Cruzo un desierto y su secreta/ desolación sin nombre

No he leído en la prensa nada sobre la amistad  estética, que es geográfica y literaria, entre Juan Goytisolo y José Ángel Valente. El desierto, la plaza de Xemáa al Fnáa, los místicos, el lenguaje despojado, … Una lástima que nadie haya dicho nada de la amistad de dos grandes escritores. Hay diálogo entre ellos, diálogo literario.

 

Homenaje a Juan Goytisolo, pájaro solitario

Hace años tuve la suerte de toparme con un libro sobre la historia de Andalucía. Era un libro en el que se hacía hincapié, única y exclusivamente, en el hecho de que Andalucía era una nación y que en ella, por ejemplo, alguien había inventado la rueda. Digo suerte porque luego me alejé de aquello y no tuve que soportar ni andalucismos oficiales o castizos ni profesores que me adoctrinaran en las bondades del flamenco (que me gusta, libre de prejuicios andalucistas), ni de la lengua andaluza (consecuencia de una educación deficiente en algunos momentos importantes de la historia de España), ni en que esa lengua expresa el espíritu y la cultura de los andaluces, ni en la grasia y el salero que todo andaluz tiene (y que mi abuelo y mi padre desmintieron desde siempre con su solo comportamiento).

España, hoy en día, es una romería nacionalista. Lo único que, por lo visto, importa es la celebración de los amados símbolos de identidad nacionalista. En el mejor de los casos se quedan en soporíferos casticismos, en los casos extremados son la nueva manera en que la xenofobia se expresa: los vocablos maketo y xarnego dan cuenta de ello. El internacionalismo de oropeles y contrachapado es solo una fachada de cartón piedra que, en realidad, esconde el turbio deseo de que llegue población sumisa.

Entre el traje de faralaes, la jota castellana, el calimocho vascuence y las camisas pardas y negras de las legiones catalanas marchando ante las sedes de los tribunales de justicia, a uno solo le queda la posibilidad de darles la espalda, consciente de que esto no tiene remedio y de que lo de menos es que España comience a perder territorio porque lo que ya se ha logrado es lo peor: el cultivo de las amadas señas de identidad regional. Sobre todo por parte de los forasteros que llegaron a regiones distintas a las de su lugar de nacimiento.