Teatrillo

Estamos instalados en la representación permanente. Todo es escenario y pura pantomima (aunque la pantomima, en realidad, es una representación sin palabras, solo gestos, y eso, sin duda, mejor que lo que tenemos hoy en día.) De lo que no cabe duda es de que, cada vez más, España es un burdo escenario en el que la gnete representa un papel, y en elq ue nada hay verdadero, ni serio, ni que merezca la pena. Es una tragicomedia de títeres de cachiporra donde cada uno pide lo que le interesa y le niega al prójino lo que a este le interesa, aunque ese interés sea al mismo para los dos.

Uno de los mejores ejemplos es el de la libertad de expresión. Piden libertad de expresión para unos chistes contra los judíos, chistes que banalizaban el holocausto judío, y a los pocos días se escandalizan porque un periodista ha escrito un artículo machista en que se banaliza a las mujeres.

Así estamos, entre otras razones, porque todas las opiniones valen lo mismo y la razón la tiene aquel (o aquella) que pasa más horas en las redes sociales dando la murga, insultando e incluso amenzando. Aquellos que solo, de vez en cuando, escriben para dar razones, a esos nadie les hace caso, aunque digan cosas razonadas y razonables, y aunque sean los únicos que están dispuestos a dejar atrás ese pantomima en que la vida española se ha convertido.

Libertad… de entrada, sí …de salida, solo la de mis amigos

Tenía que ocurrir, antes o después era normal que ocurriese. No es que haya que ser muy inteligente, no, simplemente es necesario un poquito de memoria.

Cuandos e constituyeron las últimas corporaciones municipales, alguien advirtió que en Madrid uno de sus concejales había enviado por las redes sociales chistes humillantes contra algunas víctimas de terrorismo y contra el genocidio judío. El concejal – y su tribu – dijeron que eso era libertad de expresión. Un juez abrió el caso pero aquello no duró mucho y la sentencia fue absolutoria porque aquellos chistes estaban amparados en la libertad de expresión. Y la izquierda estatal – del Estado español y funcionarial – sentenció seria, campanuda, ¡cipotuda!, que la libertad de expresión era intocable.

Mientras tanto en Barcelona, la alcaldesa ha montado dos exposiciones. Una en el Born sobre el franquismo, la otra dicen que es una reflexión sobre le capitalismo. En ambos casos son banales y pueriles, una excusa para ir el domingo por la tarde, después de misa o del vermú, a echarles un vistazo, y luego tomarse un chocolate con picatostes. Parece ser que los encargados por la alcaldesa de montar las exposiciones buscaban que aquello tuviera una función educativa; mostrar al público – nunca fue más adecuado el vocablo – a los ignorantes que desconocían las maldades de la dictadura franquista – y por ende, las dictaduras de derecha—y los males que el capitalismo acarre. (Hago aquí un paréntesis para llamar la atención del hecho de que en una sociedad opulenta, capitalista y derrochona, como el Ayuntamiento barcelonés nos recuerda con sus actos, se monte una exposición – un teatrillo, en verdad—sobre los males del capitalismo. ¡Si nos estuviéramos comiendo los mocos o quitándonos el hambre a sopapos, pero ¡resulta que todos tenemos teléfonos móviles y la gente se permite el lujo de elegir su modelo!)

Parece ser que hay quien no entiende que eso es libertad de expresión. ¡Sí, lo banal y lo pueril, lo vulgar y lo cochambroso, lo superficial y lo que está de más, también están amparados por la libertad de expresión. Pues hete aquí que unas bandas de concienciados muchachos anticapitalistas de esos que si por ellos fuera sacaban a Cataluña de la Vía Láctea, no han percibido esa sutil rasgo y la emprendieron a mamporros contra la estatua ecuestre del miles gloriosus, y contra los carritos que eran símbolos del capitalismo que nos asesina.

Lo dicho que la libertad nos gusta cuando es la nuestra o la nuestros amiguetes, o cuando nos reafirma en nuestros prejuicios. En caso contrario, como son estos dos últimos, siempre hay bandas de esforzados luchadores antifascistas, anticapitalistas, anti… que se encargarán de impedir — con violencia, por cierto (la partera de los nuevos tiempos según predicaban Marx y Lenin) – algo tan delictivo y peligroso.

Igualdad, preconizan algunos

Uno no hace más que ir de sorpresa en sorpresa, atónito, a pesar de los años que uno ya lleva vivido. Esto, y el modo de ser español, deberían haberme vacunado contra muchos tipos de sorpresas. Una de ellas es la sentencia exculpatoria que un tribunal de la Audiencia Nacional ha emitido contra unas personas que, además de manifestarse contra la política de la Generalitat, acosaron a los diputados, les mancharon la ropa con pintura y les amenazaron.

La otra, y repito que no debería sorprenderme, es la querella que, por lo visto Podemos va a presentar contra Esperanza Aguirre y Eduardo Inda por informaciones que según la formación política son falsas.

Arguye Podemos que, según recoge el diario Público, “estas declaraciones pueden llegar a incitar al odio -delito previsto en el Código Penal- y servir para legitimar comportamientos violentos y antidemocráticos hacia los simpatizantes y miembros de Podemos.” Esto es, exactamente, lo que Hermann Tertsch alegó cuando el Gran Wyoming – el intelectual número uno y de obligada referencia en España – inició una campaña contra Tertsch. Entonces, el gran Wyoming – gran intelectual de España ahora que ya no tenemos ni a Ortega y Gasset, Julián Marías o Agustín García Calvo – Se defendió de la siguiente manera: “”el que se siente víctima soy yo. Veo que quieren destruir mi carrera y mi prestigio por unos hechos que me son ajenos”. Además, atacó duramente a Esperanza Aguirre porque “considero que me ha hecho un daño terrible al señalarme como instigador”.

Podemos ahora recupera la estrategia de el Gran Wyoming – ese intelectual que, en mejores condiciones habría escrito las obras completas de Lenin y de San Isidoro de Sevilla –. En su momento quedó claro que las manifestaciones del intelectual de guardia español – El Gran Wyoming, por si no lo sabían aún – no había incitado al odio, ni habían quebrado la convivencia, ni nada. Ahora Podemos pasa al ataque acusando, ellos, que utilizan la violencia verbal, a un periodista. Se entiende muy bien, no en vano la semana pasada pidió el control de los medios de comunicación.