Mentiras, decadencia, política

Este año han atrasado la hora justo antes de que la Seminci comenzara. Así, ya no veo surgir la luz silenciosa y decidida mientras me encamino al cine. Ahora, cuando salgo de casa ya es de día y el frío húmedo de la mañana temprana ya campea por las calles. He llegado temprano al bar y he desayunado y he leído la prensa, un vistazo breve a las críticas de las películas que ayer proyectaron en el festival. Hay quien dice que Nahid no es el nuevo cine iraní. Aquí hay un error de fondo: la expectativa, que se fue fraguando a principios de los años ochenta y quizás finales de los años setenta, de que todo tenía que ser nuevo: el nuevo cine alemán, la nueva narrativa española, la nueva sentimentalidad, … y así todo lo que caía entre sus manos. La revolución permanente… siempre mentira. La novedad se acaba y en algún momento, que nunca percibimos en presente, comienza la normalidad, la repetición, el pastiche.

De novedades, revoluciones y mentiras trataba la película de esta mañana: À peine j’ouvre les yeux. El despertar de una adolescente a la vida: sexual y sentimental, al tiempo que política después de que ocurriera la Primavera árabe, que aquí algunos saludaron alborozados, y que quedó en represión. La historia de los padres se repite en la hija: una lástima, sí, una verdad que no todos quieren aceptar ni mucho menos asimilar.

En breve me iré a ver el documental La décadence. Trata de las casas en que Iván Zulueta vivió: en San Sebastián y Madrid. Iván Zulueta ha sido el mejor cineasta de los últimos cuarenta años. El único verdaderamente personal. Demasiado inclasificable e inabordable para nuestra débil Posmodernidad – cada vez más débil, por cierto, mientras boquea entre ahogos de populismo programado con técnicas de mercadotecnia. Zulueta, casi el único cineasta español que se atrevió a indagar en los códigos cinematográficos para desmontarlos y volverlos a reconstruir a su manera. El único que tuvo el coraje de mostrar las costuras, los intersticios de nuestra sociedad y de la vida.

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Iván Zulueta, fuera del tiempo

La lectura de la biografía de Eduardo Haro-Ibars y de sus poemas me conduce a un callejón sin salida, al igual que Haro-Ibars se encaminaba a otro idéntico, aunque no lo supiera. A mediados de los años setenta, una cuantas personas iban viviendo, de manera inconsciente, lo que estaba ya siendo su final, y no porque fueran a morir, sino porque el mundo iba por otros derroteros. Los poemas de Haro-Ibars son buenos – o, al menos, no desentonan con los que entonces se escribieron o con los que ahora se publican –, y sin embargo, hay una distancia que no parece que sean casi treinta años.

Otra de esas personas es Iván Zulueta. Una de las últimas fotografías de Zulueta es la de un hombre enfundado en una gabardina encontrado en algún callejón mirando a la cámara fijamente con algo que se confunde con el desprecio y el aire retador. Como la gabardina le llega a los pies, solo podemos vislumbrar los zapatos y un pañuelo blanco que le envuelve el cuello. No podemos saber la calle ni la ciudad. Es un hombre solo pillado en un instante de su vida. Sabemos quién es porque lo dice el pie de foto. Al contrario que en tantas fotografías de Alberto García Alix, aquí no hay ningún rastro de su pasado, de lo que ha ido tejiendo los sueños, desilusiones, esperanzas y derrotas de este hombre, que, dicho de paso, han sido muchas e importantes.

Cuando nada hay que nos permite contextualizar la fotografía, solo podemos hablar en términos generales y aun algo abstractos. Las circunstancias en que conocí sus películas – tendría que decir su película, Arrebato, pues la anterior tardé años en lograrla, por no hablar de sus cortometrajes –, la circunstancia, decía, es irrelevante; nada hay peor que el escritor que empieza a hablar de alguien y nos regala con una aburridísima peripecia vital en la que señala la suerte que ha tenido este por haber sido encontrado por el primero. Misterios de la egolatría, vicio capital de nuestra época.

Nada, pues, aventurero ni especial adorna mi conocimiento de la película de Arrebato, salvo la maravilla de haberla visto solo sin pedantes que se empeñaran en explicármela o en desvelarme sus misterios. A lo largo de los años he continuado asistiendo al cine, aguantando algunas maravillas y otros tantos bodrios llenos de autosuficiencia, carentes de criterio y huérfanos del más mínimo sentido del ridículo. Tanto en unas como en otras he podido reconocer trucos, manierismos y ocurrencias que ya había encontrado en las de Zulueta. La estancia en Nueva York, en la Escuela de Arte Moderno, Arts Students League, le puso en contacto con lo más vanguardista del arte. Sus experimentos con la Polaroid los vuelven a repetir hoy algunos.

