Biografías

Me acaba de llegar una caja con una docena larga de libros, biografías la mayoría de ellos: de G.K. Chesterton, David Hume, Mark Rothko, Peggy Guggenheim o Ezra Pound (en su caso el autor de la biografía necesita tres tomos para contar la vida del poeta). Hay también un volumen con ensayos de Chesterton y una historia de Inglaterra, no menos voluminosa que las biografías. Admiro, eso sí, la capacidad de sintesis del historiador para resumir en poco másde 900 páginas la historia del país.

De un tiempo a esta parte (dos años, calculo) me interesan mucho las biografías. En el caso de los escritores es comprensible. Asistir al desarrollo y maduración de un intelecto craeativo es uno de los mayores privilegios que podemos disfrutar, ¡y es algo que está al alcance de todo el mundo independientemente de su clase social, su sexo o su nacionalidad! En esto, como en tantísimos órdenes de la vida, lo que cuenta es la voluntad. Influye también una especie de superstición. Al leer sobre el taller del escritor, uno tiene la secreta e infundada esperanza de que aprenderá algunos trucos de escritores que luego podrá poner en práctica. También cuenta que ese despertar literario y el posterior ascenso están presididos por un enorme deseo. No conozco a nadie que haya sido un escritor bueno que en su juventud no orientase todas sus fuerzas y anhelos a la consecución del mismo.

La biografía, nos han repetido tantas veces, es maestra de vidas y virtudes, aunque en el caso de algunos en realidad lo sea de vicios. En la de Chesterton, de quien voy a comenza la suya nada más acabe esto, creo que vicios pocos, y virtudes, sobre todo el humor y la tozudez. No se puede ser católico en Inglatera de otra manera.

Sobre los diccionarios

Sobre la mesa del despacho, extendido, como si esperase a que alguien le confiera sentido, el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle aguarda en la mañana oscura aún casi noche. Por primera vez una editorial asume el proyecto, hercúleo en más de un sentido, de traducirlo completo en España. Adversa ha sido su fortuna hasta ahora. Los tiempos, negro el futuro, permite albergar escuálidas esperanzas sobre su finalización. No es tiempo de proyectos a largo plazo ahora que todo se va cerrando y que con la supervivencia del día a día tenemos más que suficiente. Sin embargo, a pesar de todo, alguien se ha empeñado en, por fina, ponerlo al alcance de los lectores españoles.

El Diccionario es hijo de una época y de la obstinación de su autor. Su propósito es escribir un libro que ponga en claro los errores que se han ido acumulando en las biografías de personas principales. No se conforma con transmitir el saber recibido; se propone expurgarlo de las inexactitudes y supercherías que el descuido de unos y la mala fe de otros ha ido adhiriendo al cuerpo fundamental del saber. No se entiende esta aventura – pues algo tiene mucho de andanza inquieta – sin el trabajo que por aquel entonces había llevado a cabo David Hume, o sin el espolique que el ejemplo de John Locke y, anteriormente, de Baruch Spinoza representaban. La tarea hermenéutica que realizó Spinoza con la Biblia ayudó en gran medida a la secularización de la historia hasta entonces divina. Quizás sin la ambición que lo animó, y que le valió el mote de mal cristiano y peor judío, muchos de los avances que fueron viendo los siglos posteriores habrían tardado más en producirse. Una empresa tal está fuera de lugar en nuestra época. Valoramos la creatividad – sea el que sea el significado que le demos a la palabra – y damos excesiva importancia a los balbuceos incoherentes y a las torpes tentativas de infantes, a los que, de paso, colocamos en un lugar elevado que en modo alguno les corresponde. Paciencia, rigor, exactitud, gusto por la búsqueda de la información correcta, cotejada con sus fuentes, esto es lo que debemos buscar y no la absurda creatividad del principiante que, en la inmensa mayoría son gestos cargados de ignorancia.

Pero vuelvo a mi tema, los diccionarios. Pierre Bayle escribió uno de los primeros diccionarios críticos cuyo propósito más que avanzar en los conocimientos del momento era expurgarlo de toda falsedad. Así, al restituir solo lo demostrable por los hechos y por los testimonios históricos, despojaba de todo aquello que, con el correr de los siglos, se había ido añadiendo y que carecía de todo fundamento. Las supersticiones no surgen como tales; antes bien, se van formando mediante un proceso de sedimentación y de frecuentación. Las transmisión de informaciones que solo se sustentan en la tradición es una de las vías más apropiadas para que broten las supercherías.