Quo Vadis, República?

Y puede que morir sea ya inevitable. Pero, al menos, morir luchando. No este balar medroso de corderos que lo babea hoy todo. Yo soy Charlie.

Así de contundente, y no hay otra actitud que pueda llamarse humana — la que aúna dignidad y libertad –, se muestra Gabriel Albiac en su último libro, Alá en París, que es una crónica periodística de lo que vio tras lo atentados islámicos en París, en enero y en noviembre de 2015 respectivamente.

He comenzado el libro, y su contundencia, su exactitud, ese no ceder nunca ante el cobarde engaño de los silenciosos corderos, me ha empujado a escribir esta nota.

Pocos quedan ya, pocos con coraje cívico, pocos que no hayan sucumbido al populismo, pocos que aún sigan haciendo de la ética, una física que es una metafísica. Pocos que aún hoy mantengan la máxima:

non ridere, neque lugere, neque detestari, sed intelligere.

Es, sí, el final de una época, al nacimiento de otra: la de la Europa aniquilada, la de la destrucción de aquello que hizo de ella el lugar de la libertad, los derechos humanos, la Humanidad en sentido político. Destruida por el Islam, con sus guerreros que forman parte de Europa e algunos incluso con guerrilleros que no son musulmanes pero que, por resentimiento y miedo, apoyan el Islam. Hay que combatir el capitalismo, vociferan estos últimos, y para ello nada mejor que unirse a cualquier fuerza, aunque sea reaccionaria, que quiera destruirlo. ¿Dónde habrá quedado esa exhortación de Karl Marx a los comunistas en que les avisaba de que no todos los que querían derribar el capitalismo eran iguales y que algunos de estos solo pretendían implantar regímenes retrógrados? ¡Sí, flotan, sin terminar de ahogarse, en los restos de la papilla populista en que se ha convertido el comunismo gracias al populismo! ¡Tantos años hablando del socialismo científico para acabar en el populismo espeso, pringoso y sentimentaloide de raigambre peronista!

Soledad

Nunca nuestra subversión será tan honda como en el acto  de sabernos irreversible constructo del poder al que odiamos. Nunca tan solidarios como cuando tan solos.

Gabriel Albiac (a propósito del Estado y de Michel Foucault). De la añoranza del poder o consolación de la filosofía.

El horror, tan cómodamente contemplado desde nuestras confortables casas

Hoy Gabriel Albiac trae en su columna el dosier César sobre la tortura practicada en Siria en los últimos años. La lectura del mismo explica en gran medida la avalancha de refugiados que se han encaminado hacia Europa. Entre la muerte y la torura ciertas en Siria y el futuro incierto de pobreza y miseria, un europeo — pobre criatura malcriada por la abundancia y la banalidad — diría que no quiere saber nada de la miseria, de la ausencia de sanidad pública, de la ausencia de pensión a la hora de jubilarse, etc. Los sirios, cuyos brutales sucesivos gobiernos no les han permitido banalizar, prefieren la huida, el éxodo, la incertidumbre, estando vivos, a seguir viviendo en un país con un único partido en el gobierno, de ideología nazi (y no es ni símil ni analogía el uso de este adjetivo sino calificativo exacto).

Las fotografías son elocuentes. Alguno habrá, sin embargo, que hablando en nombre de la fraternidad y la no violencia y las consecuencias que vienen luego (se refieren a que vengan más refugiados) dirá que es mejor no utilizar la fuerza. Seguro que esgrimen el ejemplo del PaPaPaCo.

Siempre les quedará a estos equidistantes, dentro de cincuenta años, cuando el dictador sirio está ya viejo, decrépito y no tenga fuerzas, pedir una orden de captura para juzgarlo por crímenes contra la Humanidad, o quizás, mejor, esperarán hasta que esté muerto, enterrado y comido por los gusanos para juzgarlo in absentia. Para evitar cualquier contratiempo.

Es una gran suerte que muchos de esos que piden no intervenir no se sientan europeos, porque yo que, además de serlo, lo siento y creo que es nuestro mejor futuro, no tengo así que renegar de Europa.

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Actualización a las 23:00

Vengo pensando todo el día en los animalistas. Entre otras lindezas, los que están en contra del Toro de la Vega, amenazan a grupos como La Unión, que quiere dar un concierto en Tordesillas, o a Luis Martín Arias, que defiende el Toro de la Vega. En este caso, además, lo someten a un proceso inquisitorial con repercusiones en un programa de televisión estatal, y lo amenazan en su ciudad mientras pasea a su perro.

Estas personas tan concienciadas y preocupadas por el maltrato animal, sin embargo, no dicen nada cuando se les cuenta que en Siria hay torturas y se les enseña el dosier.

Lo que no quieren para los animales, lo permiten para otras personas.