Albert Camus

Al hilo de la lectura del libro de Hannah Arendt, Verdad y mentira en la política, me viene el recuerdo de la figura de Albert Camus, de quien leí el libro que José María Ridao había escrito sobre él (y del que dejé constancia de mi admiración de algunas frases del prólogo).

Vuelvo sobre la figura de Camus, solo, enfrentado a la potente maquinaria propagandística que fueron, entre otras tantas cosas pero también eso, la pareja Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. (No voy ahora a mandar por el sumidero de la vida a los dos. Fueron algo importante durante varios años de mi vida, y dejaron un poso — que espero que fuera lo mejor de los dos — en mí; un poso que está relacionado con su primera etapa, cuando aún no habían caído en la servidumbre comunista. Renegar de ellos, hacer como que no los hubiese leído sería caer en esa frecuentísima cobardía española de quien tuvo unas ideas y al cambiarlas niega haberlas tenido nunca.)

No reniego de Sartre ni de Beauvoir, quizás en gran medida porque nunca los tomé como palabra sagrada. Pero ahora, con el libro de Ridao, con algún otro más, me percato de la maquinaria propagandísica — me repito — que crearon y cómo lograron durante mucho tiempo, demasiado imponer su punto de vista, siempre tan sesgado.

Camus, al fin, solitario, con su secreto, al igual que Hannah Arendt, al igual que todos aquellos que se niegan a aceptar la normativización discursiva de los tiempos que, recordémoslo, está en manos de ese magma impreciso que se llama izquierda. Vuelvo a repetirme: ¡lástima de no tener hoy en día aun Foucault que analice y sistematice las normativizaciones discursivas, y también médicas, que se imponen en nuestra sociedad!

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La banalidad del mal

Había dicho que hablaría de dos películas (alguna más tendrá aquí un pequeño lugar) que he visto en la Seminci. Son Hannah Arendt y Barbara. Dos nombres propios para una misma historia heróica, el empecinamiento de dos mujeres en enfrentarse a los suyos, al sistema, a las ideas preconcebidas… de aquellos que dicen tener razón y no dejan de hacer lo posible para extender su verdad mediante la propaganda y el aplastamiento del otro.

Hanna Arendt se centra en el tiempo que la filósofa alemana estuvo de reportera en Jerusalén para asistir al juicio de Adolf Eichmann, oficial nazi encargado del transporte de los judíos a los campos de exterminio, y colaborador, pues, de ese genocidio. Lo que Arendt observó – y no debemos olvidar que no se conformó con saber lo que otros contaban sino que estuvo allí mientras duró el juicio y escuchó a la acusación, la defensa, el acusado y los testigos – fue que la maldad del nazismo era pura banalidad porque Eichmann nunca se reconoció como un sujeto libre que actuaba por voluntad propia. Eichmann fue uno de los primeros en escudarse en la obediencia debida a un líder. Él se veía como un engranaje dentro de una maquinaria enorme (¿el Estado Absoluto de Hegel quizás?) Eichmann prefirió, y hoy en día le siguen muchos aunque la retórica de las excusas haya variado con los años, no ser libre. Ni él ni a los que condenaba con el traslado. No le interesaba el destino final de los judíos, solo le importaba cumplir las órdenes, ser uno entre la multitud obediente (obediente a su líder máximo, claro.)

Bárbara es la concreción de esa banalidad del mal llevada a un caso concreto. En los años de la dictadura comunista en la RDA, una mujer, doctora, es enviada a un hospital de provincias por enfrentarse al régimen. En la película no se dice cuál es su delito. Solo vemos a la policía que registra su casa de vez en cuando, a una mujer que la examina con la misma periodicidad – la que dan las sospechas arbitrarias – después de que ella se ha desnudado. Vemos también a la casera, chivata de la Stasi, y a un médico a quien han encargado que se haga amigo de la doctora para poder sonsacarle información. Todos menos Bárbara obedecen órdenes, las órdenes necesarias para que el paraíso llegase a la tierra. La contención y austeridad de la película la hacen más creíble. Cualquier sonido por la noche despierta las sospechas y el miedo de la doctora, que sabe bien que nunca puede descansar quien se enfrenta a los aparatos represores de gobiernos como que los hubo al otro lado del telón de acero.

Muchos obedecieron órdenes, convencidos de que era lo apropiado, que ellos eran solo engranajes de una maquinaria que traería un mejor futuro. Otros hubo que en la zona libre apoyaron o hicieron la vista gorda ante tales atropellos. Algunos todavía reciben homenajes o son materia de adoración en algunas universidades.

La banalidad del mal. ¡Qué fácil es echarse en brazos del Ideal y trabajar para él, en comunión con la multitud que trabaja también para el Ideal! ¡Qué fácil es no examinar las consecuencias de nuestras acciones!, ¡qué fácil culpar de lo malo siempre a otro!, ¡quedar siempre nosotros exonerados de toda culpa cual seres angelicales!