Sueños de adolescencia

Taza-verde

De adolescente quería ser escritor. En realidad quería vivir la vida de un escritor según la reflejaban las películas de Hollywood. Levantarme temprano, aunque tampoco mucho, pasar la mañana en el estudio escribiendo mientras por el amplio ventanal entraba una luz clara y vigorizante. Más tarde, en una biblioteca amplia de corte moderno, sentarme a leer lo que otros habían escrito. Alternaría novela decimonónica y de comienzos del siglo XX con poesía moderna – el sentido del adjetivo en este caso era lo menos importante –, de vez en cuando leería alguna obra de teatro y ensayos, aunque estos no terminaban de atraerme por aquellos años.  Era un trabajo ideal entre otras razones porque no tenía compañeros. Era algo que solo me incumbía a mí, que no tenía que hablar de ello hasta que lo entregara a la imprenta. Mañana tras mañana, recluido en mi casa, y al final de varios años – dos, tres, quién sabe – me desplazaba a Madrid o Barcelona, le entregaba el manuscrito a mi editor, charlábamos y comíamos opíparamente en algún restaurante moderno – hoy esos restaurantes modernos los cambiaría por otros afrancesados – y luego, en el tren de la noche o en el de la mañana siguiente volvería a la ciudad en que habito. A los pocos meses me llegarían las galeradas y, finalmente, algunas copias del libro impreso. Poesía, cuento, el género, entonces, era lo que menos me importaba. Solo contaba escribir. Quizás, por qué no, al igual que cuenta la leyenda de Francis Scott Fitzgerald, un martini seco a mediodía, y unas vacaciones en el Mediodía francés.

A día de hoy todavía no he probado ningún martini seco ni he visitado esa región de Francia. Tampoco escribo poesía ni novelas. A veces pienso que ha sido la falta de disciplina y el hacer del oficio de escritor una ilusión más que una tarea diaria lo que ha dado al traste con todos mis proyectos literarios. Reconozco que prefiero leer una novela antes que escribir unas cuantas cuartillas con un argumento que no sé dónde va a acabar. Mientras tanto, en el mundo ha habido una serie de cambios fundamentales, entre ellos el del agente literario. Ya existían cuando yo era adolescente, pero ahora su papel es muchísimo más determinante. También la música me distrae, con complacencia mía, por supuesto, de mis tareas literarias, más supuestas que reales. Hay a quien le distrae el mundo, la sed de aventuras, el deseo de viajar; a mí siempre me ha distraído la literatura.

Tomo notas casi sin cesar: de planes, de ideas, del mundo que me rodea, apunto citas de otros escritores, comentarios, frases ingeniosas o que abren perspectivas inusuales. Tengo varias docenas de libretas llenas con ese tipo de miscelánea. En ellas hay un proyecto de un libro de viajes por Estados Unidos, que no escribiré seguramente porque Nathaniel Hawthorne o Herman Melville me habrán detenido, algunas ideas para ensayos sobre el cuento o la poesía que se quedarán entre las hojas de las libretas porque volveré a leer esos cuentos y poemas y el tiempo se habrá pasado. De joven nunca me gustó ese escritor de una sola obra que, después de publicarla, se distraía quién sabe por qué razones. Ahora veo que yo ni siquiera llego a ser uno de ellos.

Soy un escritor – si es que lo soy – de acompañamiento. Lo que escribo es una simple excusa introductoria a algún autor mayor. Hay por ahí, mías, desperdigadas, notas, artículos, prólogos a ediciones y traducciones de otros que sí que tuvieron la disciplina necesaria y la capacidad de desprendimiento para convertirse en grandes autores. Yo los leo y, de vez en cuando, les escribo un prólogo o una reseña.

Friedrich Nietzsche habló muchas veces del amor fati.

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