¡Ah, las libertinas!

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3a0Hace años escribí de los libertinos (I, II y III) : personas escépticas que gozan con los placeres de la vida, con la comida, con la bebida, con el sexo; disfrutan, eso sí, desde la mesura. Raro es es el libertino que es inmoderado en sus actos. Claude Chabrol, ya lo apunté, fue uno de esos grandes libertinos. Para filmar ncesaitaba ser feliz y para ser feliz tenía que comer.

El libertino es alguien que ama la vida y por ese amor desdeña el gregarismo. Sabe, desde el escepticismo, que el aquel es la muerte del libertino.

En estos días, algunas mujeres – francesas – han reivindicado la libertad sexual de los hombres y de las mujeres. Han reivindicado que las mujeres tienen su libertad y que nadie puede decirles cómo han de comportarse, pensar o qué código moral han de tener. Aceptan que el mundo no es perfecto y que en las relaciones sentimentales o sexuales hay situaciones complejas, poco definidas, ambiguas, borrosas como dice Catherine Millet. Siempre es bueno no ser pesado en nuestras relaciones, importunar lo mínimo (en todos los ámbitos), respetar al otro, aunque sabemos que siempre habrá quien no se comporte con corrección. También sabemos que la frontera entre lo correcto y lo incorrecto varía con las metnalidades que ahorman los tiempos.

Por eso es tan importante que haya habido mujeres que han pedido que no se codifique la vida hasta límites donde la libertad quedaría reducida a casi la nada. Sobre todo piden que no se las trate como a inválidas morales, que ningún grupo – ni siquiera formado por mujeres – les dicte lo que han de hacer o decir. Esto, sin duda, es lo más importante. La libertad de las mujeres es incompatible con los grupos feministas que se erigen en sus representantes y en los expendedores de carnets de mujer concienciada en la lucha contra el machismo.

Un libertino, y estas mujeres, lo son, saben que lo más importante es la libertad individual que, en cualquier momento y bajo la excusa de las más insignes causas, algunos clérigos intentarán cercenársela.

N.B.: No es ajeno a la polémica que las contestatarias hayan sido francesas. París, sinécdoque de Francia para casi todos, tiene un glamour que pocas otras ciudades poseen. Quizás París ya nos ea lo que fue, pero mantiene mucho de su pasado y magnífico esplendor.

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El infierno, dicen

Hay quien piensa, ya lo he dicho más de una vez, que la comida norteamericana se reduce a hamburguesas bañadas en kétchup y mostaza con patatas fritas grasientas y pepinillos dulces, o comida precocinada con todas esas grasas que ahora nos dicen que son nefastas. Hay quien piensa, sí, con la mente de los prejuicios. Hoy hemos ido a un restaurante de cocina francés, donde también tenían una hamburguesa en la carta, y patatas fritas con alioli de trufa. También ofrecían ostras, francesas y americanas, ensaladas, pescado, mucho pescado, y sopas, la bullabesa en concreto, que estaba excelente y con un toque anisado que desconocía hasta ahora y mejillones, gambas y pescados en abundancia. Las ostras, con champán, eran gelatinosas, suaves, sabrosas como solo el marisco fresco puede serlo, guardando para el momento propicio el sabor yodado.

El champán, francés, era elegante, suave, de burbuja recta, un brut de entre los más interesantes. El vino, Treana, blanco de California, elaborado con dos uvas de Ródano – Viognier y Marsanne – era cálido, con la acidez justa, un vino con toques avainillados y de frutas tropicales, sin nada supérfluo ni descompensado. De postre quesos, franceses.

Claude Chabrol decía que para escribir un buen guión tenía que ser feliz, y que para ser feliz tenía que comer bien (como buen libertino, dicho sea de paso.) (Añadamos, también, entre paréntesis, que en Flaubert, los personajes se pasan toda la novela comiendo, como acertó a ver un crítico.) Hay gente que aún cree– y no es influencia del cine – que en Estados Unidos los hombres llevan sombrero vaquero y winchester, además de botas camperas, y que las mujeres se ajustan al prototipo de mujer hacendosa propio de las películas de los años 50. Hay quien no va al cine porque ya tiene montada su película con retazos de lo contado por otros y ladrillos de prejuicios.

