La bicicleta verde

El otro día fui a ver La bicicleta verde animado por las críticas tan favorables. La película quizás no sea una obra de arte – aunque debiéramos primero definir qué es una obra de arte. Para algunos lo artístico es lo ampuloso (recordemos innumerables poemas hinchados, y al mismo tiempo vacíos), para otros, es el retrato veraz del tiempo que les ha tocado vivir (estos dejarían fuera, por ejemplo, Moby-Dick), hay quien piensa que lo artístico ha de contener una enseñanza religiosa (se quedaría fuera, por ejemplo, Gamiani). Y hay quienes dicen que todo es arte, para que así nada lo sea. En fin, qué se le va  a hacer. En la variedad no siempre está el gusto, pero es el signo de los tiempos: no haya nadie sin opinión (como quien esto les escribe).

Iba diciéndoles que fui a ver La bicicleta verde animado por las críticas y por una entrevista a la directora que había leído. La película tiene, al menos, el don de la oportunidad. Ahora que se habla de la Primavera árabe que se va despeñando por los barrancos del fundamentalismo, una película nos enfrenta al invierno, el durísimo invierno de las mujeres en Arabia Saudí, invierno que se va extendiendo por el resto de los países árabes. Cuando digo invierno me refiero a la situación de ciudadanos de segunda, cuando llegan a ser ciudadanas, en que viven. La Primavera árabe nos ha permitido comprobar la visión orientalista (en el sentido que Edward Said empleaba el término) pero de modo opuesto a como se había estado utilizando hasta ahora. En la Primavera árabe hemos querido ver una revolución hacia la libertad cuando, en la práctica, ha significado una involución. Los viejos izquierdistas, olvidados ya de los que Marx les había advertido en el 18 de Brumario, pensaron que unirse a cualquier revolución significaba un progreso de la sociedad. Un análisis de la subjetividad colectiva les habría mostrado que no es ahora un momento de emergencias progresistas; más bien, todo lo contrario, y que, por tanto, las revoluciones que se dieran serían pasos hacia atrás que iríamos dando. Pero el Islam estaba ahí, y nosotros con nuestra visión orientalista (al modo de Said, ya digo), y así que los hermanos Musulmanes, grupo religioso, liderasen las revueltas, en Occidente solo podía significar un futuro de apertura. Claro que también el partido de Gaddafi o el de Hosni Mubarak en Egipto.

Con este excurso he ido llenando líneas cuando yo me había puesto a escribir de una película que me ha gustado mucho, y de la que hablaré en otra entrada próximamente (que viene a querer decir mañana o pasado).

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Ensayo de autobiografía III

Si uno puede – y es fácil en este caso – resistirse a los cantos de sirena editoriales, si uno se preocupa por informarse y buscar ejemplos en otras tradiciones, el esfuerzo termina por ser recompensado, y además muy pronto. Hay algunas memorias que son casi imposibles, las de Saint-Simon, o las Memorias de ultratumba de Chateaubriand – escritas con la mente puesta en la posteridad, y geniales más allá del deseo de perduración –, hay otras más modestas, al igual que hay biografías que son ya hitos en la historia secreta de las vidas privadas – y recuerdo las que Richard Ellman escribió de algunos escritores británicos, o más en general lo que algunos británicos, o americanos, han escrito de otros autores.

No fueron estas – con la excepción de Holmes – las que fueron juntándose en mi escritorio, producto más de la casualidad que de algún plan concebido de antemano. Ya antes del viaje había leído la de Eduardo Haro Ibars, una recuperación, no sé si oportunista o no ahora que volvemos, con cierta debilidad, es cierto, a los años ochenta, sin que nunca nos decidiéramos a abandonarlos; recuperación,  apuntaba, de un personaje que para mí es central en esos años, aun a riesgo de saber que la afirmación conlleva la distorsión de la imagen que han creado de los maravillosos años ochenta – pero esto ahora no importa, sólo quería señalar la casualidad que se dio mediado el mes de junio cuando leí, antes de llegar, una biografía y al llegar otra, las dos de escritores malditos, y no sé hasta qué punto buenos o no, unidos por ciertas aficiones secretas o con mayor simplicidad aún, frutos de sus respectivas épocas que no son, en el fondo, si no la misma: las mismas ilusiones y desesperanzas, idénticos afanes, virtudes y vicios.

