El ahogo o, Pla por segunda vez

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Creo que he tenido suficiente de Pla por una temporada. Es un escritor bueno, muy bueno incluso, pero, ya lo dije, el peso del país lo ahoga. Pla es un observador nato, alguien que sabe ver con ojos atentos lo que sucede a su alrededor y no cae nunca en la tentación de hacer de lo particular una regla general. En el fondo, el lo advierte en algún momento de su dietario. “El drama literario es siempre el mismo: es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina.” Por la opinión es por donde se pierden la mayoría de los escritores, no hay más que echar un vistazo a las páginas de los periódicos llenas de escritores opinadores que solo enuncian lugares comunes y carecen del más mínimo estilo. Porque ese es otro de los quids de Pla, el estilo. No hay más que leer frases como: “una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes”, “las lejanías flotan en una blandura azulada” o “Digestión ligera a la sombra de las barcas. Ninguna molestia excesiva. La felicidad debe de ser esto” para darse cuenta uno de que estamos ante un escritor, alguien que domina, ama y respeta el idioma y la realidad.

Pero el país lo ahoga. A Michel de Montaigne, nacido en el Renacimiento, y señor de un castillo del que apenas salió, el país, la provincia o la región no lo ahoga. En aquellos tiempos no existía y su mundo de referencia era Francia y la cultura europea, en concreto la cultura grecorromana. Así pudo escribir sus Ensayos, y revelar la subjetividad del hombre moderno sin que nadie se sienta ahogada entre tanta boina francesa o chovinismo regional. A Pla le habría venido de maravilla escribir antes de que el Romanticismo, y su derivado político, ahogasen España en la reivindicación del país o de la provincia, que tanto da. Entonces su gusto por los periódicos extranjeros, por la cultura europea – Montaigne entre tanto otros – habría resplandecido más y la boina habría sido solo un pequeño aditamento. Es verdad que la boina de Pla no es como la de otros. En Pla queda como una curiosidad, pero sigue siendo boina.

Al fin y al cabo si uno quiere ser un escritor – o simplemente una persona – que no se vea ahogada por el país y quiere tener una mirada de distancias – que no es sino interesarse por lo que ocurre más allá de las fronteras sin que la pringue provinciana se vea adherida – ha de vivir fuera del país, de manera real o metafórica. Pero esta última es muy difícil: vivir en España sin ser español es asunto para superhombres. Los demás caemos en el ahogo paisanístico.

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Empequeñecidos

Leo estos días El cuaderno gris de Josep Pla. (A estas alturas de mi vida aún no había leído a Pla, pensará alguno). Me gusta, he de decir. Sobre todo esa capacidad para atrapar el momento o encontrar el adjetivo más apropiado – aquel que resalta el sustantivo.

Entre entrada y entrada del dietario hago, a veces, pequeños descansos. En uno de esos me vino a la mente la fuerza – aplastante o demoledora – de la provincia. Pla es un gran escritor al que la provincia – el país, como él diría – le ha impedido ser aún más grande (Esta afirmación me la van a refutar todos los provincianos). En España la provincia si no mata, al menos te deja muy tullido. El cotilleo de la provincia, la fuerza de la costumbre de la provincia, los “grupitos” de la provincia. Todo eso marca una dirección que si sigues, malo, y si te desvías, peor. Vivir en la provincia es ir dejándose aplastar poco a poco. Incluso los “alternativos” y los “heterodoxos” son producto de la provincia y viven según lo esquemas provincianos. En el fondo la provincia es el seno materno que acoge a todos, incluso a los malos hijos o a los rebeldes.

Esto de la provincia es una consecuencia de algo que la gente se empeña en no ver. No lo quieren ver porque están encantados con los réditos que le sacan. Me refiero al achicamiento social que vivimos y que no para. Los espacios sociales son cada vez menores y no se debe al liberalismo, como muchos querrían que fuese. En realidad, es cosa del nacionalismo, y de los que jalean a los nacionalistas. El nacionalismo y el autonomismo, que es idéntico. Ese fijarse en nimios sucesos que ocurrieron en pueblecitos perdidos y que, según los historiadores nacionalistas y autonomistas, tiene trascendencia para el ser eterno del país. Lo mismo sucede con la edición de obras de escritores de provincias pagadas por las Comunidades Autonómicas o las Diputaciones. ¡Y qué decir de los museos de arte moderno! Con qué alborozo los acogieron los pintores de la provincia (o país) y de las Comunidades. Ya iban a estar ellos en los museos. Si nunca iban a poder estar ni en el Reina Sofía ni en el Thyssen ni en cualquier otro nacional, al menos sí ocuparían un espacio en el de la provincia. Se solucionaba así, además, el problema de que los alumnos de provincias fueran a Madrid o a Barcelona a ver obras de arte. Si antes íbamos dos o tres veces a Madrid mientras estudiábamos el Bachillerato para ver las obras de Velázquez, El Greco, Ribera, Goya, Picasso, Dalí, los maestros en suma, ahora, con los museos provinciales, no era necesario. Bastaba con llevarlos a ver las obras caducas de pintores y escultores provinciales. No eran los maestros universales antes citados pero eran nuestros pintores. Mediocres, muy mediocres, pero nuestros. Los alumnos iban a ver arte mediocre, sí, pero de la provincia o de la Comunidad. El achicamiento cultural al que hacía mención al principio.

Y en esas estamos. Pla era provinciano pero un maestro de la escritura y de la percepción de la vida, aunque su provincianismo me cansa. Los que han venido después no son maestros pero sí provincianos.