Vivir es ver pasar

 

No recuerdo qué miraban los tres hombres. Quizás nada en concreto, la gente que pasaba delante de ellos, y después de tantos años transcurridos en la cafetería, con tertulias diarias, aún guardaban la capacidad de maravillarse por lo que veían. La ciudad, sin embargo, había cambiado mucho. En los ocho años, más o menos, que mediaban entre la primera y la segunda visita, era perceptible la cantidad de turistas que la visitaban. La primera vez eran los hijos y los nietos de los emigrados los que llenaban los cafés, los bares, las heladerías. Ahora, sin embargo, éramos los turistas.

Y allí seguían ellos, después de toda una vida, viendo pasar el tiempo, contemplando lo que era futuro cuando ya casi solo tenían pasado.

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Estampa

La mujer está sentada en un banco del parque, a la sombra de unos árboles frondosos, silenciosa, despeinada, con una chaquetilla de punto porque hace un frío desacostumbrado para esta época y esta hora, con la cabeza gacha, como concentrada o cansada. Calza unas zapatillas de franela, como casi siempre; normalmente los domingos suele llevar unos zapatos azul marino muy usados en los que se marcan las huellas de los juanetes.

Ahora está sola pero sabe que por la tarde tendrá compañía. Otras vecinas, la mayoría viudas como ella, algún que otro marido que no haya querido ir al bar, un anciano escueto y ausente que parece perderse cada día más en su traje gris y rozado por el tiempo aunque él todavía mantenga un porte digno con su sonrisa perdida y su paso mínimo.

Más allá el parque, con los jóvenes tumbados en la hierba o jugando en la cancha de baloncesto, algún que otro adulto paseando un perro, casi todos ellos de caza o de compañía. Algunos coches pasan a lo largo sin hacer demasiado ruido. A esta hora los niños han salido de su primer día de colegio y el griterío se ha perdido por las calles adyacentes. En un piso un señor mayor, al que se le marcan las costillas en el pecho, observa la poca gente que deambula por las aceras. No fuma ni habla por teléfono, solo observa mientras el aire le acaricia el pecho. El tendero está cerrando el colmado hasta la tarde y la peluquera ha salido a la calle para echarse un pitillo. En el bar están los habituales desde temprano por la mañana hasta casi la hora de cenar.

Puede ser una estampa intemporal de esta ciudad y de este barrio, pero no, es la escena propia de una sociedad. Es el lugar al que hemos llegado, quizás sin habernos movido mucho a pesar de habernos creído los más modernos. Una estampa que es producto de unas condiciones sociales pero que mucha gente que ha sido así siempre y seguirá siéndolo. Tenemos la necesidad de creer que la vida apenas cambia, que ya era así antes de que estuviéramos nosotros y seguirá igual cuando la hayamos abandonado. Es el conservadurismo esencial que habita en cada uno de nosotros. Algunos como Robert graves se dan cuenta de que no es así y titula su libro de memorias Adiós a todo eso o Stefan Zweig que le puso por título El mundo de ayer. Todo pasa y nuestros días, brillantes un día, se apagan en el olvido del futuro.