Lealtad

Lealtad. N. Dícese de la actitud de la persona que, a pesar, de las pruebas que la evidencia muestra, sigue sin reconocer que su grupo ha cometido un error, o un delito, o que, en suma, no son lo que decían ser.

Esto suele ocurrir en política. Aquí si se dice que una persona ha de ser leal hasta el final significa que ha de aceptar todo lo que el jefe del grupo impone y que no ha de atreverse a discutir ni a poner en tela de juicio ninguno de los actos que el jefe, por medio del grupo, ha llevado a cabo. En algunos casos, un segundón decide actuar por su cuenta y también reclama la lealtad que los demás otorgan al jefe.

Curiosamente, esta actitud coincide con la segunda acepción que da la Real Academia española: “2. f. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales, como el perro y el caballo.” En este caso, el animal es sustituido por la persona leal, que queda reducida a ese estado y consideración animal. No deberíamos, sin embargo, ver en ello un gesto despectivo hacia la persona leal vista la consideración que los animales tienen en determinados círculos, actitud que va extendiéndose cada vez a más grupos y que pronto permitirá cambiar esta acepción para que el amor o la gratitud sean las que los hombres muestran a los animales.

Se da la casualidad de que la tercera acepción de la voz lealtad reza así: “3. f. p. us. Legalidad, verdad, realidad.” Pero que la lealtad tenga que ver con la realidad y la verdad y no con la actitud obediente y acrítica de quien obedece al jefe en cualquier ocasión, es algo que no tenemos en cuenta y que incluso, en breve puede desaparecer del diccionario.

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Nueva sección en el cuaderno

Llevaba un cierto tiempo pensándolo y, por fin, me he decidido a añadir una nueva categoría dentro del cuaderno: diccionario. Cada vez es más frecuente leer artículos, noticias, escuchar declaraciones, en las que algunas palabras han adquirido un nuevo significado. Esto no es nada nuevo. Lleva ocurriendo así desde que hay lenguas. De otra forma el aumento en el significado se tendría que dar siempre mediante la creación de nuevas palabras. Sin embargo, gracias al desplazamiento semántico, una palabra puede tener un nuevo significado sin que por ello se vea obligada a perder los anteriores.

Voy a ir dejando aquí constancia de algunos de esos desplazamientos, casi todos intencionados y que redundan sobre todo en un aumento de la estupidez.

No soy el primero – nunca nadie es el primero. Traigo aquí a colación, por si el lector, pudiera estar interesado, y para que sepan qué es lo que pueden encontrar en este diccionario, varios títulos: Bouvard y Pécuchet de Gustave Flaubert, Exégesis de los lugares comunes de Léon Bloy o, por no alargarme, Tantos tópicos tontos de Aurelio Arteta.

Son tres ejemplos, excelentes. Mi modesta intención es acercarme un poquito a lo que ellos han conseguido.

Sobre los diccionarios

Sobre la mesa del despacho, extendido, como si esperase a que alguien le confiera sentido, el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle aguarda en la mañana oscura aún casi noche. Por primera vez una editorial asume el proyecto, hercúleo en más de un sentido, de traducirlo completo en España. Adversa ha sido su fortuna hasta ahora. Los tiempos, negro el futuro, permite albergar escuálidas esperanzas sobre su finalización. No es tiempo de proyectos a largo plazo ahora que todo se va cerrando y que con la supervivencia del día a día tenemos más que suficiente. Sin embargo, a pesar de todo, alguien se ha empeñado en, por fina, ponerlo al alcance de los lectores españoles.

El Diccionario es hijo de una época y de la obstinación de su autor. Su propósito es escribir un libro que ponga en claro los errores que se han ido acumulando en las biografías de personas principales. No se conforma con transmitir el saber recibido; se propone expurgarlo de las inexactitudes y supercherías que el descuido de unos y la mala fe de otros ha ido adhiriendo al cuerpo fundamental del saber. No se entiende esta aventura – pues algo tiene mucho de andanza inquieta – sin el trabajo que por aquel entonces había llevado a cabo David Hume, o sin el espolique que el ejemplo de John Locke y, anteriormente, de Baruch Spinoza representaban. La tarea hermenéutica que realizó Spinoza con la Biblia ayudó en gran medida a la secularización de la historia hasta entonces divina. Quizás sin la ambición que lo animó, y que le valió el mote de mal cristiano y peor judío, muchos de los avances que fueron viendo los siglos posteriores habrían tardado más en producirse. Una empresa tal está fuera de lugar en nuestra época. Valoramos la creatividad – sea el que sea el significado que le demos a la palabra – y damos excesiva importancia a los balbuceos incoherentes y a las torpes tentativas de infantes, a los que, de paso, colocamos en un lugar elevado que en modo alguno les corresponde. Paciencia, rigor, exactitud, gusto por la búsqueda de la información correcta, cotejada con sus fuentes, esto es lo que debemos buscar y no la absurda creatividad del principiante que, en la inmensa mayoría son gestos cargados de ignorancia.

Pero vuelvo a mi tema, los diccionarios. Pierre Bayle escribió uno de los primeros diccionarios críticos cuyo propósito más que avanzar en los conocimientos del momento era expurgarlo de toda falsedad. Así, al restituir solo lo demostrable por los hechos y por los testimonios históricos, despojaba de todo aquello que, con el correr de los siglos, se había ido añadiendo y que carecía de todo fundamento. Las supersticiones no surgen como tales; antes bien, se van formando mediante un proceso de sedimentación y de frecuentación. Las transmisión de informaciones que solo se sustentan en la tradición es una de las vías más apropiadas para que broten las supercherías.