Columbarios y otras lecturas

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seguiremos adelante
como una proa en medio del espacio

Vladimir Maïakovski

Feria de Libro decaída

Este año tampoco he ido al recinto donde habían colocado la Feria del Libro. Desde que la desplazaron a la carpa nueva, más allá del río, no me apetece demasiado pasarme por allí y entrar en ese lugar, mal acondicionado y con peor acústica, según cuentan los que han ido. Libreros y editores también han excusado su asistencia. No todos. Algunos van, y es normal que vayan, a vender libros, que es de lo que se trata. A mí no me importa mucho que la hayan llevado a otro lugar, fuera del centro de la ciudad. Tengo la costumbre de pasarme por las librerías varias veces al mes; también bajo a la biblioteca con mucha frecuencia.

Hubo un tiempo en que me apetecía ir a la Feria. Estaba en el Campo Grande y llevaban a bastantes escritores interesantes para que presentaran sus libros y departieran con el público. Deberíamos destacar, ahora que estamos tan preocupados por los caudales públicos y por su despilfarro, que nunca lo hubo en la época en que Agustín García Simón la dirigió.

Agustín es un hombre con coraje y ganas de trabajar, alguien que conoce muy bien el medio editorial y a quien le gusta el contacto con los escritores, y con los lectores pues no en vano ha escrito varios libros. Es un hombre también con sus filias y sus fobias muy marcadas, y que solo la educación atemperan. Hay que decir que cuando fue el director de la Feria, cultura y negocio se complementaban, y el Paseo del Príncipe, o el Paseo Central, se llenaban de gente curiosa, gente que hojeaba los libros, que se acercaba a escuchar a los escritores – todo escritor que tenía algo interesante que decir, más alguno con poco que contar pasó por allí. Era la pequeña ciudad de provincias que decidía salir a pasear por las tardes cuando comienza la primavera, casi siempre tardía. La ciudad no era solo para los turistas ni era un escaparate en el que solo se puede mirar a distancia las cosas pero nunca tocarlas. La ciudad, en esos días, era para sus habitantes, y para quienes quisieran acercarse también, por supuesto. La gente vivía en la ciudad, paseaba por sus calles, se demoraba en las aceras, charlaban.

Los caprichos urbanísticos llevaron al alcalde a encargar una cúpula que emplazarían en una zona alejada de la ciudad entre varias carreteras principales y sin apenas paseos alrededor. Los libreros en su mayoría han dejado de asistir y entre los editores apenas se ven otros que no sean los institucionales. Mientras tanto, la vida en la ciudad discurre por los aledaños del Campo Grande y la Plaza Mayor.