Et in Arcadia Ego

DSCF5094Por aquel entonces también teníamos la puerta de la casa abierta la mayor parte del día. Es cierto que una cancela guardaba la pequeña finca en que solíamos veranear y que el pueblo era pequeño, todos nos conocíamos y no había peligros mayores que algunas víboras sueltas o alacranes.

Cenábamos en el porche, y también solíamos comer si el calor no apretaba demasiado. Era finales de los años 70, unos años cargados de buenaventura e infinitas posibilidades, y que el adolescente que yo era entonces, o quizás ni siquiera eso, observaba con admiración y recelo, sin dejarme llevar por el momento ni rechazarlo de plano. También entonces vivíamos a los pies del monte – de la Sierra de la Nieves – y paseábamos por entre los olivares y almendrales y huertas cuando el calor – siempre el calor – no apretaba demasiado. Recogíamos algarrobas, que nunca comimos, y algunos higos chumbos, que sí que comíamos después de enfriarlos porque la sabiduría popular decía que comerlos calientes era malo. La sabiduría popular era, al igual que en otros lugares, equívoca pues a las serpientes solo las nombraba como bichas y la meningitis de una chica del pueblo la achacaba a haber comido almendras crudas calientes.

Íbamos al pueblo y veníamos de él varias veces al día: a comprar churros para el desayuno y ya de paso se los comprábamos a una tía materna que vivía en la plaza, a por el pan o la carne, a ver a los primos, a ver a fulano o a mengano, a pasear por las tarde por el pueblo, con la fresca y ya con camisa y pantalones (por la mañana vestíamos bañador y camiseta). Nada nos daba pereza.

Me gustaba levantarme temprano aunque no tanto como para ver el nacimiento del día, me apostaba en una tapia para ver hurones – si daba la casualidad que ese día pasaban por el camino, o víboras, o cualquier otro animal. Luego iba a comprar los churros.

Ahora, aunque no me aposte a la caza fotográfica de animales, la pereza sigue sin ganarme y no me importa acercarme a la Universidad en domingo para ir a la biblioteca, o para ir a por un café y luego la hogaza de pan, que aquí etiquetan como italiano, como tampoco da pereza subir más allá de donde vivimos – también en la falda de la montaña – para dar un paseo y pararnos en un café muy tranquilo y muy moderno dentro de que es una casa de montaña, toda de blanco, con un enorme mostrador de mármol blanco y una mesa alta con el azúcar, los varios tipos de leche, cubertería, servilletas y dos grifos para el agua: con y sin gas.

La atmósfera es tranquila, la gente lee o habla en voz baja, hay periódicos en la gran mesa que la gente coge y luego devuelve. Sirven unas pequeñas baguettes muy tostadas con jamón, hojuelas varias; nada que ver con las inmensas raciones que sirven en otros restaurantes. El aire acondicionado, de tan suave, parece que no existiera.

Supongo que quien lo dijo llevaba mucha razón: hay años, en la tardía infancia y pronta adolescencia que forman a una persona. A partir de entonces uno solo busca revivir, aunque sea en lugares distintos y muy alejados el paraíso que entonces descubrió.

Anuncios