El futuro perfecto

El futuro perfecto es, o podría ser, el de alguien que, sin raíces, incluso con una lengua que no es la suya propia, podría vivir en otro país. Podría ser un futuro perfecto si se dan algunas condiciones; es, sin duda, un presente excitante pro lo que tiene de continua novedad a una edad en que ni las novedades se prodigan ni uno suele ir a buscarlas. En este caso, vivir en un país extranjero y ajeno a tu cultura (ese tótem que todos hemos de derribar si queremos llegar a la madurez) te permite ir encontrando a cada paso nuevas ocasiones de asombro; al menos durante unos años, luego, ya lo sabemos, la tensión decae y el ánimo se relaja.

El futuro perfecto es el de aquella persona que nada tiene ya ha de integrarse en una sociedad extraña y ese camino, a veces, parece una oficina de inmigración. Es también una extraordinaria película de Nele Wohlatz.

Anuncios

La unidad de destino

Las noticias me suelen llegar claras, diáfanas, de perfil exacto, casi siempre. A veces, sin embargo, es un rumor, algo indefinido, casi un lejano sonido que tiene poca consistencia real, al contrario que las otras. En estos últimos días me ha llegado el rumor de que una región de España se va a encadenar para llevar a cabo su unión de destino en lo nacional. En España el grito de “¡Vivan las caenas!” forma parte ya del acervo cultural. En realidad es lo propio el encadenarse para reivindicar esa unidad nacional. Encadenarse e ignorar el pasado: la Constitución de 1837, como nos recuerda Arcadi Espada en su “Correo catalán” de este sábado o la obra “¿Qué es una nación?”de Ernest Renan, por poner solo dos ejemplos. Con frecuencia me pregunto qué harían todos esos españoles que no nacieron en Cataluña, los charnegos como se les denominaba peyorativamente no hace tanto. (Ahora la palabra ha desaparecido supongo que conscientes como son los nacionalistas catalanes de pura cepa de la necesidad de apoyos por parte de todo el mundo, apoyos que luego serán mano de obra barata.) Qué harían todos esos castellanos, andaluces, extremeños, murcianos en el caso de que Cataluña se independizara. ¿Elegirían la nueva nacionalidad catalana o la española viviendo en Cataluña como extranjeros?

Aquí nada de esto importa mucho. Uno lee los periódicos estadounidenses y Cataluña no aparece, nada de los que Artur Mas o sus consejeros hacen sale en estos periódicos. Sí que sale, en algunos, que la economía española remonta. Lo de las lenguas oficiales tampoco les importa. Los impresos para solicitar el número de la Seguridad Social, que, por cierto, nada tiene que ver con la Sanidad,  están tanto en inglés como en español. Al igual que tantos avisos que uno se encuentra por la calle y que resultan llamativos no porque estén en español sino por la mala traducción que son del original inglés. Cuando, hace años, paseamos por el barrio coreano de Hollywood, no había ni un cartel en inglés, más allá de aquellos puestos por el Gobierno. A nadie le preocupaba.

No les preocupa la nación, ni esa unidad de destino que algunos están dispuestos a imponer a la mayoría. Y la lengua solo preocupa a los republicanos más recalcitrantes que piensan que el inglés es la lengua que habló Jesucristo y es la lengua que refleja la esencia norteamericana. Les preocupa los problemas que surgen día a día. Lo de la convivencia social lo dejaron resuelto en 1787 cuando se aprobó la Constitución de los Estados Unidos. Solo tuvieron que ir haciendo cambios conforme la sociedad los demandaba, pero a nadie se le pasó por la cabeza derribarla.

Creo que fue Hamilton, pero podrían haber sido Madison o Jay –cito de memoria – el que dijo que una nación grande eliminaría el peligro de la excesiva influencia de los caciques locales. ¡Que nos van a decir que no sepamos!