El paso del tiempo

Se van muriendo. Este año van dejándonos uno tras otro, alargando una lista que, casi siempre, es muy larga ya.

La última ha sido Ana María Moix. Estaba ahí, discreta, como una secundaria importante, presente pero sin tener protagonismo, que es como a mí me gusta que esté la gente. Los autores principales son, en la mayoría de los casos, aburridos después de estar con ellos un rato. Hay excepciones, lo sé pero apenas cuentan.

A Ana María Moix la leí poco, pero me gustaba que estuviera allí. Las pocas entrevistas que concedía las solía leer con interés. Pertenecía a un grupo, ese llamado gauche divine catalana, en el que coincidieron algunas personas muy importantes. Muchos hicieron una labor importante en esto de la cultura española, algunos fueron algo divinos o divos, creo que ninguno estomagante.

Ahora, Ana María Moix ha fallecido, como ya murieron otros antes que ella, y yo contemplo la foto que está encabeza este breve escrito y me gusta por ese aire de desamparo que la nimbaba. A estas alturas pienso, cada vez que veo una foto, que bien puede ser una pose. Quizás lo fuera en su caso, quizás no. Es lo de menos en este momento porque la foto lo que recoge bien es un momento en la vida de alguien que ya no es adolescente aunque su cuerpo se resiste a darse por enterado. La soledad es la de cualquier persona que ha dejado atrás ese que llamamos infancia y mitificamos sin mucha razón. La soledad es siempre individual, aunque haya quien quiera hacer el discurso de lo generacional.

 

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Grecia

Grecia es nuestros inicios. Con independencia de que, como algunos historiadores señalan, parte de la filosofía proviniera de Oriente y los griegos partieran de esa base, es en Grecia donde la filosofía se desarrolla. Y con la filosofía, un modo de entender al hombre y su política. Aparecen los primeros brotes de conceptos tales como democracia, universalismo o humanidad, aunque tampoco están ausentes otros como aristocracia (un ejemplo son los héroes homéricos) u oligarquía.

Grecia siempre ha actuado como imán. Al ser una cultura desaparecida, los europeos hemos podido soñar con ella, adaptarla a nuestras necesidades, admirar una parte o un detalle de la misma. Johann Joachim Winclemann estudió la estatuaria griega y nos dejó un libro extraordinario; Byron – ese poeta ampuloso al borde de lo vulgar – viajó para liberar Grecia; Keats nos dejó algunos de los más grandes poemas, que tienen como excusa el mundo griego. Por no hablar de Frieddrich Nietzsche, y su obra juvenil, El nacimiento de la tragedia. Poco escritor habrá que, consciente de su tarea como algo artístico y técnico a la vez, no haya prestado atención a la Poética de Aristóteles. Y así podría seguir durante un buen rato, que sería también un buen espacio en este cuaderno de apuntes.

Quiero fijarme en una figura importantísima dentro de la cultura griega: el héroe de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. El héroe trágico griego actúa movido por su conciencia (si este concepto tiene sentido en la Grecia Antigua), actúa por un sentido ético de la vida. No le importa enfrentarse al poder político, al poder religioso, a la tradición, a sus conciudadanos o a sus amigos. Es curioso que en las grandes tragedias los personajes ejemplares sean, en un primer momento, secundarios, y que Orestes o Electra sean reprobados por la sociedad. El héroe trágico se enfrenta a la sociedad con su sola norma moral y el convencimiento de que hace lo correcto. Es el ejemplo del individuo que conoce sus obligaciones dentro de la sociedad pero niega todo comunitarismo que impida su libertad individual. Vive en comunidad pero no delega la exigencia de la libertad individual. Por esto, sabe que está obligado a actuar y que no puede ignorar el dilema ante el que se halla enfrentado. Sabe también que todos los actos tienen consecuencias, que una vez uno ha actuado no puede negar las consecuencias de su acción, ya sean buenas o malas.

El héroe griego es uno de los ejemplos supremos de lo ético porque actúa y asume las consecuencias de sus actos. No pretende hacer como si nada hubiera ocurrido ni descarga su responsabilidad en las espaldas de los demás ni tampoco pide ayuda a ninguna institución para que le resuelva su problema. Se yergue glorioso y solitario ante el mundo, satisfecho de haber cumplido con su deber, a pesar de que el resultado sea el exilio o la reprobación social.