La ficción y la alegría

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Mi ignorancia en temas musicales hace que imagine que J.S. Bach escribió su música para tiempos más alegres que estos nuestros y que la obra de A. Webern está pensada para momentos históricos negros.

Esto es solo lo que imagino porque en tiempos de Bach hubo desgracias, malaventuras y momentos en que no se vería salida alguna. Hubo otros, claro, de claridad que alumbraron la Humanidad durante años.

Lo mismo ocurre hoy en día. Hay momentos en que no vemos la salida a las tribulaciones que nos acongojan, y otros en que atisbamos ya el final de la negrura y el comienzo de la alegría, que no es sino el comienzo de un mundo mejor. A ello lleva dedicándose Fernando Savater desde los años setenta, o quizás antes. (Es, todo hay que decirlo, el filósofo a quien más he visto sonreir y reir, sinq ue esoq ueira decir que es un pobre hombre satisfecho de sí mismo.)

Toda la obra del Savater es una apertura hacia lo claro y lo diáfano, hacia lo razonable y la convivencia. A veces desde el ensayo, desde el apoyo a la ciencia – capaz de eliminar supercherías y oscurantismos – y a veces desde la literatura, desde la ficción. Al contrario de quienes piensan que la ficción solo aumenta la ilusión de las personas, Savater sabe que la literatura habla de temas para los que aún no tenemos una explicación racional y acaso nunca la tengamos.

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Intempestivo

Si hay una virtud en el filósofo es la de que sea intempestivo. Nietzsche lo era, y eso era, sobre todo, lo que nos gustaba de Niezsche. Decía las cosas fuera de tiempo, lo decía para convertirse en un inoportuno.

Hoy frente al gregarismo de encefalograma plano de tanta izquierda que se alinea con las posiciones de los nacionalistas, Fernando Savater publica un artículo Laicismo y lengua común, que escocerá y que arrancará coces de tanto zopenco como anda suelto.

Ayer, hoy y mañana, la izquierda seguirá apoyando las propuestas reaccionarias de los nacionalistas; hoy, ayer y mañana, la izquierda seguirá diciendo que es una alternativa de progreso. Hoy, mañana y en el futuro, la izquierda, despojada de algunas ideas fundamentales, solo será populismo.

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”

Karl Marx. El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

Ayer, hoy, mañana, bajo la retórica de la conciencia crítica, la izquierda solo sabe formar beatos.

Otredad

“Los otros todos que nosotros somos”, escribió Octavio Paz, allá por 1949 cuando aún las cosas no habían caído ni los conceptos había sido maltratados, y la otredad era un reconocimiento en el otro de lo que soy.

Pero traigo aquí a Octavio Paz porque he leído los que Fernando Savater dice de él en “Las ciudades y los escritores”. más que lo que dice, es el modo en que lo dice. Uno piensa que solo deberíamos hablar de otros escritores con el mayor entusiasmo. Es esta una época que se dice desmitologizadora pero que no pasa de resentida. Nos afanamos en hablar mal de los demás, con un propósito de desmontar las falsedades que alguien — a veces ellos mismos — crearon alrededor de personas notables, y lo único que se ve es el resnetimiento del que, apelando a tan alta misión, no pasa de ser alguien amargado y resentido que no acepta que otros sean mejores.

Hemos perdido la alegría filosófica — esa que tan bien ha teorizado Savater y que ha hecho de ella piedra medular de su vida –, aquella que nos empuja a ser mejores y a serlo con quienes nos rodean. En un situación así, ¿de qué sirve la otredad?