Los lechazos de Kentucky

Hasta ahora de Kentucky, en cuestión de comidas, sólo conocíamos el pollo frito, pero, gracias a la portavoz de Sí se puede en Valladolid, nos hemos enterado que hay una cabaña extensa de lechazos de Kentucky que, por aquello del libre comercio, están dispuestos a inundar lo restaurantes castellano-leoneses en perjuicio del lechazo de la tierra, que como todos sabemos está inmejorable con unos sarmientitos de la zona y tomates del terreno.

Ahora que esto del comer no es ya solo una necesidad ni una expresión cultural sino que es algo político, he despertado de la alienación que ponía como ejemplo de alta cocina el turnedó Rossini o tantas otras invenciones francesas o catalanas o vascas. Me han abierto los ojos los activistas y cada vez que me llevo un cubierto con comida a la boca, me doy cuenta de que como aminoácidos de revolución, proteínas de derechos animales (aquí los vegetarianos lo tienen mal) y lípidos de rancio localismo proteccionista y esencias intemporales de la tierra. (Goytisolo en su sátira de las esencias hispanas eligió la cabra hispana como símbolo de las mismas; los que nos han traído el Paraíso han decidido nombrar al lechazo embajador plenipotenciario de la tierra y sus bondades.)

Yo, que soy un hombre previsor, tengo desde hace tiempo los billetes de avión para participar en una cacería de los fantasmales lechazos de Kentucky. Entre tiro y tiro, que allí están muy baratos, pegaré algún trago a una botella de bourbon, esta vez sí, de Kentucky.

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Canallas y patéticos

Por aquello de querer entender el mundo, estoy estos días leyendo ¿Qué pasa con Kansas? De Thomas Frank, un libro en el que el autor intenta explicar por qué un estado que votaba a los demócratas, vota ahora a los republicanos (como por cierto ocurre cada vez con mayor frecuencia en Francia, donde barrios obreros enteros que en los años de 1970 estaban bajo la égida del poderosísimo PCF ahora votan al Frente Nacional.) Para intentar comprender ese corrimiento ideológico, digo, comencé a leerme el libro de Frank (que aún no he terminado). Comencé, sin embargo, como tengo manía de hacer por el final, por el epílogo de Slavoj Zizek, filósofo, radical según él mismo, sobrevalorado, posmoderno en el peor sentido del término, y que en dicho ensayo “Over the Rainbow” (publicado años atrás en El Viejo Topo) viene a decir que el aliado natural de la izquierda radical es la derecha radical populista norteamericana.

El razonamiento, absurdo y canalla, parte de la premisa, falsa, de que las ideas de los republicanos populistas, si se llevan a la práctica destruirán el capitalismo y con ellos los Estados Unidos, tal y como los conocemos hoy en día. Es falsa porque apoyar las ideas de tales populistas no servirá para aumentar las contradicciones de la sociedad capitalista (idea que es recurrente en las ensoñaciones de los marxistas, si no que ayudarán a consolidar un sistema de clara regresión social). Canalla porque para derribar un sistema – el capitalista – hay que poner al timón a gente que considera que las personas han de orar y trabajar, creer que todo es designio y diseño divino, que el uso de la fuerza reside en el individuo, y tantas otras cosas.

Después de leer este panfleto, uno entiende mucho mejor el apoyo, a veces tácito, a veces colaboracionista que la izquierda radical presta al gobierno teocrático de Irán. Y recuerda cómo Marx advertía que no todas las revoluciones eran los mismo, que algunas ayudaban a avanzar y otras eran regresivas. No cabe duda de que Marx es hoy solo una chapita, una insignia de la que se adornan cuando les interesa a estos radicales de izquierda. La realidad es que han adquirido los modos e ideas de los populistas americanos, y van por el mundo haciendo gala de ello.

Conservadores, dijeron, señalando a los otros

Si hay una organización conservadora en el mundo hoy en día, esa es la izquierda revolucionaria. Siguen anclados en el discurso de principios del siglo XX, siguen anclados en las formas de entonces, de la Revolución de Octubre, que luego se repitió en los golpes de Estado en las países bajo la influencia de la URSS, en la Cuba castrista y en la Venezuela de Chaves, su sucesor nombrado a dedo, Maduro, y los que vengan.

Bien se puede observar en este artículo de Rafael Fraile G., tan inflamado de arder revolucionario y crítica constructiva que no parece percatarse de los anacolutos ni de las faltas de ortografía o tipográficas. ¡Qué importan esos resabios burgueses cuando la Revolución está al alcance de las manos!

Mientras leía el artículo, me invadía a partes iguales la morriña – por aquello de que parecía que estuviera leyendo un ejemplar de El viejo Topo de finales de los años 70, o la crónica de algún exultante castrista sobre cómo superan las dificultades derivadas del pensamiento burgués en la isla – y la fatiga de ver que en un siglo no han avanzado nada y que siguen con las cartas abiertas llenas de crítica constructiva, la lealtad al proyecto revolucionario, la denuncia de los traidores, del pensamiento pequeñoburgués y revisionista, y la llamada a la vuelta a la pureza revolucionaria (en la línea de los primeros puritanos que llegaron a América).

En fin, que, como ya he observado más de una y más de dos veces, no es revolucionario ni progresista aquel que más lo proclama, y que hemos de andarnos con mucho ojo sobre todo dentro de eso que llaman la izquierda revolucionaria. Ahora que no es marxista y sí populista (más aún de lo que lo fue en décadas anteriores), el conservadurismo y la demagogia se han desatado. Esto, de más está decirlo, es una maravillosa poza en la que pescar las truchas del desencanto y el resentimiento.