El Apocalipsis (¡qué aburrimiento!)

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3b5.jpgEntre los varios rasgos de las personas que nos acompañan desde los inicios de los tiempos está el milenarismo, o el sentimiento del apocalipsis. Este es, a mi entender, la versión religiosa de la nostalgia. La nostalgia es un sentimiento secular: el recuerdo y la añoranza de un tiempo pasado que fue mejor: “los buenos viejos tiempos”; sentimiento al que todos, en un momento u otro de nuestra vida nos abandonamos.

El milenarismo es el sentimiento de nostalgia atravesado por el sentimiento de inmortalidad soñada. Somos mortales, y así nos sabemos, pero nos resulta difícil aceptarlo. De ahí que cualquier creencia que hable de un futuro mejor, o al menos tan bueno como este, en el que seguiremos vivos tenga tantos adeptos; catecúmenos podríamos llamarlos.

Podríamos recordar la advertencia que hace Sócrates cuando le hablan de la escritura. Sócrates, para quien la filosofía es un aprender a morir, señala en Fedro que la escritura es un peligro para la humanidad pues al dejar todo por escrito perderemos nuestra capacidad de memorización y todo conocimiento se convertirá en pura apariencia: Porque es obvio lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria,y a que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”. A esto se une el peligro de que la palabra escrita pueda llegar a sabios y a legos: “Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quiénes conviene hablar y a quiénes no”, idea que recuerda a lo que Herbert Marcuse decía del peligro que representaban los libros de bolsillo, ya que estaban al alcance de cualquiera. Este rancio aristocraticismo no pasa de ser miedo ante el futuro y ante las masas alfabetizadas; ante las personas libres, por decirlo con pocas palabras. Quizás no venga mal recordar que un clérigo en la cuarta acepción del Diccionario de la Real Academia es un hombre que en la Edad Media tenía cultura letrada frente a los analfabetos.

No son solo Platón y Sócrates, el profeta Jeremías es de los que se pasa la vida pidiendo al Pueblo Elegido que vuelva a la vida anterior, que cambie su actual rumbo de perdición o de lo contrario el futuro será peor que negro. No habrá salvación para nadie. Una idea que, para quienes de verdad nos consideramos mortales, carece de sentido alguno. Para que haya salvación ha de haber un más allá, una vida después de esta, aunque sea una vida en este planeta y aunque esa vida la proyectemos en nuestros hijos o en las generaciones futuras. A nadie, que se sepa mortal y acepte ese hecho con todas sus consecuencias, puede preocuparle el hecho, cierto por lo demás, de que antes o después la humanidad desaparecerá.

De ahí que las ideas de Thomas Malthus – no es casualidad que fuera clérigo anglicano – hayan tenido tanto éxito. Para alguien como William Godwin, ateo hasta sus últimas implicaciones, las ideas maltusianas sobre la superpoblación le parecían ridículas y fruto de la negrura religiosa. A día de hoy sus ideas no se han visto corroboradas por la realidad, aunque eso no es óbice para que sigan teniendo gran predicamento.

Luego vinieron una serie de filósofos – clérigos, para entendernos – de raigambre marxista que adoptaron la jeremiada como género filosófico. Aún siguen en activo. No dejan pasar oportunidad alguna para recordarnos que hemos tomado el camino equivocado y que, antes o después, el Apocalipsis nos sobrevendrá. Mi impresión es que será después, muy después, cuando ya estemos más que muertos y no podamos decir que los apocalípticos se equivocaron porque el Apocalipsis nunca llegó.

Uno, cuyo deseo irrealizado es haber sido uno de los cerdos de la piara de Epicuro, mira a todos esos Jeremías con bastante aburrimiento y bostezos continuos.  Me da pereza hasta decirles que todos sus antepasados se equivocaron y que gracias al desarrollo tecnológico e industrial actual ellos pueden seguir con sus sermones acerca de la vida futura en el Paraíso mientras la humanidad mejora materialmente e intelectualmente (incluso pese a ellos).

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Libertad… de entrada, sí …de salida, solo la de mis amigos

Tenía que ocurrir, antes o después era normal que ocurriese. No es que haya que ser muy inteligente, no, simplemente es necesario un poquito de memoria.

Cuandos e constituyeron las últimas corporaciones municipales, alguien advirtió que en Madrid uno de sus concejales había enviado por las redes sociales chistes humillantes contra algunas víctimas de terrorismo y contra el genocidio judío. El concejal – y su tribu – dijeron que eso era libertad de expresión. Un juez abrió el caso pero aquello no duró mucho y la sentencia fue absolutoria porque aquellos chistes estaban amparados en la libertad de expresión. Y la izquierda estatal – del Estado español y funcionarial – sentenció seria, campanuda, ¡cipotuda!, que la libertad de expresión era intocable.

Mientras tanto en Barcelona, la alcaldesa ha montado dos exposiciones. Una en el Born sobre el franquismo, la otra dicen que es una reflexión sobre le capitalismo. En ambos casos son banales y pueriles, una excusa para ir el domingo por la tarde, después de misa o del vermú, a echarles un vistazo, y luego tomarse un chocolate con picatostes. Parece ser que los encargados por la alcaldesa de montar las exposiciones buscaban que aquello tuviera una función educativa; mostrar al público – nunca fue más adecuado el vocablo – a los ignorantes que desconocían las maldades de la dictadura franquista – y por ende, las dictaduras de derecha—y los males que el capitalismo acarre. (Hago aquí un paréntesis para llamar la atención del hecho de que en una sociedad opulenta, capitalista y derrochona, como el Ayuntamiento barcelonés nos recuerda con sus actos, se monte una exposición – un teatrillo, en verdad—sobre los males del capitalismo. ¡Si nos estuviéramos comiendo los mocos o quitándonos el hambre a sopapos, pero ¡resulta que todos tenemos teléfonos móviles y la gente se permite el lujo de elegir su modelo!)

Parece ser que hay quien no entiende que eso es libertad de expresión. ¡Sí, lo banal y lo pueril, lo vulgar y lo cochambroso, lo superficial y lo que está de más, también están amparados por la libertad de expresión. Pues hete aquí que unas bandas de concienciados muchachos anticapitalistas de esos que si por ellos fuera sacaban a Cataluña de la Vía Láctea, no han percibido esa sutil rasgo y la emprendieron a mamporros contra la estatua ecuestre del miles gloriosus, y contra los carritos que eran símbolos del capitalismo que nos asesina.

Lo dicho que la libertad nos gusta cuando es la nuestra o la nuestros amiguetes, o cuando nos reafirma en nuestros prejuicios. En caso contrario, como son estos dos últimos, siempre hay bandas de esforzados luchadores antifascistas, anticapitalistas, anti… que se encargarán de impedir — con violencia, por cierto (la partera de los nuevos tiempos según predicaban Marx y Lenin) – algo tan delictivo y peligroso.