No ha rodado mucho; no puede rodar mucho una persona con un universo tan cerrado y una estética formada antes de haber empezado y que no permite evoluciones – o ¿acaso sí las permite y el problema está en la industria cinematográfica, los espectadores y el gobierno? –; quizás sea una combinación de ambos factores lo que ha impedido una trayectoria más amplia, más diversa e igual de arriesgada.

¿Por qué fueron posibles películas como la mencionada o como Un, dos, tres, al escondite inglés?, ¿por qué hubo un momento en que la televisión pública fue capaz de producir Párpados?, o inversamente, ¿dónde están los experimentos de hoy en día?, ¿el riesgo y la modernidad?, ¿dónde el director que es capaz de sintetizar el mundo en una mirada y proponer esa mirada como un enigma irresoluble? Responder con la manida frase: “Zulueta es un genio, y esos se dan cada mucho tiempo”, no me sirve. Si Zulueta es un genio, lo es porque fue capaz de enfrentarse a la mediocridad existente y porque con una gran dosis de inconsciencia se atrevió a hablar de lo que todo el mundo callaba. Quiso imponer su mirada, no que se la impusieran. Esas cosas se pagan, pero eso al genio no le importa.

Todo eso a pesar de que su mundo se acababa y empezaba la postmodernidad. Ni los poemas surrealistas y políticos de Haro-Ibars ni las películas experimentales de Zulueta tenían cabida en la nueva España que estaban inventando. Habría que preguntarse por qué el Pop tuvo tan poca presencia en España en los años sesenta y setenta y cómo el sistema fue capaz de atraerlo y travestirlo, de domesticarlo y despojarlo de todo impulso innovador y heterodoxo, de reducirlo a unas cuantas películas de jovecitas con minifaldas y muchachitos con cara angelical que quieren ser malvados, por no hablar de otras aún más patéticas y tristes. Como tantas otras cosas, el Pop fue una imposibilidad, y en los pocos casos que se intentó, el saldo fue negativo (cabría la excepción de la poesía de los años setenta, es cierto, que en seguida se agostó o tomó otra derrota.)

Las innovaciones de entonces aún las continúan algunos; otros han capitulado. La frescura y el riesgo quedan para un tiempo en que las cosas no estaban tan controladas. Puede parecer increíble pero hubo unos años en que el descontrol era posible y cualquiera podía decir y hacer lo que quisiera, una época de inaudita libertad en la que aún se podían hacer cosas sin que el dinero fuera el primer motivo para llevarlas a cabo. Las vanguardias tenían una parte fundamental de juego, de vocación lúdica transgresora. En España las vanguardias se dieron en la primera década del siglo XX y reaparecieron en los años ochenta para certificar la defunción de la libertad creadora.

Si entre mediados de los años setenta y mediados los años ochenta unas cuantas personas gozaron de una libertad extraordinaria para cualquier tipo de expresión artística – y no solo artística, para vivir también –, a partir de mediados de los ochenta, y sobre todo, en los años noventa, las grandes empresas pusieron en marcha una estrategia de aniquilación de la disidencia mediante la imposición del criterio crematístico como fin supremo. Las consecuencias ya las conocemos: extraordinarias campañas de lanzamiento de discos, libros o películas, que ahora, en lógica consecuente, se han convertido en productos, relegando la obra artística al desván o directamente al basurero, institución de premios que reconocen las obras de figuras ya conocidas con el propósito de conseguir unos beneficios superiores al quince por ciento, prácticas empresariales que ahogan a aquellas empresas que no sean transnacionales como la lógica y natural ley del mercado nos adoctrina. Frente a ellos, una grupo de llamados artistas que piden subvenciones para que el Estado pague la mediocridad que son capaces de pergeñar.

Nadie parece darse cuenta de que es necesario vivir en rojo como acertadamente señal Eduardo Haro Ibars, y que la obra del propio Eduardo, la de Zulueta o la de Alix nos muestran es solo en los márgenes donde existe la libertad necesaria para hacer algo interesante.

Zulueta está fuera del tiempo porque cuando alguien se atreve a volver a ver sus películas, o las ve por primera vez, lo que encuentra es unas películas que no se filman en España, y que pudiera parecer que nunca se filmaron, y, por supuesto, que ya no volverán a filmarse. Aunque en realidad no tenga que ser así. Zulueta pertenece a un tiempo determinado, el de aquellos que nacieron alrededor de los años cincuenta y fueron jóvenes a mediados de los años setenta. Vivieron momentos que les mostraron que el ser libres era posible. Hoy algunos viven, o malviven, y luchan por una libertad de verdad, más allá de las imposiciones dinerarias, de las listas de venta y de la presión de la fama. Son pocos, pero se atreven a fundar editoriales mínimas en las que publican libros infinitamente más interesantes que los de las grandes editoriales. Los tiempos no se repiten, pero el ansia de libertad está más allá del tiempo, fuera de él, al igual que la obra de Zulueta.

(artículo publicado en Minotaurodigital en 2005)