Odres nuevos para vinos viejos

En Castalia tenían una colección “Odres viejos” en que, décadas atrás – no sé si aún ahora—, iban poniendo en español actual el de “El libro de Buen Amor”, el del “Poema de Mío Cid”, y algunos más. También Emiliano Escolar editores tenía “El Lazarillo” o “El Buscón”, así familiarmente, en español de ahora. En esos libros leí yo por primera vez los clásicos españoles, con gran gusto, por cierto. El español del Arcipreste de Hita forrmaba parte de un pasado demasiado remoto como para que un chaval de doce o trece años pudiera comprenderlo, no les digo el del “Poema de mío Cid.” Tengo una memoria borrosa de entonces pero sí que puedo decir que me gustaron esas ediciones porque aún guardo los libros. (Si uno no me gusta, antes o después, sale de la biblioteca, y esos llevan ya tres décadas alojados en ella.)

Ahora Andrés Trapiello ha hecho lo mismo con el “Quijote”. Es una buena idea. Quizás yo ya no lo lea, porque prefiero el de Francisco Rico, o el de Avalle Arce o el de Martín de Riquer, con sus notas eruditas, sus prólogos y contextos extensos, pero sé que habrá algún adolescente de doce o trece años que lo haga; de mayor seguro que preferirá una edición crítica con el castellano que escribió Cervantes, pero con trece años el de Trapiello puede servirle de introducción.

Algunos dirán que si hay traición. En la misma medida que la hay en las traducciones de William Shakespeare al castellano de hoy en día cuando su inglés es el de la época isabelina. O cuando alguien interpreta a J.S. Bach en un piano, o con violines modernos – instrumentos que no existían en su época –.

Hay una necesidad de ir actualizando el arte para que siga siendo significativo, para que nos hable de lo que nos es de verdad importante. Acaso la verdadera felicidad está en él y no en las proclamas de quienes nos dicen que, por decreto, a partir de hoy seremos todos felices.

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El tiempo y el placer

Ya queda poco tiempo. Poco tiempo para las vacaciones. Es un tiempo ajetreado aunque uno ha logrado ir librándose de todos los compromisos sociales que nos rodean. No de todos, claro, que esos ería llegar al nirvana o al paraíso, pero al menos, sí de muchos. Sin cenas de trabajo, ni comilonas con los amigos de dos días al año. Me gusta comer, disfruto con ello, lo reconozco, pero también sé que la maratón que nos espera, cuatro comilonas en una semana y el remate del Día de Reyes, me agota. Si por mí fuera, comeríamos menos días y el menú sería menos abundante y habría algunos alimentos más exóticos, de esos que vienen de lejos y nunca probamos por su lejanía o por su precio prohibitivo.

Pero lo mejor de estas vacaciones es el tiempo: el mal tiempo meteorológico que me tiene metido en casa y el tiempo horario que aprovecho en leer grandes obras, como Fiodor Dostoievsky — otro año más– o las conversaciones de Eckermann con Goethe.

Un tiempo para encerrarse, para disfrutar leyendo al abrigo de la manta o en la cama mientras la gente se afana en comprar regalitos, en beber espumoso o en comer y comer. En casa J.S. Bach y libros inacabables, inabarcables. Placeres infinitos apenas costosos.

La ficción y la alegría

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Mi ignorancia en temas musicales hace que imagine que J.S. Bach escribió su música para tiempos más alegres que estos nuestros y que la obra de A. Webern está pensada para momentos históricos negros.

Esto es solo lo que imagino porque en tiempos de Bach hubo desgracias, malaventuras y momentos en que no se vería salida alguna. Hubo otros, claro, de claridad que alumbraron la Humanidad durante años.

Lo mismo ocurre hoy en día. Hay momentos en que no vemos la salida a las tribulaciones que nos acongojan, y otros en que atisbamos ya el final de la negrura y el comienzo de la alegría, que no es sino el comienzo de un mundo mejor. A ello lleva dedicándose Fernando Savater desde los años setenta, o quizás antes. (Es, todo hay que decirlo, el filósofo a quien más he visto sonreir y reir, sinq ue esoq ueira decir que es un pobre hombre satisfecho de sí mismo.)

Toda la obra del Savater es una apertura hacia lo claro y lo diáfano, hacia lo razonable y la convivencia. A veces desde el ensayo, desde el apoyo a la ciencia – capaz de eliminar supercherías y oscurantismos – y a veces desde la literatura, desde la ficción. Al contrario de quienes piensan que la ficción solo aumenta la ilusión de las personas, Savater sabe que la literatura habla de temas para los que aún no tenemos una explicación racional y acaso nunca la tengamos.

Cambio

De repente todo ha cambiado. No ha habido una transición más o menos breve. Al contrario. Un día estaba soleado y al día siguiente llegaron las lluvias intensas, largas, esas lluvias que comienzan por la mañana y aún siguen cuando es de noche. Los días ahora grisáceos, tienen la calidez del otoño. Piden, quién sabe por qué, otra música. No una música solar como podría ser el jazz o la bossa nova o el son cubano. Ahora apetece más algo de Bach, sus cantatas, por ejemplo, o los cuartetos para cuerda finales de Beethoven.

Se acaba una estación, comienza otra. Vuelve el ajetreo y ya la tranquilidad ha desaparecido hace tiempo. Miro por la ventana el día gris, mortecino y pienso que a veces liberarse de la exuberancia de la naturaleza, de toda la fuerza vital que exhibe en verano es, en determinados momentos, algo que se agradece e incluso necesario.