitante desde su lugar en la vitrina.

Pudo haberse dedicado al rocanrol, como su amigo Charles Perkins. Perkins era otro cowboy, otro hillbillie más, pero dio con el ritmo y con las armonías de un tipo de música con la que él, y una pandilla de músicos, cambiarían la sociedad americana. En Cash esos acordes también se escuchan pero predomina lo vaquero.

Cash los conoció a todos, incluso fue parte de aquella mítica reunión improvisada que tuvo lugar en Sun Studios, la del conocido Million Dollar Quartet. Sale en la foto pero su voz apenas se oye, y eso que eran, casi todas, canciones del repertorio popular americano, en su mayoría góspel y algo de blues.

Cash estuvo con ellos, pero ellos despegaron pronto: Elvis enseguida alcanzó la fama, Jerry Lee Lewis también la tuvo, aunque a veces fuera por razones extramusicales. Charles Perkins siguió con su carrera.

Cash, el muchacho de Memphis no alcanzó tanta fama, al principio al menos, pero luego despegó sin abandonar Sun Studios, su primera compañía de discos. El chaval de Memphis llegó a cantar en la prisión Folsom, a cantar con otros como Willie Nelson, incluso le hicieron una película en sus últimos años, una de esas malísimas biografías en celuloide para gusto de quienes apenas no sabían nada de su vida.

Sus botines están ya, para siempre, en la vitrina, mirando a los visitantes que pasan todos los días por el Rock and Soul Museum, como testigos de una época y de una manera de estar en el mundo. Los enormes botines de Johnny Cash.

Llegada a Memphis

El avión nos deja en solo dos horas en Memphis. Boulder de Memphis está a más de mil cien millas. Lo que en coche, o en autobús, en uno de los míticos Greyhound que salían ya en Las uvas de la ira, habríamos tardado unas veinte horas, lo hemos cubierto en dos. Los aviones son necesarios en un país con distancias tan enormes. En el trayecto – ya la había comenzado días antes – leo la biografía que Dennis McNally escribió de Jack Kerouac. Tienen de interesante que también documenta el cambio de los Estados Unidos en el paso de los años cuarenta a los cincuenta.

En Memphis nos recibe el calor húmedo, la parsimonia de una gente que no tiene más remedio que sobrevivir en medio de ese clima. En el autobús recorremos el extrarradio hasta llegar a la estación de autobuses en el centro – más bien – en la zona norte de la ciudad. No es una ciudad al estilo europeo. Son casas, edificios que han ido construyendo sin orden ni plan y han formado, al final, diríase que casi por azar, un conglomerado urbano. Al final, unas pocas calles forman el centro.

En el hotel, nos azota el fresco casi polar del aire acondicionado. Las calles no se ven pegajosas, como en Nueva Orleáns, pero los olores sí son densos, como el perfume que se me ha pegado en las manos cuando esperaba en el aeropuerto al autobús.