El poeta

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Un hombre conduce un autobús. Es su trabajo, monótono dentro de una vida monótona también. Se levanta siempre a la misma hora, llega al trabajo, después de haber recorrido el mismo camino todos los días, a la misma hora, y espera en el autobús a que comience su horario laboral. Hace el mismo recorrido durante ocho horas. Para siempre a las 12 para comer siempre en el mismo lugar: un pequeño parque. Así un día tras otro.

En los ratos libres escribe en un cuaderno que su mujer llama El cuaderno secreto. Escribe sobre su vida, sus sentimientos, pero sobre todo escribe de la vida, de la suya. La monotonía es su tema, o quizás la poesía sea el modo de escapar de ese tema.

Vive en una ciudad pequeña, Paterson, conocida por ser la ciudad donde vivió un gran poeta, William Carlos Williams. Él, en cambio, es desconocido. Quiere serlo. No escribe para que lo conozcan sino para entender el mundo y para darle forma.

Jarmusch, que de la vanguardia – la de los años ochenta del siglo XX, que es casi como decir el final de la vanguardia, o los restos del naufragio de la misma – ha evolucionado hacia un cine de factura en apariencia, pero solo en apariencia, simple y clásica, ha filmado una película sobre el poeta posromántico. Frente al genio desatado del Romanticismo, y sus burdas y banales derivaciones en el siglo XX, el autor posromántico, encarnado en personas como el mismo Williams o Wallace Stevens, es una persona anónima, que lleva una vida monótona en apariencia y que dedica el tiempo que la vida social le deja a esa labor de contar las sílabas, como apuntaba Jorge Luis Borges: “ser en la vana noche/ el que cuenta las sílabas.”

Es una película sobre la poesía, que surge en cualquier mañana, mientras desayunas y contemplas una caja de cerillas, que escribes en el autobús o en el sótano, rodeado de pocos libros y entre latas de pintura y barnices. El reflejo de la luz en un cristal, el encuentro fortuito con una persona, las conversaciones que escucha en el autobús, todo eso es poesía. Acaso hoy en día solo eso sea poesía. Eso y la vida anónima.

 

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La vida es una película

En el restaurante, al que entramos de casualidad y por pereza, no hay nadie y, como suele ser común en los de este tipo, lo llena un desangelamiento que casa mal con la cantidad de carteles de muchos colores escritos a mano y objetos decorativos dorados que hay en él. Detrás de nosotros entra un hombre que se sienta en una mesa.

Preguntamos si podemos llevarnos la comida, para luego no tener que hacer el camino con el estómago demasiado lleno, y nos ofrecen dos cartas, en chino y en inglés, y una mesa para que nos tomemos nuestro tiempo en elegir. Mientras tanto entra una pareja de jóvenes. Ella es alta, desgarbada, las caderas se le notan huesudas detrás del peto vaquero. Él es como tantos otros. Piden un menú, cogen unas verduritas de un mostrador y se dirigen a la mesa. Casi al instante entra una mujer china que rellena también una pequeña comanda y se sienta. Es baja, su aspecto es de alguien que ha pasado los cincuenta, de apariencia fuerte.

En el restaurante se oye la conversación animada de los jóvenes, el hombre come con calma y con desgana. Nosotros esperamos sentados. En un momento determinado me acuerdo de Stranger than Paradise de Jim Jarmusch. No hay sensación ni momento inocente; lo primigenio, aunque algunos quieran mantener la ficción, lo perdimos hace mucho. El cine ha modelado nuestras experiencias. Hay quien no va al cine para no contaminarse. Los Puritanos cerraron los teatros británicos en el siglo XVII.

Nuestra selva y nuestra esperanza

“Todo es movimiento irregular y continuo, sin dirección y sin objeto”. (Michel Montaigne)


Esto de la escritura, lo hemos ido aprendiendo, es un ir de acá para allá, sin orden ni planificación. La escritura o es libre o carece de sentido. Hay algunos, lo sabemos, que desde los inicios tienen ya dibujado el plan de treinta años, o más, de escritura. Otros, los preferidos, se dejan llevar por sus humores y por la vida, meciéndose cual barquichuelas en el mar abierto de lo desconocido. Ellos pueden decir, con Reinaldo Arenas, “el mar es nuestra selva y nuestra esperanza.” Solo eso es la escritura, y no es poco, acaso sea lo máximo a lo que uno pueda aspirar. También podemos hacer nuestra las frases de Jean Paul Sartre que Lorenzo García Vega hizo suyas para romper la racionalidad de la identidad y de la teleología revolucionaria: “Debemos contentarnos con hacer nuestra historia a ciegas, al día, optando por lo que en el momento nos parezca mejor… Estamos dentro.” Sí, estamos dentro, en medio de la vorágine y no logramos ver el horizonte.

Esto, algunos, pocos, logran aprenderlo con la edad. Es el momento que Schelling describió con la frase: “Es duro, por así decirlo, separarse de la última orilla.” El mar, otra vez, el mar, que es nuestra selva, lo ignoto en que, sin miedo ni esperanza, vivir. Es duro renunciar a las certezas que nos han acompañado durante muchos años y, sin embargo, si uno no quiere traicionarse a sí mismo, ha de hacerlo. Ha de emprender el viaje a las tinieblas, soltar amarras perder mucho de lo que tiene sin tener la certeza de ninguna recompensa.

A partir de cierta edad es fácil acomodarse. Siempre me ha resultado muy sorprendente que los heroinómanos fallecen en mayor número en su juventud. Alcanzados los cincuenta entran en una fase de estabilidad en que, sin renunciar a la droga, van sorteando los peligros y las amenazas. Esto es lo que Jim Jarmusch cuenta en su última película, Only Lovers Left Alive. No son heroinómanos, pero en el vampirismo de los personajes, en el placer intenso y extático que experimentan al tomar la sangre, en la ansiedad ante la mera posibilidad de su escasez, se averigua el comportamiento del adicto al narcótico. Son personajes ya maduros, más allá de la revolución de la juventud, de vidas rutinarias y oscuras. Son, en cierta medida, el retrato de tantos que hicieron de su vida un tiempo turbulento y ahora, agotadas las fuerzas, sobreviven entre las sombras. Algo siniestro para esta sociedad pero reconfortante para quien se sabe au dessus de la mélée.