El domingo es el día de la familia y el vermú

Estos días pasados he estado en Bilbao. El trabajo, ya se sabe, que te lleva de un lado para otro. Allí me enteré, por la noche, y por casualidad, de los atentados en París. Una vez conocida la masacre, el televisor estuvo vomitando repetitivamente la poca información clara que hasta ese momento se tenía. Me fui a la cama con una sensación confusa y un sentimiento, que luego se confirmó, de que muchos pedirían que nadie criminalizara el Islam – cosa distinta sería si se tratase del cristianismo o del judaísmo – o que la culpa, por supuesto, la tiene Occidente. (A partir de determinada edad ya hay pocas cosas que le puedan sorprender a uno; y la inteligencia y la honradez intelectual son bienes muy escasos.)

A la mañana siguiente paseé por el centro de Bilbao, un largo paseo desde las inmediaciones del museo Guggenheim por las calles aledañas a la Gran Vía hasta el Casco Antiguo. Me detuve en una cafetería para tomar un café y leer los periódicos. La gente desayunaba tranquila, conversaba con la animación propia de quien no siente la prisa diaria de entresemana. Al llegar a la zona antigua, y siendo aún demasiado pronto para ir de bares, decidí continuar el paseo por la ribera, entre deportistas dominicales, andariegos de mañana y paseantes de perros, todos tan distintos al flâneur baudeleriano. Al fondo, el Guggenheim y sus enjambres de turistas. El aire fresco, el sol que calienta sin agobios. La clara luz que la niebla no tamiza. De vuelta al Casco Antiguo, vi padres más o menos jóvenes con niños pequeños, aún en cochecitos, otros con balones; algunas niñas vestidas de domingo con un enorme lazo en la cabeza recogiendo el cabello recién lavado.

Entraban a un bar, o salían y se dirigían a otro. Hablaban con conocidos, se reían, algunos – cada vez menos – fumaban. En el país de al lado había asesinado a unas 120 personas y herido a trescientos. Aquí, no tan lejos, la gente pasaba la mañana de domingo sin preocupaciones, alegres, sin cambiar las costumbres.

La vida seguía, como tantas otras veces; la vida continuaba y no había razón para dejar de salir al vermú o a correr o a pasear. Los sobresaltos, la indignación, las protestas en España duran hasta que llega la hora de la cañita. En muchos casos, las manifestaciones han acabado delante de un bar a la hora adecuada para tomar unos chatos.

Anuncios

Imagen atonal de Lou Reed

Pocas emociones más intensas que cuando escuché entonces los primeros compases de “Sweet Jane.” (Ironizaba el viejo Lou Reed en Animal Serenade cómo su fama se sustentaba en esos pocos compases.)

Eduardo Haro Ibars, ángel negro de la cultura española, cuero y rocanrol, vida al límite, en rojo, escribió un libro, Gay Rock, y en él se explayó con Lou Reed. Eduardo era un artista y puso el foco en un aspecto que ni era todo Lou Reed ni era todo el glam rock, pero el libro sirvió para que conocieran a Reed en España.

Príncipes malditos de la heroína, recreación de la Europa de entreguerras, decadencia, perfumes intensos, ojos vidriosos. Una Nueva York que nosotros solo podíamos soñar, imaginar en la provincia, menos negra que ahora, española.

Ahora, un adverbio que solo sirve para confundir; no es ahora, fue ayer, siempre; ahora es solo el momento del recuerdo, del disfrute de quien rememora. Ayer, por el contrario, es el momento de la iluminación, del descubrimiento fulgurante, del latigazo que escuece y fascina.

Ayer fue el descubrimiento de canciones fundamentales, al menos en nuestras vidas, y eso es lo que al final importan. Uno no descubre para la humanidad, uno descubre para sí mismo, para compartir con los amigos. Los discos de Lou Reed, compartidos en tardes de sábado y domingo, en veranos inmensos, sin nada que hacer y ningún lugar donde ir.

