Los adioses

Siento que me encamino, si no estoy ya decididamente en ello, hacia la renuncia casi total del pasado. Aunque esta es una frase muy ampulosa que habría que matizar mucho. En realidad debería escribir de renuncia al sentimentalismo, a la vana sentimentalidad de lo que solemos recordar con benevolencia. Es fácil caer en la trampa y construir algunos momentos, modelarlos para que los recordemos fulgurantes, maravillosos, inigualables, qué sé yo.

Hay que saber colocar las cosas en su sitio. Hay que saber mantener el orden y la jerarquía en la vida propia. El abandono en la dejadez es tan peligroso como la vida vuelta hacia el pasado.

Esta fue la razón por la que no asistí al concierto que Trogloditas dieron el viernes pasado. Fueron muy importantes, hay muchos momentos en mi vida ocupados por ellos, pero asistir hubiera sido caer en la nostalgia, dejarme llevar por un pasado que es ya solo una reconstrucción. Sé que hubo muchos de aquellos con quienes compartí la música de Trogloditas que asistieron. Imagino que disfrutarían, que ese día lo despidieron con una dosis suplementaria de felicidad.

Ni los Trogloditas de ahora son los de entonces – solo quedan dos del grupo original – ni tampoco nosotros lo somos. Como decía un verso que leí mucho en esos años: “Habré de creer que este he sido/ y éste fue el sufrimiento que punzaba mi piel?” No, no somos los mismos, cambiamos, al fin nos volvemos diferentes de quienes fuimos años atrás.

Volver al pasado es mal asunto por lo que tiene de confusión mental y desbordamiento de sentimientos. Hay que aplicar a conciencia algunas exigencias estoicas, y hay, sobre todo, que  saber que mudamos, aunque como alguien dijo, sea duro abandonar la última orilla.

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