Revocaciones

La historia ocurre en las ciudades dejó escrito, casi al desgaire, Pío Baroja en sus memorias. Tenía razón entonces y la mantiene aún. Por ejemplo, en esta hora nuestra en que las ciudades han sido ocupadas por gente revocatoria. Revocan nombres de calles y sentencias judiciales, entre otras cosas.

En los pueblos, que solo observan e imitan lo que en las ciudades se hace, el ímpetu revocador también ha llegado, quizás con mayor fuerza y frenesí que en las urbes por aquello de que llegan tarde y mal. Un ejemplo es lo que le ha sucedido a Arcadi Espada. Leo que Nerva, un pueblecito de Huelva, había concedido a Espada un premio rural por su carrera periodística y universitaria. También porque había nacido allí su padre y si lo premiaban, en realidad premiaban al Consistorio por aquello de haber reconocido los méritos de su hijo nieto predilecto, pródigo o prófugo.

Ahora el Consistorio revoca el premio en línea con lo que en Madrid, Barcelona u otras urbes importantes otros munícipes están haciendo. Lo revocan atendiendo a, ¡cómo no!, los valores que exhibe Espada y, al mismo tiempo, los valores de los que carece. Estos, ya sabemos, son los únicos que valen. En realidad, a Espada lo que le ocurre es que no ha sido capaz de asimilar los valores del Espíritu Nacional-Progresista que nos llevan inculcando desde que el Dictador murió. Pasamos del Nacional Catolicismo al Nacional Progresismo con toda la naturalidad del mundo, excepto los Savateres, Albiacs y Azúas de siempre, que solo saben aguar la fiesta de lo estupendos que somos. Espada también era de estos, así que ¡a revocarlo!

Revocan la historia desde las ciudades cuando dejan sin efecto algunas resoluciones, la revocan al hacer retroceder ciertas cosas, y también cuando, y llevamos ya en esto muchos años, la pintan de blanco para que desaparezca de la historia lo que no agrada a los munícipes o a los diputados.

Al fin, lo que hay es un extraño y preocupante complejo que nos impide aceptar la historia de España tal y como ha sido, y cada cierto tiempo, al contrario que británicos, estadounidenses o franceses, nos dedicamos a sacudir las bases de la convivencia.

P.S.:

Esto de las revocaciones a cuenta de la llamada Memoria Histórica me lo creeré cuando empiecen a dejar sin efecto las concesiones de pisos de protección oficial que Franco concedió o cuando se despoje de la condición de funcionario a todo aquel que hubiera jurado los Principios Fundamentales del movimiento y, por tanto, se quede sin pensión de jubilación. Pero esto, ya lo sabemos, ocurrirá cuando no afecte a algunos que, aún vivos, disfrutan de esa jubilación o de la vivienda que el Movimiento concedió a sus padres o abuelos.

Es España, lo sabemos también, los héroes surgen cuando el peligro ya ha pasado. Los que se enfrentan a él son siempre fachas.

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Una provincia por ti amada

Me entero del fallecimiento de José Luis Borau muy tarde el viernes, cuando ya es sábado pero aún nos resistimos a cambiar el día porque no hemos dormido. Borau era un cineasta que estaba allí, que había estado siempre, con una carrera que suponíamos asentada aunque sus mejores años no los habíamos llegado a conocer.

El sábado por la noche en la televisión volvieron a  poner Tata mía, una buena película sobre el pasado, sobre esa entelequia que han dado en llamar la memoria histórica. La película está dirigida en 1986 y eso la distingue de muchas de las últimas que se han hecho sobre el tema. Para empezar es original y poco debe a la marea de las última década, con sus personajes planos y sus blandos guiones de los que ya conoces las peripecias antes de que ocurran, así como a sus personajes, planos, representación cada uno de ellos de una virtud o sobre todo de una maldad bien definida, con el loable propósito, debían de pensar guionista y director, de evitar que los espectadores se confundieran o no fueran capaces de entender la enseñanza si los personajes eran demasiado complejos.

No era así en Tata mía. Tampoco hay esas reflexiones lánguida, líquidas, ahogadas por la ignorancia en historia de quienes han escrito el guión sobre el país, las personas o tutti quanti. En Tata mía, la protagonista vuelve a su casa después de muchos años de ausencia. Vuelve a la casa familiar, sita frente al Retiro madrileño, la casa de quienes tienen fortuna y colaboraron con el golpe de estado del 36, aunque luego se distanciaran del dictador. No hay elaboraciones teóricas ni sobre clases sociales. Es solo la historia de dos personas, principalmente, que vuelven a encontrarse después de muchos años, y deciden regresar a la infancia, a la tienda de campaña, al mecano, a todo aquello que dejaron en suspenso, porque ellos dos  han vivido en suspenso esos últimos años. Lo único que les interesa es poner en claro sus asuntos para poder continuar sus vidas adultas. Algo parecido a lo que deberíamos haber hecho como país, y que estuvimos haciendo durante varios años, hasta que todo se torció.