Corporalidad

Somos cuerpo, aunque no siempre un cuerpo sano, pleno, jovial. Nos define, más que el cuerpo sano, la enfermedad, y digo que nos define porque es cuando estamos enfermos cuando de verdad percibimos nuestro cuerpo. En la salud, el corazón, los pulmones, las articulaciones, nada de todo esto parece existir. Cuando tenemos alguna dolencia, sin embargo, sí que lo notamos.

Somos seres reflexivos y melancólicos, un punto lanzados hacia el vacío. Pascal decía que éramos sobre todo seres enfermos, y Nietzsche fundó gran parte de su filosofía en la enfermedad, aunque su entendimiento de esta estaba muy alejado de la noción común. Ellos, y algún otro filósofo, han postulado que la enfermedad viene bien para filosofar. Epicuro era un hombre de salud delicada, Montaigne que era philosophe más que filósofo también habla de sus dolencias y del modo en que el cuerpo transforma su visión del mundo y de la vida.

Incluso el mayor optimista tiene a veces caídas en el pesimismo. Solo aquellos que se creen enviados a cumplir una gran misión en el mundo tiene a gala su buena salud. Whitman era uno de esos, se creía llamado a ser el poeta de América, el portavoz de todos sus compatriotas. Ya en el “Canto de sí mismo” alardea de la misma.

Cuando la gente habla del cuerpo, piensa, de una manera un tanto banal y pobretona, en un cuerpo sano y, en esta época, sin mácula, dorado, atractivo. La realidad, bien lo sabía De Quincey, es que el cuerpo hace pasar muchos sin sabores y malos ratos y que a veces es necesaria la narcosis; a veces incluso, le ocurría a él, en el estado narcótico uno encuentra grandes ideas, a condición, claro, de que su mente sea sofisticada. De la ramplonería solo salen ideas vulgares.

De Quincey, yonqui

Thomas De Quincey; photogravure after an 1855 chalk drawing by James ArcherLa de Thomas De Quincey es la personalidad del yonqui, no solo la del adicto – bien sabemos que lo fue al opio, al alcohol y a su combinado, el láudano – sino la que algunos psicólogos han denominado la personalidad del yonqui. De Quincey, como señala con total acierto uno de sus biógrafos, era una persona con una curiosa compulsión a huir – sobre todo de sí mismo – cada poco tiempo. Y esta característica ayudó a conformar la otra.

Así se explica la cantidad de apartamentos, casas o habitaciones que tenía alquiladas en Gran Bretaña, ya fuera su casa en la zona de los lagos, sus varios apartamentos en Edimburgo u otros en Londres. Los tenía alquilados, aunque no viviera en ellos solo por aquello de guardar libros y por la necesidad que tuvo durante un periodo bastante extenso de su vida de huir de sus acreedores. La mala gestión de su fortuna personal y de sus ingresos como escritor le llevó a deber dinero a mucha gente. No eran solo deudas por el opio o el láudano que consumía – en grandes cantidades en algunos momentos de su vida –, era simplemente que no sabía administrarse, que hacía planes de lo que iba a ganar y comenzaba a gastar antes de tener el dinero. Así, tenía que huir de sus acreedores, vivir en lugares donde no pudieran encontrarlo a caballo entre Londres y Edimburgo—su casa en el campo, cerca de Grasmere , donde también vivió una temporada , no le servía porque era conocida y si se acercaban a ella, De Quincey no tenía donde esconderse. Así, durante buena parte de su vida adulta, siendo ya un escritor famoso, fue huyendo de sus acreedores, mientras pedía dinero a otros para pagar deudas sin importarle contraer otras. Vivía, como suele decirse, a salto de mata, muchas veces sin saber dónde dormiría esa noche, o dónde escribiría su próximo artículo. Sin tranquilidad para trabajar ni para descansar, logró controlar su adicción al opio y al láudano. Que la controlara no significa que fuera abstemio. En su casa, como descubrió un joven novelista, había una botella de vidrio tallado en que, en vez de brandi, tenía el combinado de vino y opio. Era ya mayor y lo bebía en cantidades moderadas que le evitaban la fase narcótica, aunque alguna vez se le fue la mano y quedó tumbado en la alfombra, vestido pero sin zapatos ni calcetines. Cuando era más joven tuvo problemas para controlar el consumo y sintió los dolores propios de la abstinencia, así como otras enfermedades que venían asociadas a dicho consumo.

Siempre he tenido la sospecha de que De Quincey necesitaba ese trajín, que la vida acomodada y previsible no era para él. Ya de joven, huyó de casa y malvivió entre Manchester y Londres a veces sin tener un lugar donde dormir y sin saber si al día siguiente iba a poder comer.  Una vida de aventuras degradadas en que el protagonista se siente perseguido o vive en un estado de nerviosismo continuado porque lo van a encontrar los acreedores y la vida que lleva se va a acabar.