Sin propósito

A principios de año, hice el propósito de leerme algunos libros. Ahora que ya ha pasado más de la mitad del año, repaso la lista y compruebo que apenas he leído cuatro. Estoy ahora mismo con El cuaderno rojo de Benjamin Constant, y ya he acabado el de Petrarca, las Confesiones de Agustín de Hipona, y los discursos de Cicerón.

Lo curioso es que no he dejado de leer este año. En realidad hace años que no he parado de leer. Casi lo único que hago es eso: leer. También escucho música y a veces voy al cine. Pero lo propio de interés lector radica en que voy saltando de un libro a otro, de un autor a otro, sin planes ni lecturas acordadas previamente. Me cuesta sujetarme a una lista. Incluso en cosas de trabajo, aunque en este caso siempre me resulta más fácil la disciplina de la lectura acumulativa, que a veces sirve de bien poco, dicho sea de paso.

Así que a estas alturas, y con el libro de Constant a medias y casi habiéndome acabado la Verdadera historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, veo que o me aplico o acabo el año sin haber cumplido aquel humilde propósito de inicios de año. Esperemos que en el último tramo del año sea algo más disciplinado, aunque el verdadero palcer es el de ir saltando de un libro a otro, sin planes ni propósitos.

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Lectura de verano

“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja.”

“Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial”

“Mucho tiempo me acosté temprano. A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: ‘Me estoy durmiendo’”.

Estos son tres comienzos de novelas que me gustan mucho. Son novelas extensas – no tanto la segunda – y novelas que exigen un esfuerzo continuado al lector. Esto las convierte en artefactos extraños hoy en día, más aún en esta época del año en que exigimos cositas ligeras con que entretener el tiempo de la playa, de la siesta, del intervalo – cualquiera – entre dos instantes plenos. No hay intervalo, sin embargo, entre dos instantes tales cuando la lectura entra a escena: su momento es el de la plenitud y lo demás son espacios entre instantes – que pueden prolongarse durante varias horas – plenos.

He traído a colación estos comienzos, los he querido copiar porque para mí son ejemplos, juntos con otros más, por supuesto – del inicio del período estival. Para mí, este empieza cuando me doy a la lectura, que viene a querer decir que dedico la mayor parte del tiempo, de mis esfuerzos y de mi atención a leer. No tiene por qué ser ya período de vacaciones, en realidad aún no estoy de vacaciones, ni lo estaré hasta agosto, pero ya he decidido, y he comenzado mi principal lectura veraniega. Ha habido algunos aperitivos: Alfred Döblin, Arno Schmidt, Arturo Úslar Pietri, todos han sido una preparación para volver a uno de mis libros favoritos. Lo he leído varias veces, no siempre seguido, pero siempre he podido recordar lo ya leído y continuar la lectura. Tengo por delante un tiempo largo que sé que será insuficiente para completar todo En busca del tiempo perdido (ahora transformado en A la busca del tiempo perdido), pero lo que pueda leer con morosidad, con delectación, sin atragantamientos ni empachos propios de un glotón, será más que suficiente.