Tierra yerma

De repente el tiempo ha cambiado. La niebla es intensa y la humedad es elevada. Hace frío y es desapacible pasear por las calles por el simple gusto de pasear. Es lo normal a estas alturas del año. Altura o ya bajura porque en nada cambiaremos de año, y siento que en estos últimos meses vamos cayendo en picado hacia nadie sabe dónde. No es el momento de aceleración histórica que dijo Walter Benjamin, el jeztzeit de su tesis XIV sobre filosofía de la historia.

El momento no está preñado con múltiples posibilidades. En realidad solo hay una: la caída por el barranco. Lo que aún no sabemos es la velocidad que alcanzaremos.

No olvidemos que en ese momento único el ángel de la historia corre, se aleja despavorido y vuelve la cabeza para mirar atrás y contemplar el tamaño de la catástrofe. Un ángel que tiene sus reminiscencias mesiánicas en Benjamin. El arcángel con la espada se aleja del campo de batalla una vez que la ha iniciado. En una tierra yerma, abandonada por la divinidad, la Humanidad lucha y el resultado es el acabamiento de toda esperanza y el regreso a la errancia, como en épocas pasadas.

La pregunta es cómo un materialista puede albergar todavía sueños o ilusiones proféticas.

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Lo muelle, lo informe

Desde la alta ventana de mi claro despacho observo a la gente que, abajo, pasea. Es la hora de sacar al perro a dar un paseo. Veo uno de esas razas nuevas que, engordado por el poco ejercicio que puede hacer en el piso y porque estas nuevas razas tienden a la voluminosidad, y me parece a lo lejos un cerdo. El trotecillo pesadamente ligero aumenta la impresión. Junto a él, camina una chica absorta en lo que imagino será su teléfono móvil, o quizás mejor denominarlo dispositivo. Viste chándal, y pienso que casi todas las chicas que pasean a sus perros llevan chándal, casi ninguna pantalón vaquero y, por supuesto, nadie viste falda. La falda se ha quedado para momentos especiales, sábados por la noche, alguna comida de gala – esa gala decaída que son los cumpleaños de un familiar o la cena de Nochebuena – y poco más, si acaso una cita romántica con el novio, y creo que ya ni siquiera eso.

La chica pasea, el perro corretea jadeante a su alrededor, sortean los bancos, se sienta y el perro la mira con curiosidad o impaciencia. Apenas hay gente y el sol cae ya oblícuo y débil. El chándal es una prenda que se ha impuesto poco a poco, silenciosamente, no sé si por el prestigio inmerecido de los deportistas que lo llevan en todas las competiciones o si acaso es un síntoma más de la lenta decadencia que nos engulle. El chándal, las deportivas, el niqui, ropas que no aprietan, que dejan el cuerpo suelto, como si uno no llevase nada. Luego están los ademanes, desganados también, la forma de sentarse, desgarbada, casi tirado encima de la mesa o derrumbado en el sofá. Hay veces que uno echa de menos los cuellos duros de las camisas almidonadas y los zapatos de cordones que sujetan apretando el pie.