Me interesa señalar lo que tienen de narración de un proceso de crecimiento intelectual estos libros en el ámbito anglosajón, tan alejado y ajeno a la revelación y exposición de detalles escabrosos, anécdotas sin sustancia, cotilleos y demás historietas chabacanas. Importa el crecimiento moral e intelectual del personaje – pues, guste o no, la persona se transforma en tal. Parecen entrever que para entender toda una obra o toda una vida es necesario el recuento, más o menos minucioso pero siempre meditado, de los años vividos sin que quepa la tonta nostalgia ni la sentimentalidad de la baratija de otros o el engolamiento pastoso de las divas. Una autobiografía es un ajuste de cuentas consigo mismo, un repaso juicioso y crítico a lo que hemos hecho y a lo que hemos abandonado, a quién hemos querido y a quién, olvidado; casi cualquier cosa, en fin, menos un ejercicio de complacencia con nosotros mismos.

Fuera de lugar es la autobiografía de Edward Said, alguien que siempre lo estuvo y que no se preocupó por encontrar el suyo. Es una obra centrada en el sentimiento de no lograr estar integrado, un sentimiento de alienidad, de ser no siendo y viviendo rodeado de quienes poco tienen en común contigo. En el fondo, la tensión intelectual y moral que no debería dejar de latir nunca si no queremos caer en la conformidad y en el farfulleo inane. Es un relato moral de cómo fue creciendo y forjando su extrañamiento. Cualquiera podría pensar que con sus antecedentes familiares lo normal es que hubiera estado integrado dentro de la élite árabe, y sin embargo la vida es más compleja. Said vive entre Palestina, Egipto y el Líbano en los años en que se desmorona un mundo árabo-occidental y es lentamente sustituido por una sociedad que surge de la ortodoxia islámica, que no tiene por qué ser estrictamente religiosa, pero sí política (y lo político esconde siempre una vena religiosa fuerte.) La sustitución de una sociedad plural en que religiones, razas y culturas convivían – aunque fuera con sus muchos problemas – por otra monolítica en la que desaparecen los problemas pero se enquista el problema de la tolerancia, la vive sin darse cuenta verdadera de su trascendencia; Said es aún un muchacho demasiado joven como para comprender las razones de tantas mudanzas y de los cambios de la fortuna, pero también lo vive como algo que de manera inconsciente influirá en su carácter. Mira el mundo desde la posición del que ha perdido mucho, casi todo: su país, un determinado modo de entender las relaciones con los demás o su lengua, al tiempo que es señalado por el color de su piel, por el acento raro que tiene al hablar. El padre es una figura extraña, inalcanzable e incomprensible, palestino que se siente americano y que mandará a su hijo a los Estados Unidos para que estudie. A ello se añade que es el único varón y que los lazos entre hermanos también le faltan. Todo ello contribuye a crear una mirada desde el borde o desde la periferia, una mirada inquisitiva, acerada, hecha de renuncias, silenciosas afrentas y pérdidas, pero también una mirada que busca la excelencia y huye de la mediocridad, la de quien no quiere engañarse y acepta mirar de frente al mundo hasta el final de sus días. En Fuera de lugar también hay sitio para contarnos su fascinación por la aventura intelectual, su gusto por la lectura y su pasión por la música, sin que la mirada retrospectiva empañe o adultere las sensaciones de los momentos singulares de la niñez.

Cabe pensar que si Said no hubiera tenido esa infancia, su carácter se habría moldeado de otra manera y con bastante probabilidad toda su escritura crítica habría tenido un sesgo distinto al haberle faltado esa experiencia periférica. Su autobiografía vale por lo que tiene de testimonio del crecimiento intelectual y moral (¿acaso no es lo mismo?) de alguien que con el tiempo lograría formar una escuela dispersa en la geografía pero muy unida por lazos intelectuales.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II