La épica demediada

UFwSIQ2uTtWkk70vL6VlPw_thumb_2fd“Las semanas que vivimos peligrosamente”, así las llamarán de manera cursi y sin la menor originalidad. Lo segundo es normal. La izquierda desde hace muchas décadas, digamos que finales de los sesenta o comienzos de los setenta, vive del pasado.

Así cuando todo esto acabe, y no será muy tarde, comenzará el momento de la creación épica, de la idealización de unas vidas que no fueron mucho pero que se salvarán, de manera privada y sentimental, por unas horas, unos días o unas semanas en que sintieron el pellizco de la adrenalina en el corazón mientras La Luz del membrillo clareaba en sus cabellos.

Toda épica es siempre diferida, una creación posterior en el tiempo que busca esconder las vergüenzas, al tiempo que pretende crear una ética. En el caso de la épica homérica, es la del héroe griego; una ética, pues, aristocrática. Lo de estos días es la ética del resentimiento (que siempre se esconde tras el victimismo mientras lo va alimentando), una ética de la destrucción solo porque sí.

En la mayoría de los casos solo permanecerá el brillo de lo superfluo y de la brillantina y la bisutería. La adolescente ilusión de haber participado en una asamblea, en una manifestación. Poco más. Los héroes desaparecieron tiempo atrás, y con ellos la épica. lo de ahora es solo decorado pintado de purpurina.

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La épica americana

Mike Brodie

Mike Brodie es un joven con una biografía de esas que gustan mucho a los que son incapaces de entender el arte y buscan solo excusas para hacer de samaritanos. A Brodie, un tipo criado en la marginalidad, esas personas le desagradan, y creo yo que ahí radica en parte su abandono de la fotografía. Mejor abandonarla a que te utilicen los samaritanos.

Brodie se inició en la fotografía con una polaroid después de llevar muchos kilómetros en mercancías a las espaldas. Me recuerda en cierto modo a Huckleberry Finn, el joven que echa a andar por tren o barca por los Estados Unidos por el solo placer de viajar. Más tarde vinieron los beats: Jack Kerouac y Neal Cassady. Entre todos, y alguno más, han configurado la épica americana del viaje. Un viaje entre gente que apenas tiene para vivir, que va de un lado para otro en busca de un trabajo que les permita ir tirando, gente que es feliz viviendo con lo justo, sin futuro y sin tener que aguantar redentores.

Son fotografías, directas, documentalistas, en las que lo poco que tienen de pensadas y preparadas apenas se nota. Al verlas uno piensa en que ese estar pegado a la realidad, ese documentalismo las salva de la banalidad, de lo hinchado y de lo huero. También la actitud de Brodie hacia el arte. En el catálogo de la exposición el fotógrafo dice: “Desarrollar las habilidades asociadas a un oficio debería ser prioridad. Hoy hay una epidemia de poner al artista antes de perfeccionar el oficio.” Dejando aparte la mala traducción, es una idea que muchos artistas deberían poner en práctica.

Trenes y libertad: la vieja épica americana desde los esclavos que huían al Norte hasta el presente de los trabajadores, inmigrantes y vagabundos que van de un lugar a otro sin rumbo fijo.

Enfasis, prosaísmo, vida

Nahid es una película que logra lo que hoy en día aquí, en España – hoy en día y en el pasado no tan remoto – es impensable. Nahid es una película ambientada en Irán en la que no aparece ni una mota de polvo del desierto ni el calor achicharrante de esas latitudes ni hombres con chilaba ni ninguno de los otros tópicos que los amantes del cine de los países no occidentales tanto aman. Todo ocurre en una ciudad de provincias, nos imaginamos frente al mar – que pensamos es el del Golfo Pérsico – mientras cae la lluvia fina del invierno y en las casas encienden pequeñas estufas eléctricas. Imaginémonos en España una película donde no aparezcan tópicos similares: bares de barrio, panorámicas de Madrid o Barcelona, tampoco el reniego de ser español – tan castizo, si no más, que el proclamarse español. Apenas hay: Arrebato y poco más. El casticismo y el costumbrismo son parte de nuestra esencia más honda e inerradicable.

Otra de las características que más me gusta – tan escasa por aquí igualmente – es que la rebelión de la protagonista por llevar una vida normal, por ser dueña de su vida, no está contada en tonos épicos. Imagínese el lector algo parecido en España: las flamígeras banderas ondearían feroces, y los claros clarines que mencionó Rubén Darío sonarían durante toda la película. El pueblo en armas – aunque solo sea el pueblo femenino – se alzaría heroico y decidido contra la opresión. La realidad, por el contrario, es más prosaica. Quien ha tenido que luchar sabe que hay que fijarse en los elementos pequeños del día a día: lo corriente, lo mínimo, lo común, lo necesario; la épica sirve para inflamar las cándidas almas de los espectadores pero no consigue ganar las batallas. Esto es aún más impensable hoy en día en España: estamos, como alguien dijo, enfermos de énfasis. El impulso épico de las películas se ha colado en nuestro imaginario y es difícil concebir algo que lleve solo el tono apagado, sombrío, polvoriento de lo cotidiano. En la lluvia se da el amor furtivo de la protagonista y los sucesivos desencantos de la vida. En la lluvia está el encuentro con el hijo y su desaparición: el marido del que se divorció y el hombre al que no puede amar en público.

El tono pausado, el ritmo medido, lo innecesario que no entra en la película. Cine escueto, sí, en el que se adivina solo el deseo por ser libre y nos deja sin una resolución cómoda, reconfortante, facilona.