Los claros recuerdos

Contemplo en fotos la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer, y me vienen recuerdos de la casa de mi bisabuela en Málaga. La misma solería con las estrellas dibujadas, el color pardo de las mismas, el suelo desgastado, la luz que se cuela por las estancias abiertas. En el piso de arriba – parece – las habitaciones seguidas unas de otras, sin pasillos, abiertas al patio central por donde la luz, y el frescor se cuelan, la una de arriba, el otro de abajo.

Son recuerdos ya solo, imágenes fugaces, impresiones que viven en mí y logro recuperar porque una fotografía enciende la chispa eléctrica de la memoria. Las altas puertas blancas en las que rebota el sol inclemente y se transforma en alegría, los zaguanes oscuros, la alta escalera que me llevaba al piso de arriba donde vivía una de sus hijas y desde donde el azul del cielo parecía que se podía tocar. Era, entonces, todo ascenso.

Me acuerdo hoy, al ver las fotografías y pienso en que este año también es el centenario de un libro fundamental para la poesía: “Diario de un poeta recién casado”. Nadie logró hacer de la anécdota tan clara y firme categoría poética; con la excepción, sí, de Wallace Stevens.

 

En el mercado de frutas y verduras

El tiempo pasa rápido. Como suele rezar la frase: “Parece que llegamos ayer y ya ha pasado casi un mes”. Un mes que ha sido un proceso paulatino de ir buscando una cotidianidad. Los paseos por la ciudad a media tarde para tomar un té o una cerveza, las visitas semanales al supermercado, el mercadillo de frutas, verduras, limonadas y quesos o panes, todo eso han sido los elementos que nos han permitido construir una vida corriente al margen de la tarea que llevábamos asignada.

Entre los momentos más interesantes se encuentra el vagabundeo por el mercado de frutas y verduras. Sorprende el interés que ponen en que sepamos todos los visitantes, fijos o casuales, que todos los productos están cultivados sin el uso de pesticidas y abonos químicos; es lo que llaman “organic” y que algunos, en España, mal traducen como orgánico. Sorprende también la paleta de colores en las zanahorias o los tomates. Estamos acostumbrados a que las zanahorias sean de ese color pero no rojizas, ni escarlatas, ni anaranjadas, al igual que tampoco estamos acostumbrados a ver tomates púrpuras, o rosáceos. Pasamos por un puesto donde los melocotones tienen el aspecto suave del terciopelo. En un país donde los olores han quedado reducidos al mínimo, me quedo con las ganas de acercarme una pieza para olerla. Una niña, no muy lejos, como uno y en los mordiscos que le ha asestado, se ve el frescor jugoso de la fruta que chorrea por su mano. Su hermano también se afana en la tarea aunque por ser más pequeño no tiene tanta destreza.  Los venden al peso, por libras, pero también por cajas, y da la impresión, que creo bastante cierta, de que se los quitan de las manos. Más allá hay montañas de tubérculos. Remolachas, nabos, chirivías, rábanos; todos crudos y, una vez más, de colores desusados para mí. Seguimos mientras compramos algunas verduras que conocemos y dudamos ante otras que nunca hemos visto. De repente en un puesto, ante cestillos de pimientos pequeños, una señora pregunta si son de padrón. Aunque habla en inglés, sin embargo, pronuncia con bastante corrección la palabra española. Durante un segundo dudo si dirigirle la palabra, aunque al final opto por seguir mi camino. Lo cierto es que no ha podido ver muchos pimientos de padrón pues aquellos aunque pequeños eran carnosos y rojizos. En casa parto uno con las manos y me lo acerco a la nariz. Tiene un olor fresco, potente, familiar, el sabor es intenso.

Después de estar un buen rato viendo los puestos y de haber comprado un pan enorme con queso y albahaca, en un puesto donde venden limonada casera, compramos dos vasos y nos sentamos en la hierba, bajo la copa frondosa de un árbol, a descansar y disfrutar de la limonada y de lo que queda de la tarde. Mientras la voy bebiendo a sorbos cortos, recuerdo algunas novelas de mi niñez, esas de los Cinco y el perro, los Siete secretos o los Cinco pesquisidores. Solían estos hacer limonada para luego venderla en las fiestas del pueblo o en alguna excursión. Siempre me pregunté cómo la harían y a qué sabría. El otro día lo descubrí bajo la sombra densa del árbol mientras algunos perros correteaban por la hierba y los niños se divertían sin casi levantar la voz.

Una provincia por ti amada

Me entero del fallecimiento de José Luis Borau muy tarde el viernes, cuando ya es sábado pero aún nos resistimos a cambiar el día porque no hemos dormido. Borau era un cineasta que estaba allí, que había estado siempre, con una carrera que suponíamos asentada aunque sus mejores años no los habíamos llegado a conocer.

El sábado por la noche en la televisión volvieron a  poner Tata mía, una buena película sobre el pasado, sobre esa entelequia que han dado en llamar la memoria histórica. La película está dirigida en 1986 y eso la distingue de muchas de las últimas que se han hecho sobre el tema. Para empezar es original y poco debe a la marea de las última década, con sus personajes planos y sus blandos guiones de los que ya conoces las peripecias antes de que ocurran, así como a sus personajes, planos, representación cada uno de ellos de una virtud o sobre todo de una maldad bien definida, con el loable propósito, debían de pensar guionista y director, de evitar que los espectadores se confundieran o no fueran capaces de entender la enseñanza si los personajes eran demasiado complejos.

No era así en Tata mía. Tampoco hay esas reflexiones lánguida, líquidas, ahogadas por la ignorancia en historia de quienes han escrito el guión sobre el país, las personas o tutti quanti. En Tata mía, la protagonista vuelve a su casa después de muchos años de ausencia. Vuelve a la casa familiar, sita frente al Retiro madrileño, la casa de quienes tienen fortuna y colaboraron con el golpe de estado del 36, aunque luego se distanciaran del dictador. No hay elaboraciones teóricas ni sobre clases sociales. Es solo la historia de dos personas, principalmente, que vuelven a encontrarse después de muchos años, y deciden regresar a la infancia, a la tienda de campaña, al mecano, a todo aquello que dejaron en suspenso, porque ellos dos  han vivido en suspenso esos últimos años. Lo único que les interesa es poner en claro sus asuntos para poder continuar sus vidas adultas. Algo parecido a lo que deberíamos haber hecho como país, y que estuvimos haciendo durante varios años, hasta que todo se torció.

Fragmento

Vuelven ahora los recuerdos que nunca terminaron de irse. Los recuerdos de una infancia que recuerdo en fragmentos de luz intensa, brisa del mar cercano y frescos portalones con escaleras de madera que ascendían hacia el cielo de la felicidad de los dulces y tebeos que me esperaban en algunas de las casas que visitaba con mi tía.

También recuerdo las calles estrechas por las que paseaba con mi abuelo, entre comercios antiguos de escaparates con cristales de formas redondeadas y género intemporal, aquellas bragas enormes de algodón, o los calcetines de perlé, y algunos uniformes de trabajo, entonces tan necesarios.

Pero sobre todo vuelve la copla, aquellas que escuchaba en casa de mis abuelos. Una vez más la luz radiante, intensa, estallaba al rebotar contra las paredes blancas del edificio de enfrente. Allí pasé mañanas de verano sin fin, escuchando a la Piquer mientras curioseaba por entre las miles de baratijas que almacenaban en la despensa o en el salón a oscuras, imponente por lo poco que lo frecuentábamos.