Ha muerto, al igual que todos lo hacemos antes o después. Ya no habrá más discos de Reed, y los que publicó, las canciones que nos inyectaron adrenalina en la adolescencia y juventud, irán cogiendo polvo. Los jóvenes que vengan no las entenderán, no las escucharán. Ni falta que hace, tienen a los suyos, cuando aún el ayer no existe.

Oscuro corazón de rocanrol, príncipe negro, la noche y el olvido, los garitos llenos de humo, el perfume barato de algunas mujeres,  el polvo blanco, el rímel,  y el maquillaje que blanquea la tez.

En este enlace pueden encontrar otra imagen.

Un final de época

“In Berlin by the wall
You were five foot ten inches tall.
It was very nice
Candlelight and Dubonnet on ice”

Es, acaso, para mí, la canción que contiene todo el existencialismo nihilista de los años setenta. Quizás para pocos, por no decir nadie, los años setenta sean la última explosión de ese nihilismo. Algunos aún navegaban las aguas del la Revolución y se dirigían, si no habían llegado ya, al terrible maelmström de la muerte y del terror. Se fueron deshilachando, al igual que las nubes en el cielo.

Mientras muchos proseguían en los años sesenta sin darse cuenta de que en realidad les mecía la resaca de aquellos años, otros, solitarios, descreídos, oportunistas también a veces y en diversos sentidos, prefirieron no cerrar los ojos ni perderse en las ilusiones de la voluntad o de la imaginación impotente. Entre ellos, un hombre, entonces aún joven, que en el año 1972 adornaba su cabeza con una melena rizada que semejaba un casco – sostenida en lo alto apenas caía por el cuello y los hombros. Ya se había separado de sus compañeros de juventud con quienes empezó una interesante aventura musical al resguardo del artista neoyorquino del momento; ya la Velvet Underground era solo un recuerdo, un nombre que con el tiempo iría ganado prestigio hasta ingresar en el panteón de los malditos famosos; ya su semblante se había vuelto aún más serio, y el rictus de desprecio se había acentuado. Lo suyo eran las calles de Nueva York, pero no cualquiera, sino las de los barrios marginales, donde la droga, la prostitución y la miseria habitaban: Queens, Brooklyn, el Village o el Soho. Daba igual, allá donde hubiera un local con música en vivo, un camello que vendiera su mercancía, donde hubiera transexuales, prostitutas, inadaptados, su ojo se fijaba y su imaginación se ponía en marcha para darle forma a aquel momento y atraparlo en una canción.

Lo hemos visto en infinidad de películas que han intentado recrear la vida de quienes pululaban por la famosa Factory. Hemos visto a jovencitas perdidas mientras la heroína se apoderaba de sus almas y sus cuerpos, muchachos que se prostituían por unos pocos dólares, jóvenes que no sabían qué hacer con sus vidas y avanzaban de fiesta en fiesta, nos han enseñado los retretes mugrientos, las camas deshechas y las sábanas arrugadas, la lentitud de los cuerpos al recobrar la conciencia, el estupor de la mañana perdida, y la ansiedad de la noche temprana.

Fueron los estertores de la vanguardia. Solo así se entiende que un grupo de rock pudiera tener espacio allá. Ellos, probablemente, no estaban interesados en la vanguardia; al menos no todos. Escribieron algunas canciones, dejaron una de las últimas expresiones del nihilismo; canciones descarnadas, ajenas a cualquier épica, ácidas, disonantes. Pocos los entendieron entonces. Alguno ha muerto, Lou Reed continúa, calmado por la edad, sin cesar de experimentar, superviviente de una vorágine que pocos además de él supieron interpretar en términos existencialistas. En 1972 dieron un concierto en París, él, John Cale y Nico. Pocos recitales resumen tan bien ese final. No hay transición, se agota, brillante, en sí mismo.