Ensayos

Leo un libro que recopila los mejores ensayos americanos de 2011, compilados por Edwidge Danticat de una cantidad poco menos que imposible de leer y previamente seleccionados por un editor. El libro está bien, el nivel medio es alto, aunque haya algunos que no me convencen nada.

Esto se debe a que un ensayo es un escrito no ficcional, aunque todos sabemos que siempre hay algo de ficción en ellos, pero ha de ser lo mínimo y, sobre todo, no ha de afectar a lo importante del ensayo. En algunos de los que llevo leyendo tengo la sospecha de que no es así, que el escritor ha elegido una idea y que utiliza la ficción para exponer sus ideas. Muchos de estos son ensayos autobiográficos, de una autobiografía falsa, claro, porque la mayoría de los hechos son inventados.

Con la excepción de estos – y que repito es solo una sospecha, pero con visos de no serlo – me llama la atención también las veces que citan a Ralph Waldo Emerson, algo que no es de extrañar porque Emerson es el gran ensayista americano, el que comienza la línea de ensayistas (hay alguna excepción, por ejemplo John Hector St John of Crévècoeur). Emerson es una presencia fundamental en Estados Unidos, al igual que lo son Walt Whitman o Mark Twain.

Los ensayos, por ir acabando para volver a la lectura, son amenos, están muy bien escritos, y sobresale entre los hasta ahora leídos el de Christopher Hitchens contando cuando le diagnosticaron el cáncer y el de Victor LaValle contando su vida cuando era obeso.

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El ahogo o, Pla por segunda vez

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Creo que he tenido suficiente de Pla por una temporada. Es un escritor bueno, muy bueno incluso, pero, ya lo dije, el peso del país lo ahoga. Pla es un observador nato, alguien que sabe ver con ojos atentos lo que sucede a su alrededor y no cae nunca en la tentación de hacer de lo particular una regla general. En el fondo, el lo advierte en algún momento de su dietario. “El drama literario es siempre el mismo: es mucho más difícil describir que opinar. Infinitamente más. En vista de lo cual todo el mundo opina.” Por la opinión es por donde se pierden la mayoría de los escritores, no hay más que echar un vistazo a las páginas de los periódicos llenas de escritores opinadores que solo enuncian lugares comunes y carecen del más mínimo estilo. Porque ese es otro de los quids de Pla, el estilo. No hay más que leer frases como: “una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes”, “las lejanías flotan en una blandura azulada” o “Digestión ligera a la sombra de las barcas. Ninguna molestia excesiva. La felicidad debe de ser esto” para darse cuenta uno de que estamos ante un escritor, alguien que domina, ama y respeta el idioma y la realidad.

Pero el país lo ahoga. A Michel de Montaigne, nacido en el Renacimiento, y señor de un castillo del que apenas salió, el país, la provincia o la región no lo ahoga. En aquellos tiempos no existía y su mundo de referencia era Francia y la cultura europea, en concreto la cultura grecorromana. Así pudo escribir sus Ensayos, y revelar la subjetividad del hombre moderno sin que nadie se sienta ahogada entre tanta boina francesa o chovinismo regional. A Pla le habría venido de maravilla escribir antes de que el Romanticismo, y su derivado político, ahogasen España en la reivindicación del país o de la provincia, que tanto da. Entonces su gusto por los periódicos extranjeros, por la cultura europea – Montaigne entre tanto otros – habría resplandecido más y la boina habría sido solo un pequeño aditamento. Es verdad que la boina de Pla no es como la de otros. En Pla queda como una curiosidad, pero sigue siendo boina.

Al fin y al cabo si uno quiere ser un escritor – o simplemente una persona – que no se vea ahogada por el país y quiere tener una mirada de distancias – que no es sino interesarse por lo que ocurre más allá de las fronteras sin que la pringue provinciana se vea adherida – ha de vivir fuera del país, de manera real o metafórica. Pero esta última es muy difícil: vivir en España sin ser español es asunto para superhombres. Los demás caemos en el ahogo paisanístico.