La épica demediada

UFwSIQ2uTtWkk70vL6VlPw_thumb_2fd“Las semanas que vivimos peligrosamente”, así las llamarán de manera cursi y sin la menor originalidad. Lo segundo es normal. La izquierda desde hace muchas décadas, digamos que finales de los sesenta o comienzos de los setenta, vive del pasado.

Así cuando todo esto acabe, y no será muy tarde, comenzará el momento de la creación épica, de la idealización de unas vidas que no fueron mucho pero que se salvarán, de manera privada y sentimental, por unas horas, unos días o unas semanas en que sintieron el pellizco de la adrenalina en el corazón mientras La Luz del membrillo clareaba en sus cabellos.

Toda épica es siempre diferida, una creación posterior en el tiempo que busca esconder las vergüenzas, al tiempo que pretende crear una ética. En el caso de la épica homérica, es la del héroe griego; una ética, pues, aristocrática. Lo de estos días es la ética del resentimiento (que siempre se esconde tras el victimismo mientras lo va alimentando), una ética de la destrucción solo porque sí.

En la mayoría de los casos solo permanecerá el brillo de lo superfluo y de la brillantina y la bisutería. La adolescente ilusión de haber participado en una asamblea, en una manifestación. Poco más. Los héroes desaparecieron tiempo atrás, y con ellos la épica. lo de ahora es solo decorado pintado de purpurina.

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Grecia

Grecia es nuestros inicios. Con independencia de que, como algunos historiadores señalan, parte de la filosofía proviniera de Oriente y los griegos partieran de esa base, es en Grecia donde la filosofía se desarrolla. Y con la filosofía, un modo de entender al hombre y su política. Aparecen los primeros brotes de conceptos tales como democracia, universalismo o humanidad, aunque tampoco están ausentes otros como aristocracia (un ejemplo son los héroes homéricos) u oligarquía.

Grecia siempre ha actuado como imán. Al ser una cultura desaparecida, los europeos hemos podido soñar con ella, adaptarla a nuestras necesidades, admirar una parte o un detalle de la misma. Johann Joachim Winclemann estudió la estatuaria griega y nos dejó un libro extraordinario; Byron – ese poeta ampuloso al borde de lo vulgar – viajó para liberar Grecia; Keats nos dejó algunos de los más grandes poemas, que tienen como excusa el mundo griego. Por no hablar de Frieddrich Nietzsche, y su obra juvenil, El nacimiento de la tragedia. Poco escritor habrá que, consciente de su tarea como algo artístico y técnico a la vez, no haya prestado atención a la Poética de Aristóteles. Y así podría seguir durante un buen rato, que sería también un buen espacio en este cuaderno de apuntes.

Quiero fijarme en una figura importantísima dentro de la cultura griega: el héroe de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. El héroe trágico griego actúa movido por su conciencia (si este concepto tiene sentido en la Grecia Antigua), actúa por un sentido ético de la vida. No le importa enfrentarse al poder político, al poder religioso, a la tradición, a sus conciudadanos o a sus amigos. Es curioso que en las grandes tragedias los personajes ejemplares sean, en un primer momento, secundarios, y que Orestes o Electra sean reprobados por la sociedad. El héroe trágico se enfrenta a la sociedad con su sola norma moral y el convencimiento de que hace lo correcto. Es el ejemplo del individuo que conoce sus obligaciones dentro de la sociedad pero niega todo comunitarismo que impida su libertad individual. Vive en comunidad pero no delega la exigencia de la libertad individual. Por esto, sabe que está obligado a actuar y que no puede ignorar el dilema ante el que se halla enfrentado. Sabe también que todos los actos tienen consecuencias, que una vez uno ha actuado no puede negar las consecuencias de su acción, ya sean buenas o malas.

El héroe griego es uno de los ejemplos supremos de lo ético porque actúa y asume las consecuencias de sus actos. No pretende hacer como si nada hubiera ocurrido ni descarga su responsabilidad en las espaldas de los demás ni tampoco pide ayuda a ninguna institución para que le resuelva su problema. Se yergue glorioso y solitario ante el mundo, satisfecho de haber cumplido con su deber, a pesar de que el resultado sea el exilio o la reprobación social.