¿Declive ahora o las semillas siempre germinan?

No va la gente al cine, mucho menos compran DVDs y se entristecen (o al menos eso dicen) porque quiebra el negocio de la distribución de películas. No puede ser de otro modo. Si con este panorama en el que la gente, repito, no va al cine, y por tanto no paga una entrada, si no compran las películas en algún formato, si se las descargan sin pagar por ellas, ¿qué esperamos? Si aun así se mantuvieran a flote las distribuidoras, los cines, etc…, habría que pensar en el blanqueo de dinero, la financiación irregular… cualquier cosa por el estilo.

Dice Carlos Bardem que esto es un empobrecimiento brutal de la cultura en España. Tiene toda la razón. A los que vamos al cine, a los que nos gustan las películas que Alta Films distribuía, se nos va a hacer cuesta arriba volver a las salas. Gracias a ellos he visto películas de todos estos directores: Michael Haneke, Atom Egoyan. Krzysztof Kieslowski, Nanni Moretti, Stephen Frears, Sergio Cabrera, Tomás Gutiérrez Alea, Arturo Ripstein, Eric Rohmer, Michael Winterbottom, Mohsen Majmalbaf, Mike Figgis, Mike Leigh, Manoel de Oliveira, Danny Boyle, Paul Auster, Roman Polanski, Steven Soderbergh, Michael Moore… Y las he disfrutado. Unas más y otras menos, pero en general las he disfrutado y puedo decir que he visto muy buen cine gracias a Alta Films.

¿Qué podríamos haber hecho para evitar el cierre? Hay quien piensa que con las subvenciones se arreglan las cosas. No es cierto. Se enmascaran. Es como cuando tienes fiebre. Si la fiebre es debida a una bacteria o un virus, un analgésico no sirve para nada. Baja la fiebre pero oculta las razones profundas. La subvención actúa igual. Mantiene el negocio pero no ataca las causas que han dado lugar a la ayuda.

Lo que de verdad debemos hacer es ir al cine. Educar a la gente en el buen cine, en el cine exigente y de calidad. Y también hemos de concienciar a la gente que si no pagamos por lo que consumimos, el trabajador que ha realizado la obra termina en la ruina. El sueño de la cultura al alcance de todos se ha quedado en que la cultura sea gratis. Hubo un tiempo en que la expresión al alcance de todos era la petición de que la educación se universalizara, llegase a todos con independencia de su clase social, ingresos, sexo, lugar de residencia, etc… Hoy cultura al alcance de todos es simplemente una petición para que la cultura sea gratis. (Que dicho sea de paso nunca lo será mientras haya gente que la lleve a cabo. Quizás haya un día en que la realicen robots, puede que entonces no haya problemas en que sea gratuita y nadie salga perdiendo.)

¿Por qué se empobrece España ahora que cierra Alta Films? ¿Se empobrece ahora o el declive viene de años atrás? ¿Es solo un problema económico? No lo creo, aunque la crisis tenga que ver con ello. Para mí es el resultado de muchos años de permitir que el nivel y la exigencia en cultura se rebajasen. En otras palabras, son ya años en que la cultura es en realidad espectáculo. Como tal espectáculo, triunfan unas películas determinadas. Las películas que Alta Films distribuía no eran espectáculo, eran cultura, a veces mejor y otras peor, pero cultura. Estas son las que la mayoría del público no quiere ver en las salas, ni en el salón de sus casas.

Teníamos, nos decían, un extraordinario sistema educativo, teníamos una maravillosa red de programación cultural, nos susurraban también. Los españoles éramos personas muy interesadas por la cultura, afirmaban ufanos y orondos. Ahora que nos hemos quedado en paños menores, nos damos cuenta de que estaban raídos y que las chaquetas y los pantalones solo eran apariencia, como la ropa de nuestro antepasado don Toribio.

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Cartas del pasado

Vamos viviendo, se van sucediendo las mañanas de luz tamizada por la niebla ligera. En los árboles, las hojas van cayendo. De vez en cuando se oye en la lejanía las risas y murmullos alegres de los escolares que salen de clase o están en la hora del recreo. En el despacho rara vez escucho música. Leo, escribo o miro por la ventana mientras el tiempos e alarga hasta el infinito. Las mañanas quizás no suelen ser muy productivas, pero sí al menos cunden.  Pasan las horas, los días, la luz se vuelve blanquecina, casi lechosa, se espesa algo, y a veces parece que le salieran grumos.

Releo esto que escribió años atrás Antonio Tabucchi: “hay personas que esperan cartas desde el pasado, cartas que nos expliquen un tiempo de nuestra vida que nunca entendimos, (…) aquello que entonces se nos escapó” y pienso que va a ser un ejercicio obligatorio para todos nosotros en los próximos años el intento de comprender qué fue lo que falló en la construcción de una sociedad civil responsable.

Los nuevos tiempos

Cerca de donde vivo hay dos plazas, una más pequeña, resguardada, rodeada de paredes menos por dos entradas; la otra está más al aire, da a una carretera de tráfico denso, a un aparcamiento y a un descampado por donde corretean los perros y los gatos, cimarrones, han establecido un reino precario.

En las dos plazas se sientan grupos de mendigos, muchos de ellos extranjeros a tenor de lo que escucha uno si presta atención cuando pasa por su lado. Tienen rostros cetrinos y enrojecidos, algunos barba, ropa ya muy gastada, demasiado grande o demasiado pequeña, casi nunca de su talla. Hoy, mientras pasaba por su lado, uno se ha acercado y, con cierta timidez me ha pedido algunos euros para comer. Otros tienen por el suelo, cerca de sus piernas, botellas de cerveza envueltas en periódicos, tetrabriks de vino, algún paquete casi vacío de cigarrillos.

Algunas veces veo a la policía que les piden los documentos, hablan algo con ellos y luego se alejan en sus motos.

Más allá, al otro lado de las vallas que encarrilan el ferrocarril y dividen la ciudad se observa la nueva arquitectura de estos tiempos. Enormes bloque paralizados en su esqueleto. Sin apenas paredes construidas, se ven las vigas, las columnas, las rampas que habrían sido las escaleras, el hueco indistinguible del ascensor. Son las ruinas de lo que nunca llegó a ser.

Un despertar ácido

Hay algo extraño en esto de aislarse gran parte del día y dedicar el tiempo a la lectura cuando se sabe que afuera las cosas están yéndose a pique, y con ellas uno mismo, que es, lo quiera  o no, parte de la sociedad. No sé si es la resignada aceptación de saber que la partida la hemos perdido, que hemos estado jugando con un equipo muy mediocre a quien dimos muchos poderes y toda nuestra confianza cegados por un brillo de hojalata dorada. Tienen mucha culpa, sí, pero no deberíamos exonerarnos a nosotros, que confiamos en ellos, que les permitimos tantísimos desmanes simplemente porque esperábamos algún beneficio y porque nos veíamos reflejados en ellos o porque conseguíamos las cosas gratis: el cine, el teatro, la música. Tantas otras cosas.

Ahora viene la desolación y un paisaje de ruinas (que nada tienen de la melancólica belleza de las ruinas románticas). A Pompeya la enterró en vida el Vesubio, nosotros vamos a ir ahogándonos en la mediocre cotidianidad de quien no está dispuesto a aceptar que somos muchísimos más pobres que hace cinco años, y que si lo somos es porque hemos gastado más de lo que teníamos y porque la farsa se tenía que acabar un día. Algunos lo advirtieron, pero nos hicimos los sordos.