Tres autobiografías

DSCF7258Las autobiografías, hasta no hace mucho – unos quince años – comenzaban con las notas que el interesado dejaba por escrito en un diario. Eran una tarea eminentemente literaria. Partía de unas notas y elaboraba una historia – normalmente pro domo sua, aunque había ocasiones en que el examen de conciencia llevaba al escritor a un ajuste de cuentas consigo mismo. En gran medida eso es lo que, en un ejercicio titánico, hizo Juan Goytisolo al escribir Coto vedado y En los reinos de taifas, su autobiografía moral y social – separo los dos elementos por la importancia del primero. Goytisolo no intenta justificarse ni contar su ascenso a la cima literaria, en la que vivió con una ambivalencia propia del desarraigado que sabe que ese es su sitio pero no quiere habitar dicho lugar con demasiada comodidad. La autobiografía de Goytisolo es una explicación de su literatura y de su vida – ambas tan unidas – de cómo descubrió que era bisexual, de su desencanto con la izquierda revolucionaria, pero sobre todo es una explicación de su obra literaria, de su interpretación creativa – al modo en que R.W. Emerson aconsejaba – de la literatura española, en particular de la literatura medieval, renacentista y barroca. Es cierto que no menciona el influjo que alguien como Edward Said tuvo en su comprensión de la literatura (y de la sociedad), a pesar de que, a partir de un determinado momento, está omnipresente esa filiación saidiana, que lo es también en lo arábigo. Goytisolo, en el fondo, no dice que no hay diferencia entre su obra y su vida, entre la persona y el personaje, en un intento no del todo fracasado de que los lectores prestemos atención a sus novelas y ensayos y olvidemos, o dejemos en un lugar secundario, al escritor de carne y hueso que inventó y escribió esas ficciones.

El caso de Jaime Gil de Biedma es algo distinto. En sus diarios, que al repasarlos y corregirlos los convirtió en una autobiografía, hay un punto de impostura. Son diarios pero al lector siempre lo tiene en cuenta el escritor. Es como una presencia que lee por encima del hombro lo que Biedma está escribiendo, una especie de conciencia delatora. Por lo demás, Biedma se siente a gusto con la vida que lleva en Barcelona, no le plantea mayores problemas. Está instalado en la alta burguesía catalana y, a pesar de todo – de su homosexualidad, de su izquierdismo – no se encuentra a disgusto en medio de esa burguesía que le permite, si es discreto, hacer escapadas a los bajos fondos barceloneses.

Están también los tres volúmenes de la autobiografía de Carlos Barral, un empeño aún más titánico que el de Goytisolo, por la creación de un lenguaje moral alejado de lo excesivo y de lo cursi, con el que se permite indagar en su vida y en la sociedad en que vivió. Barral, otro hijo de la alta burguesía catalana, no reniega de su situación pero es capaz de criticarla, Eso sí, en su obra también hay un claro deseo de establecer una genealogía moral donde los catalanes se sitúan por encima de los demás españoles. Sus ataques a Castilla son numerosos y no da razones, mientras que, en Andalucía, donde hizo el servicio militar, le parece un lugar extraordinario, y hacia ella siente una peculiar conexión (que me malicio tiene que ver más con la actitud del señorito hacia sus trabajadores que a otras razones si no es la amistad y unión que surge por el hecho de estar haciendo el servicio militar obligatorio en esa región.)  Habla poco de su literatura, escasa si no se tienen en cuenta los tres volúmenes autobiográficos, y mucho de su labor como editor y también, por fortuna, de su crecimiento intelectual. El desarrollo de una mente literaria fundada en un lenguaje de clara intención moral.

 

 

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Cruzo un desierto y su secreta/ desolación sin nombre

No he leído en la prensa nada sobre la amistad  estética, que es geográfica y literaria, entre Juan Goytisolo y José Ángel Valente. El desierto, la plaza de Xemáa al Fnáa, los místicos, el lenguaje despojado, … Una lástima que nadie haya dicho nada de la amistad de dos grandes escritores. Hay diálogo entre ellos, diálogo literario.

 

Homenaje a Juan Goytisolo, pájaro solitario

Hace años tuve la suerte de toparme con un libro sobre la historia de Andalucía. Era un libro en el que se hacía hincapié, única y exclusivamente, en el hecho de que Andalucía era una nación y que en ella, por ejemplo, alguien había inventado la rueda. Digo suerte porque luego me alejé de aquello y no tuve que soportar ni andalucismos oficiales o castizos ni profesores que me adoctrinaran en las bondades del flamenco (que me gusta, libre de prejuicios andalucistas), ni de la lengua andaluza (consecuencia de una educación deficiente en algunos momentos importantes de la historia de España), ni en que esa lengua expresa el espíritu y la cultura de los andaluces, ni en la grasia y el salero que todo andaluz tiene (y que mi abuelo y mi padre desmintieron desde siempre con su solo comportamiento).

España, hoy en día, es una romería nacionalista. Lo único que, por lo visto, importa es la celebración de los amados símbolos de identidad nacionalista. En el mejor de los casos se quedan en soporíferos casticismos, en los casos extremados son la nueva manera en que la xenofobia se expresa: los vocablos maketo y xarnego dan cuenta de ello. El internacionalismo de oropeles y contrachapado es solo una fachada de cartón piedra que, en realidad, esconde el turbio deseo de que llegue población sumisa.

Entre el traje de faralaes, la jota castellana, el calimocho vascuence y las camisas pardas y negras de las legiones catalanas marchando ante las sedes de los tribunales de justicia, a uno solo le queda la posibilidad de darles la espalda, consciente de que esto no tiene remedio y de que lo de menos es que España comience a perder territorio porque lo que ya se ha logrado es lo peor: el cultivo de las amadas señas de identidad regional. Sobre todo por parte de los forasteros que llegaron a regiones distintas a las de su lugar de nacimiento.