El otro día en Denver, en lo que llaman LoDo – Low Downtown – en una de las calles, los restaurantes parecían bistrós franceses, eso sí, con la cocina multicultural y de fusión propia de los Estados Unidos. La gente, en las terrazas, bebían vinos blancos y tintos, comían carne o pescado que, por el solo aspecto y el olor que despedían, daban la impresión de estar bien cocinados, no solo con cuidado, con inventiva también, eso que tanto falta en tanto bar de barrio. Los precios suelen ser ajustados, más incluso que en España.

Hace años, muchos años, cuando contaba con escasos trece años, escuché una canción de Barón Rojo, y supe que si los rockeros iban al infierno, yo tendría que venir a Estados Unidos. Antes, claro, ya estaba Elvis Presley.

Trabajo en la biblioteca

Ayer fue día de trabajo intenso en la biblioteca. El primero de varios, he de añadir porque el monstruo había ido creciendo tanto que en una sola sesión era imposible reconducirlo a su forma original – o más o menos aceptable, porque su forma primigenia era muchísimo más delgada, casi una línea, de lo que es ahora, un mamotreto que va adueñándose de las estancias.

Así que fuimos trabajando en la recolocación de libros, la gran mayoría novelas. Llenando nuevas baldas, removiendo los libros, sacando a la luz aquellos que llevaban varios años en la segunda fila de las estanterías, recordando algunas lecturas, sorprendiéndonos por otras, quejándonos de nuestra mala memoria cuando salía alguna novela que no recordábamos.

Volví a ver “El bello verano” de Cesare Pavese, novelita que debí leer veranos atrás, o “El bandido doblemente armado” y “Burdeos” de Soledad Puértolas, también leídas cuando entonces en los comienzos de casi todo. También algunas de Robert Walser de las que apenas guardo memoria, pero ese poco es, sin embargo, bueno. En el fondo a Walser siempre lo he tenido como un escritor al que he leído muy poco y al que en algún momento dedicaré más atención.

Al final, el reordenamiento parcial de la biblioteca me ha puesto frente a mi pasado. Una vida recorrida a través de los momentos en que leí tantos libros. No tiene nada que ver con esa expresión tan cursi de “la banda sonora de una vida”, algo de lo que, por fortuna, carezco. Es, simplemente, la constatación, alegre y tranquilizadora de que mientras muchos se dedicaron – ahora con más ahínco que nunca – a la refriega, a la pérdida del tiempo en asuntos tan nimios como las asambleas, yo me quedé en casa, intentando aprender de los mejores. Al fin, la labor salió bien pues la demagogia que cada día cala con mayor fuerza, cual aguacero tropical, apenas logra mojarme.

Los libertinos

Leo algunas definiciones de libertino y veo que los puritanos han hecho bien su labor. Un libertino es un depravado, un alcohólico o un mujeriego, poco más. Ahora que estamos en los pésimos tiempos de construcción de una revolución populista, se le añadirá el que vaya a restaurantes caros, disfrute con la moda o, simplemente, aquel que no siga el apso firme y marcial de los revolucionarios.
Durante muchos años, varios siglos en realidad, un libertino fue un filósofo escéptico o pirrónico, una personaje poco querido por los que mantenían la ortodoxia filosófica. Tampoco hoy en día somos bien vistos los escépticos. No son tiempos de andarnos con dudas o con análisis detallados de nuestras acciones. Hoy en día, en estos tiempos malhadadamente revolucionarios y populistas que tantos celebran con alborozo, introducir el matiz, la duda, la sabiduría de que lo peor es la acción conjunta de las falanges populares — ahora se le llama referéndum popular — es causa de anatema o de herem, como le ocurrió a Baruch Spinoza.
Vienen tiempos de exaltación de la masa, cuando sien sabemos lo que esa exaltación nos ha deparado en otros momentos, y no hablo de tiempos lejanos; tiempos de líderes carismáticos, de cortesanos que se empeñarán en confundir a los ciudadanos lanzando potentes mensajes plagados de mentiras, y otros en los que pedirán la absoluta sumisión al líder y al grupo.
Malos tiempos para nosotros los libertinos, los que disfrutamos con nuestro cuerpo en el cuerpo ajeno, que disfrutamos con un vino excelente y unos alimentos exquisitos, que sabemos que solo la duda no nos vuelve sanguinarios y nos permite la convivencia, que no pedimos sumisiones ni queremos nadie que nos guíe en la vida, que preferimos equivocarnos por seguir nuestras ideas a acertar por hacer caso de los demás. Nosotros, los únicos verdaderamente libres.